Cuando tenía 10 años de edad dejé la escuela y me fui para Santiago de Chile. Mi madre era inspectora de escuelas y había ganado una beca de la Organización de los Estados Americanos (OEA) para realizar un curso de diez meses en la capital chilena, así que me llevó con ella. Era abril de 1973.
De lunes a viernes vivíamos en un lugar de las afueras, que se llamaba Lo Barnechea, ya en la cordillera de los Andes. Los fines de semana nos íbamos a una pensión del centro de Santiago, porque ahí vivían mis dos hermanas mayores, Ana y Elena. En realidad esa fue la razón por la cual mi madre aceptó la beca, para poder estar con sus hijas.
El 27 de junio se dio el golpe de estado en Uruguay y dos días después hubo un ensayo general de golpe en Chile, conocido como el "tancazo", aunque las fuerzas leales al gobierno pudieron controlarlo. Mis hermanas siguieron su camino y mi madre y yo nos quedamos en Chile.
Mi vida era una aventura cada día. Entre semana vivía entre las montañas, en un paisaje alucinógeno, con sauces llorones que tenían una suerte de lianas desde las que me dejaba caer al agua helada de un arroyo. Los fines de semana eran todavía mejores, entre los personajes variopintos de esa pensión con patio ajedrezado y su parra obligatoria.
Entonces llegó el 11 de setiembre. Esta vez el golpe no fue sofocado. Los militares tomaron el poder y el presidente Salvador Allende se pegó un tiro en el palacio de gobierno chileno, conocido como La Moneda.
Las noticias en voz baja sobre el bombardeo a poblaciones enteras y el fusilamiento de los borrachos que desobedecían el toque de queda llegaban a mis oídos. Los propios militares llegaron a esos parajes donde estaba el Centro de Perfeccionamiento de la OEA.
Pero yo nunca tuve miedo. Todo me seguía pareciendo parte de ese exotismo trasandino. Y mi madre tampoco me trasmitía la inquietud que, ella sí, debía sentir.
Hasta que una tarde de setiembre, muy poco después del golpe, nos demoramos en el Centro y no encontrábamos transporte para llegar a Lo Barnechea. Fue la primera vez que vi que mi madre se preocupaba. Decidió que íbamos a ir a la pensión.
El problema es que no nos habíamos despedido en buenos términos de aquel lugar.
Y había sido por culpa de ambos. La dueña de la pensión se había enojado mucho conmigo porque yo trataba de subir a la parra o algo así, y en un momento yo le pregunté a mi madre: "¿qué pasa, mamá?", y ella me respondió: "pasa que esta gente es hostil". Cuando le pregunté qué quería decir "hostil", se explayó. En voz alta y clara, muy parecida a la del personaje que después haría Antonio Gasalla, sobre aquella maestra que decía "no me busquen, porque me van a en-con-trar".
Por eso ahora me estaba diciendo, mientras caminábamos hacia la pensión a las seis menos cuarto de la tarde, 15 minutos antes de que empezara el toque de queda: "Si abren vos entrá. No esperes nada. Entrá". Llegamos. Tocamos timbre. Abrieron. Entré. La dueña del lugar abrió entera la puerta y dio un paso atrás para que pasáramos. "Adelante, por favor", nos dijo. Y a mi madre: "¿Quiere un vaso de agua?".
Resultó que "esa gente" no era "hostil". La buena señora no preguntó nada antes de hacernos pasar y ofrecernos pasar la noche en su establecimiento, sin preocuparse por la parra ni por esta señora uruguaya que explicaba tan bien los significados de las palabras.
Desde entonces me quedó grabado un prejuicio, que aparece cuando se habla de "los chilenos". Explicado de manera sencilla, es así: los chilenos son buena gente.
Me doy cuenta de que es una generalización tonta, que no puedo juzgar a todo un pueblo por una acción aislada de uno de sus individuos, pero viene de un lugar más profundo que lo consciente, más firme.
Y también le encontré un significado al vaso de agua, como emblema de hospitalidad. Cada vez que lo ofrezco a una visita o que me invitan con uno, siento que se cumple un rito de hermandad. Releo el título de esta columna y me emociono, qué le voy a hacer.