Opinión > Magdalena y el bibliotecario inglés

¡Vamos, ponte una carita feliz, Guasón! y Al modo de Magdalena

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20 de octubre de 2019 a las 05:00

¡Vamos, ponte una carita feliz, Guasón!

Estimado Leslie:

No imagina cuánto me honra saber que le encanta estar de acuerdo conmigo!  Esto es raro, porque para serle sincera, soy una incorregible aficionada a la polémica. Es una cuestión de temperamento, pero me pasa, también, que encuentro en la polémica el apasionante desafío de poner a prueba mis creencias.  Así y todo, me congratula su gentileza, y espero que esta carta no lo desencante, forzándolo a discrepar conmigo.

No sé si vio la película Joker, y si no, presumo que habrá oído hablar de ella.  En un artículo de The Guardian, por ejemplo, se leen adjetivos tales como “tóxica”, “cínica” e “irresponsable”, mientras que un crítico del New York Times escribió que “Guasón es un ejercicio vacuo y vago, con un estilo y filosofía de segunda”.

Hay opiniones más favorables pero, dada mi inclinación a la controversia, voy a ocuparme aquí de las más negativas para contraponerlas a la mía, como en la dialéctica hegeliana, donde la tesis es contrariada por su antítesis, concediéndole a usted -si así lo desea, por supuesto- la oportunidad de resolver la contradicción en una conciliadora síntesis.

Joker me pareció “reveladora”, “inquietante” y profundamente “honesta”. Tan honesta como para generar el rechazo de tantos, a quienes la realidad cruda y dura seguramente les sabe a trago demasiado amargo, indigerible, digamos. Porque mientras el Guasón sea un mero personaje de comic, podemos tolerar su personalidad maléfica y sus perversos desmanes sin mayores inconveniencias. El problema es que en Joker el villano se humaniza, mostrándonos como el mal puede prosperar y brotar desde dentro nuestro, como espejo de la maldad que persiste afuera. El Guasón podría ser cualquiera de las personas que andan por ahí, rezagadas y discriminadas por una sociedad que no otorga derecho de admisión a débiles o perdedores. No es un simple anti-héroe ficticio de historieta. Es tan humano como usted, yo, y los críticos y periodistas que escriben sus reseñas. Y eso es, precisamente, lo que tanto perturba y molesta.

Hasta su locura es humana: una niñez marcada por el abuso y el desequilibrio de su madre, que paradójicamente lo llama “Happy”, como el enanito de Blancanieves, pero con una risa patológicamente imprudente y descontrolada. Y lo que es peor, sin ninguna alegría. No hay ejemplo más patente para ilustrar la intuición de Nietzsche cuando dijo: “El hombre sufre tan terriblemente en el mundo que se ha visto obligado a inventar la risa”.

De las peores cosas que le pueden suceder a un ser humano –cualquiera sea su circunstancia- es no sentirse mirado. El acto de mirar confiere importancia a lo que se mira, y ¿la verdad, Leslie?, a veces me sorprendo a mí misma caminando por la calle y esquivando gente tirada en la vereda como si fueran un bache o una piedra. Somos animales de costumbre, es verdad. Pero si no queremos ser identificados con las ratas que pululan en la Ciudad Gótica, más nos vale no habituarnos a ciertas cosas. Porque allende a todo relativismo moral, existen las que están mal siempre. Y no por ningún mandato o doctrina teórica, sino porque atentan contra la lógica natural y el más básico sentido de justicia.

“¿Qué obtienes cuando cruzas un solitario mentalmente enfermo con una sociedad que lo abandona?” Lo que merecemos, sí: el despertar de los demonios que llevamos dentro, diría Chesterton. Los de Arthur Fleck, y también los nuestros. Porque, como sentenció Juvenal: “Nadie se hizo perverso súbitamente”. Y yo le agregaría que tampoco solo, o por sí mismo exclusivamente.

En una sociedad salvajemente individualista, donde reina el mandato de “sé feliz” (total, es tan fácil: basta con ponerse la carita), arréglese como pueda quien no lo sea. Alineada con esta idea discurre otra crítica que leí por ahí: el Guasón de Todd Philips –su director- es la caricatura de un hombre común y corriente, capeando su mea culpa a través de la victimización y la incuria. De ser así, la película que yo vi es otra, completamente diferente.

Lejos de excusar su perversidad puedo, igual, comprender al Guasón. Todos podemos. Y es ese, precisamente, nuestro gran inconveniente. Porque la comprensión dirige a la mirada, y ya no podremos pasar de largo, así como así, ante la humillación humana. Y entonces, ¡claro!, es más útil tildar de vago y vacuo al ejercicio. Y seguir moralizando, como si nada. 

Al modo de Magdalena

Estimada Magdalena:

Debo recordarle, antes de empezar, como mera cuestión de orden, que se supone que soy yo el que gusta de usar títulos llamativos -como el de su artículo de hoy-, y usted la que contesta con sesuda seriedad y académica solemnidad. No sé si me siento cómodo en esta inversión de roles. Trate de no repetirlo a menudo, porque corre el riesgo de contagiarse del personaje del Bibliotecario Inglés y, aunque estoy seguro de que lo haría muy bien, a mí me resultaría imposible, en cambio, hacer de Magdalena. En cualquier caso, reflexionar sobre la figura del Guasón, esa especie de kouros devenido en personaje secundario de un comic, supone algunos riesgos que debemos asumir. 

Sin haber visto la película de Joaquin Phoenix, sus comentarios y los  comentarios de alguno de mis hijos me hacen pensar que hay en ella un acierto no menor: haber tratado al protagonista no como un héroe, o como un personaje extraordinario y fuera de lo común, sino como un tipo más, alguien como uno. Las buenas historias tratan sobre lo que una persona del montón hace (o no) cuando debe enfrentar circunstancias extraordinarias o amenazas que lo exceden -como el Comisario Kane en A la hora señalada, o Jamal Malik en Slumdog Millionaire. Si en vez de ser un ser humano común y corriente, el héroe fuera un semidiós por encima de lo real, el interés desaparecería inmediatamente, porque el desafío y la amenaza se habrían desvanecido y, sin ellas, no hay historia que contar.  Recordará usted lo que decía Tolkien: que la amenaza es esencial a los cuentos de hadas. Hace un par de meses le decía que la única parte que disfruto de las películas de superhéroes es la de su vida previa -y eso quizás me lleve finalmente al cine a ver la sonrisa arcaica de Phoenix/Joker.

Hay algunos puntos de su argumentación que me resultan atrevidos, como cuando afirma usted que el rechazo de ciertos críticos o espectadores a la propuesta de este film, se debe a su incapacidad para mirar de frente la realidad del mal que brota desde dentro mismo del hombre -¡tan íntimo a nosotros, diría C.S. Lewis!-. Seguramente no es su caso, pero si yo hiciera un juicio así, me estaría viendo a mí mismo del lado de los buenos, es de-cir, de aquellos que sí pueden mirar de frente la realidad. Pero sé por experiencia que esto no siempre es así.

En cambio, comparto (y aplaudo) su proposición: Nadie se hace perverso en solitario. Junto a la valiente confesión -que podríamos suscribir todos- de la banalización del mal que producimos cuando evitamos o es-quivamos a la “gente tirada en la vereda como si fuera un bache o una pie-dra”.

Efectivamente creo que esa gente está ahí por culpa nuestra: son un producto de nuestra indiferencia, de nuestra insolidaridad, de nuestro egoísmo, cuando no de nuestro odio. Y sacarlos de ahí no será seguramente tarea fácil. Pero, mientras damos los grandes pasos para que eso suceda, me parece muy importante no olvidar los pequeños pasos a nuestro alcance. Como, por ejemplo, mirarlos al pasar. Dice usted que “la comprensión fuerza a la mirada”; y yo recuerdo a una pequeña a la que su padre llevaba al colegio en automóvil, a través de los barrios bajos de su ciudad, y que miraba por la ventana, con asombro -y seguramente con amor- a aquellos niños pobres, como una revelación…

Por otra parte, si bien nadie se hace perverso en solitario, debo señalar mi convencimiento de que tampoco nadie se hace perverso a pesar de sí mismo. No hay una relación de causalidad unívoca entre el maltrato social y la aparición de personajes como el Guasón. La misma sociedad, los mismos golpes y la misma indiferencia crean guasones y héroes, malos y buenos. El Guasón no es solamente una víctima: es también aquello que Arthur Fleck ha elegido ser.

Sophie Scholl -la heroína de la Rosa Blanca de la que tanto me gustaría hablar in extenso algún día- entendió, leyendo a John Henry Newman, que la conciencia, no sólo da la capacidad de distinguir entre el bien y el mal, sino que obliga a hacer el bien.

Ese verbo –obligar– lastima nuestros oídos ensordecidos por el individualismo relativista. No querríamos escuchar. Ni que esa escucha nos obligara a actuar de un modo determinado. Y sin embargo, cuánto ganaríamos si tan sólo nos atreviéramos a hacer el bien.

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