Espectáculos y Cultura > César Charlone

"Vivo en la dicotomía de sacarles fotos a mis hijos en casa y filmar a Tom Cruise en un avión"

 

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03 de agosto de 2019 a las 05:03

Pega la nariz contra el televisor y cuando habla empaña la pantalla. “Así aprendí fotografía. Pausaba los VHS, acercaba la cara y me fijaba cuántos reflejos de lámparas había en la pupila de los actores. A varios les copié así”. Termina y queda un rato en la misma posición, un ángulo recto que empieza en sus pantuflas, sigue por su pantalón azul a rayas y termina en el vértice blanco de su cabeza. Después se vuelve a erguir. Y pone los brazos en jarra y pregunta si alguien quiere más té. La respuesta la escucha mientras se mueve del living a la cocina, que prácticamente son la misma habitación. La única diferencia es que en una hay fotos con Tom Cruise, bosquejos, un cartel del Mundial de 1950 y pósteres de películas, mientras que en la otra hay platos y ollas. Cuando el agua calienta, sirve la tercera vuelta de té. El líquido en la taza ya no tiene demasiado color. A él no le importa.

En el apartamento de César Charlone (69) sobrevuela algo nómade, una especie de itinerancia que toca y mancha las cosas. Aunque todo está en su lugar, da la impresión de que también está pronto para ser empacado, para responder a las demandas de una vida entre San Pablo, Montevideo y, a veces, el resto del mundo. Adonde quiera que lo lleven los rodajes. Eso se ve en la bolsa de películas del Oscar, por ejemplo, que en un momento vuelca desordenadamente en el sillón. “Tendría que haberlas visto ya. Y tendría que haberlas destruido. Está en el contrato”. 

Hablando de contratos, son varios los que el director de fotografía uruguayo más prestigioso y premiado tiene que mantener por estos días. El más reciente es uno que tiene con Netflix –empresa en la que ya es habitué– del que no puede decir nada. “Me matan”, se disculpa, pero aclara que es una película. Sí puede, en cambio, hablar del otro gran proyecto que tiene con la plataforma, que se estrena en diciembre y que lo reúne con el director brasileño Fernando Meirelles, socio creativo con el que hizo Ciudad de Dios, El jardinero fiel y Ceguera. Para The Pope –así se llama la película–, Charlone viajó a Roma, se resintió de un problema en la rodilla, filmó en uno de los estudios más importantes de la historia del cine –Cinecittà–  y se codeó con Anthony Hopkins y Jonathan Pryce en una película que retratará la relación entre Joseph Ratzinger y el papa Francisco. Puede ser llamativo que alguien a quien la religión no le interesa particularmente hable con tanta emoción de los papas, pero hoy, en épocas donde Jair Bolsonaro, el conservadurismo y la incidencia de la ultraderecha lo ponen especialmente nervioso, Charlone sabe que quiere filmar sobre la tolerancia y la amistad. Y dice que de eso va la la megaproducción que se verá en festivales, cines, chromecasts y celulares. Sí: César Charlone también ve cosas en el celular.

The Pope pone en escena dos personalidades importantes y contemporáneas, ¿cómo fue la experiencia de llevar su relación a la pantalla?

Había mucho escrito sobre ellos ya; de hecho en Netflix hasta había una serie. Lo que hicimos fue investigar mucho. La película lo hace a fondo, porque Francisco es un personaje divisivo. Filmando en Argentina nos encontramos con eso y estaba bueno exponerlo. Para mí es un tipo fascinante, aprendí a quererlo. Tiene una humanidad especial. De todos modos, lo más sorprendente fue meterse en la vida de Ratzinger, porque a él lo tenemos más estereotipado como el facho, el nazi, pero el tipo es interesantísimo. El que nos abrió la cabeza fue Anthony Hopkins, porque es un obsesivo, un profesional, y se mete a fondo en todo.

Ya que lo menciona, hace tiempo que lidia con estrellas de Hollywood. ¿Ya superó el impacto de trabajar con ellos?

Ellos se encargan de suavizarte el impacto. Con The Pope me pasó. Me estoy tratando un problema de meniscos y en Roma se me complicó. No sé cómo, pero Anthony Hopkins se enteró y vino a contarme que le pasaba lo mismo, con la diferencia de que tiene 80 años. Lo divertido fue que de mañana los dos viejitos intercambiábamos diagnósticos. Él llegaba de mañana y lo primero que me preguntaba era “How is your knee today?” (¿Cómo está tu rodilla hoy?).

Hace tiempo que está metido en producciones de Netflix y hay una parte del mundo del audiovisual que ve en la plataforma un enemigo. ¿Qué piensa sobre eso?

Que son burros. Reaccionarios. Se niegan a cosas que llegan para mejorar. Es miedo a lo nuevo, al cambio. Netflix trajo un consumo muy grande del audiovisual. Y trae buenos productos. 

¿Es el futuro del cine?

Totalmente. Hay que entenderlo y adaptarse. Hoy la forma en la que se consume hace que repensemos la manera de contar las historias. Ya no importa tanto el ruido de unos pasos en la arena, importa el hecho. La sutileza ya no va tanto. 

Está involucrado en Gris, la segunda serie que ganó el fondo SeriesUY. ¿En qué está el proyecto?

Me invitaron a dirigirla, pero está en proceso de escritura. Todavía no me tocó trabajar en el proyecto. Me genera mucha expectativa volver a trabajar en casa.

¿Cuándo fue la última vez que lo hizo?

Para mi felicidad, con The Pope. Siempre que puedo traigo para acá la producción. Con The Pope vinimos un día a rodar. Precisábamos aviones, unos específicos que había acá y en Argentina. Y yo rompí las bolas. "Mirá que en Uruguay hay", les decía.

Anthony Hopkins y Jonathan Pryce en The Pope

¿Uruguay tiene que volcarse más a la creación de series o los costos son imposibles?

Una cosa es clara: el costo de producción no se paga en un país de tres millones de habitantes. Hay que internacionalizar el mercado. Con Gris estamos pensando en Uruguay y el mercado hispano, al menos. Es demasiado caro. Es una injusticia, pero es así. 

Con Meirelles llevan mucho tiempo trabajando juntos, ¿cómo llegó a trabajar con él desde el inicio?

Estas cosas se dan. Si te fijás en algunas carreras, hay directores que establecen una relación de confianza con un fotógrafo en particular. En el año 92 o 93 estaba en una Ancap viendo locaciones para un comercial y me avisaron que la productora de Fernando me estaba llamando por teléfono. Yo había hecho algunas cosas chicas con él, y me invitaron a filmar una campaña grande que implicaba un mes de trabajo en Brasil. Y les dije que sí. Empecé a trabajar en su productora como fotógrafo y director de comerciales. En ese esquema yo era la referencia para el cine, porque él es arquitecto. Era natural que cuando él decidiera dar el paso al cine yo lo acompañara. De su primer largometraje me salí por motivos de agenda. En el segundo preferí pasar porque no me identifiqué con la temática. Y en el tercero él vino y me dijo que ese de seguro me iba a interesar. Terminó siendo Ciudad de Dios. A esa altura ya teníamos una trayectoria de trabajo y una relación. Pasábamos semanas enteras viajando, pensando. De hecho, fue mi padrino cuando me casé y mi casa en San Pablo se la compré a él. 

Ciudad de Dios

¿Por qué se entienden tan bien?

A mí me encanta. Me parece creativo, respetuoso. Cuando estábamos filmando Ciudad de Dios fue un amigo mutuo a visitarnos y pasó el día en el set. Antes de irse me preguntó si estábamos peleados con Fernando, porque no nos hablábamos. Y nada que ver. No precisamos hablarnos ya. Estamos conectados. Él fue muy generoso, me aceptó y yo aproveché eso. Maduramos juntos. 

De las películas en las que trabajaron juntos, ¿cuál prefiere?

El jardinero fiel. El proceso fue excelente. Investigamos mucho, estábamos con la calentura de Ciudad de Dios y entramos muy protegidos y reconocidos. En Hollywood nos dieron todas las herramientas. Fuimos tres veces a África solo a ver locaciones, por ejemplo.

Su relación con Meirelles también es una relación, si se quiere, con Brasil.

Puede ser. Brasil me hizo profesionalmente. El baño del papa nació acá, pero cuando la hice ya había hecho Ciudad de Dios. De hecho el formato de filmación que propusimos para El baño del papa lo había aprendido ahí. Repetimos el esquema de trabajar con actores y no actores, entre otras cosas. 

¿Cómo se trabaja en Brasil con el momento político actual?

Yo he estado, un poco por opción y otro poco suerte, alejado de los fondos. Por ende, no me afectan tanto los recortes, pero sí afecta a la cultura. Es muy triste, muy complicado. No sé qué puede llegar a salir de acá. A veces estos golpes te endurecen y fortalecen. De repente el hecho de que hubiera leyes tan generosas acostumbró a la gente. Siempre cito a Chico Buarque, cuyo período más creativo fue durante la censura de la dictadura. Para él implicaba que tenía que rebuscarse para meter el mensaje en la música, y eso terminaba siendo mucho más creativo. Me ha pasado: se me rompe alguna herramienta y me rompo la cabeza intentando buscar la solución. Al final lo que encuentro termina saliendo mejor que lo que había planeado originalmente. 

¿Su perfil y el de Pedro Luque, ambos destacados en el circuito internacional, pueden atraer nuevos interesados a la profesión?

Creo que es una casualidad. Estamos produciendo talentos de manera continua. Yo conseguí lo que conseguí en Brasil porque Uruguay me dio una formación de primera. Somos un país privilegiado en cuanto a las culturas y la educación que recibimos. Por eso emigramos y nos va bien. Por eso sentimos la deuda de devolver al país lo que nos dio. 

¿A qué le presta atención hoy, en medio de los rodajes?

La derechización del mundo, el conservadurismo y la vuelta a esos absurdos me preocupan y asustan. Y también orienta la elección de mis películas. Cuando Fernando me llamó para hacer una película sobre los papas le dije “vamo’ arriba”. Es necesario hablar de tolerancia, de dos tipos que supuestamente eran opuestos y antagónicos que se encuentran a conversar.

¿Cómo vive la alternancia entre pequeños y grandes proyectos?

Es una constante en mi vida. Ahora hace poco exhibieron un corto que hice en la época de la dictadura, que lo pasaron en el Instituto de Derechos Humanos. Es una peliculita que hice solo, filmando clandestinamente, con una camarita a cuerda. Y paralelamente a eso estaba haciendo comerciales pelotudos y otras cosas enormes. Siempre viví en esa dicotomía; mientras sacaba fotos en casa a mis hijos, estaba filmando afuera a Julianne Moore o a Tom Cruise en un avión.

¿Cuál disfruta más?

Ambos. En The Pope reprodujeron la Capilla Sixtina entera en Cinecittà. Me lo dieron para iluminar, para jugar. Es el sueño del pibe. Y después hago cosas como seguir a Fernando Haddad, con mi camarita, escondido, eso también lo disfruto. De repente me toca filmar un desayuno de Haddad con Noam Chomsky. Imaginate.

¿Tiene alguna rutina antes de empezar a rodar?

Soy muy obsesivo en la preparación; ahí creás la película. Cuando estás con los actores no tenés tiempo. Yo no puedo poner a Anthony Hopkins con 80 años a moverse y a probar cosas. El método siempre es la preparación. Cuando estaba haciendo la preparación de Ceguera me fui a Bologna a visitar a mi hija, que estudiaba ahí. Un día me puse a sacar fotos en la calle para la película porque estaba con una obsesión tremenda. Eran mis vacaciones y solo me importaban los reflejos, las miradas. Ahí concebí mucho de lo que después se filmó. 

¿A qué películas le debe su profesión?

A Vittorio Storaro no le hice un altar en mi casa porque no soy tan religioso, pero fue mi gran influencia. El conformista la vi 20 veces, Apocalypse Now cada vez que puedo la miro. Las de Vittorio fueron las que me hicieron fotógrafo. También Michael Seresin, que hizo Fame, una película maravillosa. A esa también la vi 20 veces. 

¿Qué película le hubiese gustado fotografiar?

Apocalypse Now. Y ni siquiera fotografiarla; ser el operador de cámara de Storaro, en ese rodaje demencial en las Filipinas. Hay un documental que hizo la esposa de Coppola que habla de todo lo que fue, los problemas que tuvieron con Marlon Brando y todo.

¿Le tocó lidiar con problema de ese tipo con algún actor de Hollywood?

En Ciudad de Dios, con los gurises y la droga. Había un gurí que era genial, pero terminó dando problemas. Es el que mata a Bené en la discoteca. Ese loco tenía un talento de la puta madre, pero faltaba, desaparecía, se drogaba, había que cambiar todo el rodaje porque no lo encontrábamos. Fue complicado.

¿Cuál es la última serie que vio?

Chernobyl. ¡Qué dirección! La gente elogia mucho el guion, pero la realización es impresionante. Me gusta mucho el documental, soy un documentalista frustrado diría. Mejor dicho: me hubiera gustado hacer más documentales. Te lo digo porque también estoy viendo el documental de Michael Jackson. Hay que verlo, pero hay que tener estómago. 

¿Cuál fue la última película que lo conmovió?

Roma.

¿Fue la que votó en los Oscar?

Sí. Cuando no ganó me enojé bastante. Hace tres años que me vengo enojando. La forma del agua, por Dios. ¿Y la anterior? ¿Y La La Land?

Pero La la land no ganó. Ganó Luz de luna.

Cierto. Luz de luna sí me encantó. Igual La la land ganó montones de Oscar y prestigios. Era la película de todos. Pero sí, la última que me conmovió fue Roma. Además la vi en estas salas divinas de Cinemateca. Un lujo.

The Pope. La película, que se estrenará en la plataforma de Netflix y también en festivales, tiene a Anthony Hopkins como Ratzinger y a Jonathan Pryce como Bergoglio.
Ciudad de Dios. Fue el gran salto de Charlone y Meirelles. Por esta película, el uruguayo fue nominado en 2004 al Oscar a la mejor dirección de fotografía. Le ganó Russel Boyd por su trabajo en Capitán de mar y guerra.
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