31 de octubre de 2011, Manila
Querida Danica, bienvenida al mundo.Estoy feliz de recibirte. Quiero contarte que con tu nacimiento ya somos 7.000 millones. Tu vida será única: cuando cumplas 12 años, más o menos, otros 1.000 millones más de terrestres compartirán contigo la superficie del planeta. Cuando tengas 40 seguramente ya seremos 9.000 y le podremos dar la bienvenida a algún otro niño simbólico, como tú. Podrías vivir tal vez hasta los 125 años, y es probable que residas en una ciudad. No te adelanto más. Te deseo una vida feliz y sobre todo suerte….para conseguir agua, comida y espacio suficiente para llegar a los 125. Con cariño, El planeta Tierra.
Del otro lado del planeta, en Serbia, un niño de 12 años y dos semanas llamado Adnan Nevic miró en su televisión la noticia del nacimiento de la bebé 7.000 millones. A su corta edad seguramente ya sabía que Danica no era mucho más que un rostro elegido para personificar un número simbólico. Ella y Adnan fueron seleccionados casi al azar por Naciones Unidas como símbolos vivientes de que la población continúa expandiéndose, para algunos incluso de forma descontrolada. Hace una docena de años, cuando éramos 6.000 millones, Adnan fue el nene simbólico. El honor de serlo no le cambió demasiado la vida a la que probablemente estaba destinado en su Bosnia natal. Va a la escuela, duerme en la misma habitación que sus padres, en un pequeño apartamento de los suburbios, le gusta el fútbol pero su familia no puede pagarle el ingreso a la liga. Su madre está enferma y no puede trabajar; el dinero que trae su padre a casa no alcanza.
12 años y 1.000 millones de personas después, la ONU eligió en 2011 un mensaje más apaciguado pero también más concientizador: “Ya somos 7.000 millones. Todavía hay lugar para todos y eventualmente podría haber suficiente comida, agua y vivienda, si sabemos cómo administrar el crecimiento de nuestra población. Y sobre todo, si aprendemos a frenar este proceso”. El discurso oficial, plasmado en el informe “Estado de la población mundial 2011 (UNPFA)”, abre los 7.000 millones a discusión, partiendo de esta base: “¿Cómo hemos llegado a cantidades tan grandes? ¿Cuánta gente puede sostener nuestra Tierra? Esas son preguntas importantes, pero tal vez no son las correctas en nuestros tiempos. Cuando nos focalizamos en las grandes cantidades, corremos el riesgo de quedar abrumados y perder de vista las nuevas oportunidades de mejorar las vidas de todos en el futuro. Por consiguiente, en lugar de preguntar: “¿Somos demasiado numerosos?” deberíamos preguntar en cambio: “¿Qué puedo hacer yo para que nuestro mundo sea mejor?”
Los expertos de Naciones Unidas, en su faz apocalíptica o integrada, tienen algunas certezas con respecto al futuro porque conocen al dedillo el pasado.
De a pocos y de a muchos
A la humanidad le tomó muchísimo tiempo llegar hasta los 7.000 millones. Desde que el primer Homo se encaramó de sus cuatro patas a solo dos –hace unos 1,8 a 2,5 millones de años– la población humana no paró de crecer. Pero no lo hizo de forma gradual y sostenida, sino en arranques efusivos que sobre todo se concentran en los últimos dos siglos y, con mayor intensidad, en estos últimos años.
Hasta hace unos 10.000 años en la Tierra no vivían más de cinco millones de humanos. Cuando nació Jesús ya éramos 200 millones. La humanidad sopló velitas para celebrar sus primeros 1.000 millones alrededor del 1800. Unos pocos años antes, Thomas Malthus había publicado un ensayo que luego se convirtió en un clásico de la demografía, aún cuando ni siquiera le acertó en sus pronósticos. El clérigo inglés argumentó entonces que la población de humanos iba a seguir creciendo, pero que probablemente sería contenida por las guerras, epidemias o incluso las “inevitables hambrunas” que se generarían por la propia proliferación del homo sapiens en este planeta. Para demostrar su terquedad, la población continuó en ascenso. Los 10 millones de muertos de la primera guerra mundial y los tal vez 50 que perecieron en la segunda gran guerra del siglo XX, fueron ínfimas disrupciones en la evolución imparable del ser humano. Entre 1930 y 2011 nacieron 5.000 millones de seres humanos. Las explicaciones abundan. Para la ONU el crecimiento se debe a los avances científicos y al mayor acceso a la medicina.
En 1968, otro estudioso, esta vez un biólogo llamado Paul Ehrlich, publicó un libro titulado “La bomba de la población”; predijo que cientos de millones de personas morirían de hambre cuando se llegara a los 3.500 millones de habitantes de la Tierra. Pero como Malthus, le erró. Desde los 60 la población mundial ha seguido creciendo a un ritmo aproximado de 1.000 millones cada unos 12 años. Ni Malthus ni Ehrlich eran ningunos tontos. Lo que tal vez no podían prever era la constante terquedad de la especie humana por reproducirse, a pesar de las cortedades y dificultades para sobrevivir con un mínimo de calidad de vida. Edward O. Wilson, un reconocido biólogo estadounidense especializado en evolución (y en las hormigas), calificó alguna vez al patrón de crecimiento del homo sapiens en el siglo XX como “más bacteriano que humano”.
Danica urbana
La pequeña filipina número 7.000 millones está lejos siquiera de parecerse al habitante “promedio” de este poblado mundo. No es hombre, no es china, no tiene 28 años, por ejemplo.
La revista National Geographic decidió hace unos meses descubrir el perfil del “habitante promedio” de la tierra. Esta persona tendría 28 años, sería diestro, ganaría menos de 12.000 dólares anualmente y tendría celular, aunque no una cuenta de banco. Sería un hombre de la etnia Han de China, cristiano, que hablaría mandarín.
¿Pero cómo será la vida de Danica? Para empezar, entre sus problemas no estará la falta de espacio. La conclusión más apresurada a la que muchos llegan cuando se preocupan por los miles de millones de personas que habitan este planeta, tiene que ver con el lugar físico que ocuparán. Si toda la población actual se dividiera en familias de cuatro personas –a las que se le asignaran 500 metros cuadrados de tierra– todas podrían vivir en el estado de Tejas (696.241 kilómetros cuadrados), calculan los expertos.
En la Tierra del presente y del futuro, el principal problema no proviene del espacio, sino más bien de los recursos naturales y sobre todo de su distribución. Es altamente probable que Danica sea una ciudadana urbana, como buena parte de los nuevos habitantes del mundo. Si bien durante muchos años se ha intentado culpar a las urbes de la reducción de espacios destinados al cultivo, los demógrafos actuales en general concuerdan en que podrían ser la salvación de la humanidad numerosa. Hasta ahora las ciudades solo ocupan el 2% de la superficie terrestre.
En los próximos 20 años es probable que 3.000 millones de personas abandonen el campo para buscar una vida mejor en alguna de las ciudades, grandes o pequeñas, del planeta.
En la actualidad, el 50% de la población es urbana y a mediados de siglo ese porcentaje habrá aumentado al 75%. Hace poco más de un siglo, la única ciudad del mundo que superaba los cinco millones de habitantes era Londres. Ahora hay más de 54, la mayoría de ellas en Asia. Después de achacarles tantas culpas a las urbes, ¿por qué ya no son las malas de las películas? Los expertos señalan que en una ciudad se resume mucho de lo que necesita la humanidad para sobrevivir y para hacerlo con una mejor calidad: una economía de escala que permite que sus habitantes tengan todo más cerca y a menor precio, acceso más sencillo a la educación y a la salud, aprovechamiento del espacio, entre otras ventajas. Claro que las ciudades actuales deberían pensar un poco más en la sostenibilidad y el ahorro de energía, considerando que pronto estarán aún más pobladas. Vivir en ciudades puede salvar al hombre, pero para ello antes deben pensarse medidas para disminuir el consumo y fomentar el transporte público, ciudades en las que sus edificios, humildes o de lujos, estén preparados para soportar el frío y el calor, y que crezcan más hacia arriba que hacia sus costados.
Esta nueva visión sobre las ciudades, deberá sin embargo luchar contra la que hasta ahora presentaba a las urbes como las culpables de buena parte de los males de la humanidad. Según un reporte de Naciones Unidas, el 72% de los países en desarrollo ha adoptado algún tipo de política destinada a frenar la ola de migraciones del campo a la ciudad. Entres sus ventajas, una se descubre como vital para el futuro de los hombres: las ciudades también ayudan a controlar la natalidad, y además por vías naturales. Al mejorar el nivel de vida y permitir que sus ciudadanos accedan con mayor facilidad a la salud, se reduce la curva de crecimiento.
Danica mamá
Ante tanto supuesto apocalíptico, hay expertos que creen que estamos llegando al final de esta explosión demográfica y que, hacia fines de este siglo –o incluso antes– el crecimiento de detendrá. Pero todavía falta. Cada año nacen 83 millones de personas. En India se producen 51 nacimientos por minuto. El lugar donde más ha crecido la población en las últimas tres décadas es el África subsahariana, con 883 millones de personas. En casi todos estos casos, la tónica general es la pobreza en la que estos niños llegan al mundo.
En buena parte del planeta, sin embargo, la tasa de fecundidad ha caído en picada. A medida que las mujeres son más educadas y sus familias tienen mejor acceso a la salud –de manera que los niños mueren menos– tienen menos hijos. De esta manera el ritmo de crecimiento demográfico ha bajado en promedio casi a la mitad. El 80% de la humanidad vive en países en los que la tasa de fertilidad ya está por debajo de tres hijos y sigue cayendo. En casi ningún caso esto tiene que ver con acciones estatales coercitivas tales como las que se aplicaron y aplican en India –donde no fueron infrecuentes las campañas de esterilización masiva, tanto de mujeres como de hombres– y en China –tierra de la tristemente famosa política de “un niño por familia”.
El Banco Mundial ha señalado que para alimentar a 9.000 millones de personas habrá que aumentar la producción global de alimentos en al menos un 70% hacia 2050. En cambio, si la población se mantuviera estable –gracias a la baja de la tasa de fecundidad– solo se necesitaría un 25% más de comida a mediados de este siglo.
A la escuela
Danica seguramente tendrá la posibilidad de ir a la escuela, y tal vez incluso al liceo y llegar hasta la universidad. Una de los beneficios reales que viene con el dudoso honor de ser la “habitante número 7.000 del planeta”, es que la ONU ya le concedió una beca de estudios así como algo de dinero para que sus padres emprendan un negocio. En un país como Filipinas, donde solo el 5% es analfabeto, es posible que Danica tenga más oportunidades que otros niños.
La realidad es que el mundo en el que crecerá Danica estará, como ahora, repleto de niños y jóvenes: casi la mitad de la población mundial tiene actualmente menos de 25 años, aunque están muy mal distribuidos y la mayoría de de ellos viven en países pobres). Más de 101 millones de niños en edad escolar no van a la escuela, y de este grupo más de la mitad son niñas, se señala en el informe de Naciones Unidas. De los más de 770 millones de analfabetos adultos, dos tercios son mujeres.
Es posible que Danica viva para ver crecer a sus nietos y hasta tal vez a sus bisnietos. Cuando cumpla 50, vivirá en un mundo con más de 9.000 millones de habitantes. Si la niña 7.000 millones hubiera nacido en Japón, Francia, Estados Unidos, o en alguno de los países ricos, tendría más chances de llegar a los 100 años. Más de la mitad de los niños que están naciendo en estos tiempos en esos países, llegarán a ser centenarios.
Como en el resto de las variables que hacen a la vida humana, su longitud también tiene que ver con la suerte de dónde le toca nacer a una persona. La expectativa de vida en una sociedad industrial alcanza ya hoy a los 80 años; hace tan sólo 100 años ese mismo ser humano no habría superado el medio siglo de vida. Sin embargo, en el presente y en zonas tales como la Africa subsahariana, la expectativa de vida apenas supera los 50 años. Si Danica fuera una ciudadana promedio de este mundo y en este momento, podría vivir hasta los 72 años (68 si fuera hombre).
Cuestión de perspectivas
El espacio no será un problema. O al menos no el principal. El jefe de Población y Desarrollo del Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNPFA), José Miguel Guzmán, dejó este punto en claro: “No hay problemas de espacio para esa cantidad de personas. Cabrían todos en Puerto Rico”, dijo. Si se tomara el territorio de mayor densidad de población del mundo, Macao (donde viven 18.534 personas por kilómetro cuadrado), los 7.000 millones se podrían apretar en 377.684 kilómetros cuadrados. Prácticamente la superficie de Japón. Solo en Uruguay, con su exiguo territorio de poco más de 175.000 kilómetros cuadrados, podrían vivir (con la densidad de Macao), casi tres mil millones y medio de seres humanos.
¿Qué y cuánto comerán, cuánta agua podrán beber, cómo vivirán, es una historia que corre por carriles muy diferentes a la del espacio. Si el futuro de los humanos está en manos de los humanos –tal como dijo Babatunde Osotimehin, director ejecutivo del UNFPA, “Somos 7.000 millones de personas con 7.000 millones de posibilidades” –, es hora de dejar de contar cuántos somos para empezar a decidir cómo sobreviviremos.