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¿Verdad o Consecuencia?

La verdad y la felicidad como eje central desde épocas inmemorables. A pesar de que la dicotomía “verdad o felicidad” se presenta como una falacia que no siempre se sabe interpretar  

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16 de septiembre de 2018 a las 05:00

“Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma” (Jeremías, 6:16). La prédica del profeta hebreo del siglo VI AC, como todas las grandes intuiciones e ideas, rebosa de pertinencia y actualidad. Un ejemplo de esas sendas fueron las recorridas en la antigüedad griega por los padres fundadores de nuestra cultura occidental. Michel Foucault, para citar un caso célebre, abrazó este consejo dedicando los últimos años de su vida al estudio de la filosofía antigua –especialmente a los filósofos helenistas- en busca de las diversas prácticas que hacen a una buena vida. Sus dos últimos cursos dictados en el Collège de France –“El gobierno de sí y de los otros” y “El coraje de la verdad”, dos auténticas maravillas- son fruto de esta pesquisa. En éstos seminarios Foucault reflexiona y analiza la noción de parresía, que era para los antiguos una cualidad, un deber y una técnica, imprescindible para todos aquellas personas dedicadas al cuidado de los demás. Como guías en el proceso de autoconocimiento y construcción de conciencias, padres, maestros y gobernantes debían cultivar y valerse de la libertad de palabra que habilita al “hablar franco”, y llevarlo a la práctica. “Uno no puede cuidar de sí mismo sin tener relación con el otro. Y el papel de ese otro consiste en decir la verdad.” Aquejados por la humana tendencia a la philautía (amor propio), todos necesitamos un parresiastés que propicie un auténtico autoconocimiento posibilitando así, una genuina autosuperación. 


En una reciente conferencia a la que asistí, se mencionó el caso de Claudio “el Turco” García, un exfutbolista argentino que logró vencer su adicción a las drogas luego de contemplarse a sí mismo en una filmación registrada por una cámara que él mismo colocó en su casa. Su philautía le impedía ver la lamentable condición a la que era conducido por el consumo de cocaína, y la cámara ofició de parresiastés para facilitarle el camino hacia una mayor autoconciencia y dominio de sí.

La parresía como práctica se cultiva en tierra fertilizada con el valor de la verdad. Pero no en el sentido de certezas trascendentes o absolutas, sino de la honestidad y franqueza espiritual. Así, incluso en el contexto de un relativismo epistemológico y moral, el parresiastés puede argumentar su perspectiva ofreciendo un fallo legítimo y auténtico. Una mirada que nos permita salir de ese círculo vicioso en el que nos encierra el amor propio y las creencias acríticas en las que, parafraseando a Ortega y Gasset, estamos pero no poseemos. Sin embargo, en la era de la llamada posverdad deslumbra la retórica que busca la aprobación mediante la persuasión, mientras la cualidad del “decir veraz” brilla por su ausencia. Así, entretanto Byung Chul Han diagnostica una sociedad de individuos sumergidos en un narcisismo inhabilitante, los populismos florecen en terrenos donde las personas aplauden discursos que “confirman” sus creencias autocompacientes y limitadas. La Organización Mundial de la Salud declaró a la depresión como la pandemia del siglo XXI: Galeno desde el siglo II diría que es la patologización de la philautía.    

Los análisis acerca del populismo son abundantes, tanto en el ámbito de la filosofía como de las ciencias políticas. Sabemos que es una estrategia versátil que se puede aplicar en las más variadas ideologías y orientaciones políticas. Sin embargo, hay una característica siempre presente en toda maniobra populista: el discurso dicotómico donde el bien es representado por la opinión popular, mientras el mal está encarnado en toda aquella persona, idea o postura que se presente como alternativa. La falacia del falso dilema se ha instalado en la arenga política, y pasa desapercibida entre ensoredecedores aplausos que celebran el regocijo inmediato y la constricción intelectual. 


Hay una anécdota de Diógenes el Cínico que cuenta que estaba en la plaza pública hablando seriamente de temas importantes pero nadie lo escuchaba. Entonces interrumpió su discurso y empezó a silbar como un pájaro, y no pasó mucho tiempo para que la gente se congregara curiosa a su alrededor. Así fue como el filósofo que vivía en una tinaja y buscaba “hombre honestos” insultó a los que lo rodeaban diciéndoles que se prestaban a “escuchar tonterías pero que, en cuanto a las cosas serias, apenas se apresuraban”. La sentencia de Borges, “la estupidez es popular” no es ninguna novedad. Sin embargo, a años luz del ágora ateniense, nuestras plazas públicas agonizan famélicas entre tanto pan y circo, mientras Diógenes, Sócrates, Séneca o Epicteto duermen en anaqueles y bibliotecas empolvadas.  


De cara a las variadas curas sugeridas para paliar el mal del populismo, los antiguos nos muestran el camino de la parresía. La senda de aquel a quien Foucault denominó “héroe filosófico”: no ya el filósofo rey de Platón, sino quienquiera que haga de la verdad un valor, para buscarla y expresarla a través de su forma de ser y existir en el mundo. El auge del fenómeno de la posverdad deviene de y alimenta a la estrategia populista. Si la verdad no importa, ¿qué sentido tiene examinarla? Y así nos encontramos más y más atrapados en las redes de un despotismo blando, alientante y frívolo. La verdad nos libera, y la dicotomía “verdad o felicidad” es tan solo un falso dilema más. 
 

 

 

Magdalena Reyes Puig

Licenciada en Filosofía y Psicología

Profesora de la Universidad Católica del Uruguay

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