9 de septiembre de 2011 17:28 hs

Las Torres Gemelas del World Trade Center (WTC) de Nueva York no se cayeron por el impacto de los aviones y sus comandos suicidas. No, no. Caídas tan rápidas y “limpias” son solo efecto de demoliciones controladas. Incluso se podrían haber evitado los ataques, pero el entonces vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, ordenó a los militares no interceptar las aeronaves. El costado del Pentágono se dañó con un misil, no con un avión, y quién sabe qué fue de los tripulantes del vuelo 77 de American Airlines que sí existió, y que el gobierno nacional se empeña en culpar del ataque, pero que, “en realidad”, nunca despegó. Y el vuelo 93 de United Airlines, el único en no llegar a destino, fue derribado por un misil y no por un boicot de la tripulación.

Todas estas cosas se repiten una y otra vez por los descreídos contra la versión oficial de la serie de eventos que marcaron un antes y un después en el mundo tras los ataques a EEUU en la mañana del 11 de setiembre de 2001. Y sigue.

Dicen que la torre 7 del WTC también se derrumbó de forma controlada y no por el calor que se desprendió de las vecinas Torres Gemelas.

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Y que todas estas “revelaciones” confluyen en una verdad última: tanto la Casa Blanca como los servicios de inteligencia de EEUU sabían de los ataques y permitieron muy conscientemente que se llevaran a cabo. Mientras la culminación de una línea de descreídos más radical asegura que fue el mismísimo gobierno del entonces presidente George W. Bush que concibió, planeó y ejecutó el macabro plan para legitimar las guerras contra Afganistán e Irak.

La guerra de los “truthers”
El grupo se hace llamar “9/11 Truth Movement”, o el movimiento para descubrir la verdad. Y le exige al gobierno que responda o se haga cargo de las inconsistencias y entredichos que le hacen sombra a la versión oficial de cómo acontecieron los ataques.

Los defensores de la explicación más aceptada de los atentados, que aseguran que no hay que culpar a nadie más que a los identificados 19 miembros de Al Qaeda por las desgracias del 11S, consideran a los “truthers” –como se conoce a los miembros del movimiento que pretende desvelar la verdad- unos simples inadaptados o paranoicos.

Popular Mechanics es una revista de motores, ciencia y tecnología que, en plena efervescencia de las teorías conspirativas, publicó en 2005 un artículo que las desmantelaba una por una consultando a cerca de 70 especialistas sobre los principales argumentos del movimiento. Los editores decidieron hacer un libro. El ejemplar salió a la venta en 2006 y se llamó “Desenmascarando los mitos del 11S”.

En 2007, los “truthers”, encabezados por David Ray Griffin, contraatacaron con la publicación de “Desenmascarando a los desenmascaradores del 11S”. En el libro, Griffin se explaya en las teorías que él cree no fueron satisfactoriamente desmanteladas mientras degrada a los hombres y mujeres que todavía creen en la versión oficial de esa sombría mañana en Manhattan.

Lo mismo sucedió con las películas Loose change (en español, algo como monedas sueltas o vuelto), una serie de tres documentales que pretendieron demostrar, a través de las inconsistencias en las versiones oficiales, cómo el 11S fue el resultado de una conspiración. La primera versión de este video, producido en una laptop con un presupuesto de US$ 2.000, apareció en Internet en abril de 2005; el tercer y último corte, en noviembre de 2007.

La respuesta anti teorías conspirativas no se hizo esperar y en mayo de 2006 apareció Screw loose change (que sería “Al demonio con el vuelto”, en una traducción suave), cuando el blog del mismo nombre colgó en Internet una versión editada del documental en la que se podían leer subtítulos con críticas al planteo del video.

Que sí, que no
Con todo, el poder de convocatoria de las teorías conspirativas ha tenido sus altibajos.

Jeremy Stahl, del sitio de noticias Slate, lo sintetiza así: “En muchos sentidos, el atractivo de una teoría tiene más que ver con la receptividad de la audiencia que con la precisión de sus detalles”.

Solo un 8% de los todavía golpeados estadounidenses creía a principios de 2002 que el gobierno estaba mintiendo acerca de lo que sucedió el 11 de setiembre. Con la guerra en Irak en vilo, y las revelaciones acerca de los reclamos engañosos que llevaron al país a embarcarse en esa ofensiva, en 2003 y 2004 ese porcentaje alcanzó el 16%. En 2009, con Barack Obama al mando, el total de descreídos acerca de la versión estatal del 11S alcanzaba el 14%. Ya para 2010, el porcentaje de personas que creían que no era Osama bin Laden el responsable de los ataques fue de 12%.

Las teorías de la conspiración, más allá de su legitimidad, se han ganado un lugar en la historia del 11S. Incluso están los que pueden decir que las conspiraciones son como las brujas, en general no existen, pero...

Las Torres Gemelas del World Trade Center (WTC) de Nueva York no se cayeron por el impacto de los aviones y sus comandos suicidas. No, no. Caídas tan rápidas y “limpias” son solo efecto de demoliciones controladas. Incluso se podrían haber evitado los ataques, pero el entonces vicepresidente de Estados Unidos, Dick Cheney, ordenó a los militares no interceptar las aeronaves. El costado del Pentágono se dañó con un misil, no con un avión, y quién sabe qué fue de los tripulantes del vuelo 77 de American Airlines que sí existió, y que el gobierno nacional se empeña en culpar del ataque, pero que, “en realidad”, nunca despegó. Y el vuelo 93 de United Airlines, el único en no llegar a destino, fue derribado por un misil y no por un boicot de la tripulación.

Todas estas cosas se repiten una y otra vez por los descreídos contra la versión oficial de la serie de eventos que marcaron un antes y un después en el mundo tras los ataques a EEUU en la mañana del 11 de setiembre de 2001. Y sigue.

Dicen que la torre 7 del WTC también se derrumbó de forma controlada y no por el calor que se desprendió de las vecinas Torres Gemelas.

Y que todas estas “revelaciones” confluyen en una verdad última: tanto la Casa Blanca como los servicios de inteligencia de EEUU sabían de los ataques y permitieron muy conscientemente que se llevaran a cabo. Mientras la culminación de una línea de descreídos más radical asegura que fue el mismísimo gobierno del entonces presidente George W. Bush que concibió, planeó y ejecutó el macabro plan para legitimar las guerras contra Afganistán e Irak.

La guerra de los “truthers”

El grupo se hace llamar “9/11 Truth Movement”, o el movimiento para descubrir la verdad. Y le exige al gobierno que responda o se haga cargo de las inconsistencias y entredichos que le hacen sombra a la versión oficial de cómo acontecieron los ataques.

Los defensores de la explicación más aceptada de los atentados, que aseguran que no hay que culpar a nadie más que a los identificados 19 miembros de Al Qaeda por las desgracias del 11S, consideran a los “truthers” –como se conoce a los miembros del movimiento que pretende desvelar la verdad- unos simples inadaptados o paranoicos.

Popular Mechanics es una revista de motores, ciencia y tecnología que, en plena efervescencia de las teorías conspirativas, publicó en 2005 un artículo que las desmantelaba una por una consultando a cerca de 70 especialistas sobre los principales argumentos del movimiento. Los editores decidieron hacer un libro. El ejemplar salió a la venta en 2006 y se llamó “Desenmascarando los mitos del 11S”.

En 2007, los “truthers”, encabezados por David Ray Griffin, contraatacaron con la publicación de “Desenmascarando a los desenmascaradores del 11S”. En el libro, Griffin se explaya en las teorías que él cree no fueron satisfactoriamente desmanteladas mientras degrada a los hombres y mujeres que todavía creen en la versión oficial de esa sombría mañana en Manhattan.

Lo mismo sucedió con las películas Loose change (en español, algo como monedas sueltas o vuelto), una serie de tres documentales que pretendieron demostrar, a través de las inconsistencias en las versiones oficiales, cómo el 11S fue el resultado de una conspiración. La primera versión de este video, producido en una laptop con un presupuesto de US$ 2.000, apareció en Internet en abril de 2005; el tercer y último corte, en noviembre de 2007.

La respuesta anti teorías conspirativas no se hizo esperar y en mayo de 2006 apareció Screw loose change (que sería “Al demonio con el vuelto”, en una traducción suave), cuando el blog del mismo nombre colgó en Internet una versión editada del documental en la que se podían leer subtítulos con críticas al planteo del video.

Que sí, que no

Con todo, el poder de convocatoria de las teorías conspirativas ha tenido sus altibajos.

Jeremy Stahl, del sitio de noticias Slate, lo sintetiza así: “En muchos sentidos, el atractivo de una teoría tiene más que ver con la receptividad de la audiencia que con la precisión de sus detalles”.

Solo un 8% de los todavía golpeados estadounidenses creía a principios de 2002 que el gobierno estaba mintiendo acerca de lo que sucedió el 11 de setiembre. Con la guerra en Irak en vilo, y las revelaciones acerca de los reclamos engañosos que llevaron al país a embarcarse en esa ofensiva, en 2003 y 2004 ese porcentaje alcanzó el 16%. En 2009, con Barack Obama al mando, el total de descreídos acerca de la versión estatal del 11S alcanzaba el 14%. Ya para 2010, el porcentaje de personas que creían que no era Osama bin Laden el responsable de los ataques fue de 12%.

Las teorías de la conspiración, más allá de su legitimidad, se han ganado un lugar en la historia del 11S. Incluso están los que pueden decir que las conspiraciones son como las brujas, en general no existen, pero...; y sino basta leer el testimonio del famoso William Rodríguez, con quien El Observador habló y que aparece publicado en la página 7 de esta edición.

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