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A 50 años de Woodstock: sexo, drogas y el mejor rock’n’roll

Un festival que se convirtió en el perdurable símbolo de la contracultura y la protesta anglo-estadounidense

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31 de julio de 2019 a las 05:00

En la madrugada del 16 de agosto de 1969, la neoyorkina Joan Báez, de pelo corto y embarazada, amada por todos, cerró su actuación en Woodstock con We shall overcome (Venceremos), una vieja canción religiosa convertida en himno de protesta, que entonó con su hermosa voz pura y aguda. 

Una multitud de más de 100.000 jóvenes cantó con ella:

Oh, en lo profundo de mi corazón
Sé que sí creo
Algún día venceremos
Viviremos en paz

Hace ahora medio siglo, en agosto de 1969, hasta 400.000 jóvenes de reunieron a campo abierto en el Estado de Nueva York, Estados Unidos, para celebrar “Tres días de paz y música”.

Woodstock fue el festival de festivales, el emblema histórico de la contracultura hippie, jóvenes de una sociedad opulenta que predicaban amor y paz, y muestrario de una era dorada del rock angloestadounidense.

En rigor, el legendario festival de Woodstock no ocurrió en Woodstock, un pueblo al norte de Nueva York en el que entonces vivía Bob Dylan, porque sus pobladores se opusieron, sino bastante lejos de allí. Fue en unas tierras destinadas al ganado lechero, cerca de Bethel, a unos 160 kilómetros al norte de Manhattan, alquilada de apuro a Max Yasgur, un granjero hijo de inmigrantes judíos rusos.

Fue una masiva emersión de la contracultura: una larga fiesta de sexo, drogas y rock’n’roll, literalmente; en automóviles, carpas o a cielo abierto, bajo la lluvia y en el barro, que escandalizó a los conservadores, quienes se preguntaban de dónde había salido todo aquello. (Bethel fue declarada zona de catástrofe por la Gobernación de Nueva York).

Los años ’60 fueron de degradación de la autoridad, especialmente en Estados Unidos y Europa Occidental.

Parte de los hijos de los antiguos combatientes de la Segunda Guerra Mundial se rebelaron contra el mundo de sus mayores: contra sus valores y sus ritos, desde la religiosidad a la música, pasando por su militarismo.

El año anterior habían ocurrido muchas cosas notables: el asesinato del pastor bautista Martin Luther King, un líder del movimiento de los derechos civiles de los negros; el asesinato del líder demócrata liberal Robert “Bobby” Kennedy, hermano de John Fitzgerald, el presidente asesinado cinco años antes; la revuelta de los estudiantes franceses en mayo; la sublevación de los checoslovacos contra el régimen comunista; y el triunfo en las elecciones presidenciales estadounidenses del republicano Richard Nixon, un “halcón” que sin embargo prometía retirar a los soldados estadounidenses de Vietnam. 

Unos días antes del festival, la NASA había colocado a dos hombres en la Luna y los había traído de regreso: una de las aventuras más grandes de la historia de la humanidad. Pero el ejército de Estados Unidos estaba empantanado en Vietnam, haciendo de policía en una guerra que no podría ganar debido a la garantía soviética y china a Vietnam del Norte. Cada vez más jóvenes estadounidenses, en especial los universitarios, se alzaban en contra de la guerra y el reclutamiento. No hallaban sentido alguno en la humillación y destrucción de pueblos humildes y valientes del sudeste asiático, y arriesgar la propia vida, a cambio de un objetivo difuso.

Las culturas alternativas, con los hippies a la cabeza, un movimiento libertario surgido en Estados Unidos unos años antes, experimentaban masivamente con la marihuana o el LSD. Y el rock vivía una etapa dorada.

La fiesta en Woodstock, organizada por un joven de 23 años, duró tres días, entre el viernes 15 y la mañana del lunes 18 de agosto. El éxito y la improvisación (y el caos) fueron tan grandes que al final no se cobró entrada. 

Entre decenas de solistas y conjuntos de primera línea, destacaron el prodigioso guitarrista mexicano-estadounidense Carlos Santana; el grupo estadounidense Creedence Clearwater Revival, una maravilla del rock más puro, con la fabulosa voz de John Fogerty; la inigualable texana Janis Joplin, una diosa de voz ronca, con un vigor interpretativo único, muchas veces bajo efecto de drogas, que le costarían la vida poco después; el indio Ravi Shankar, maestro de sitar del beatle George Harrison y padre de la cantante Norah Jones; la gran banda británica The Who; el cantante y músico inglés Joe Cocker; la banda neoyorkina de jazz rock Blood, Sweat & Tears; los californianos Crosby, Stills, Nash & Young; o el canadiense Neil Young.

Jimi Hendrix, un guitarrista estadounidense virtuoso de ascendencia negra e indígena, un astro del rock, de vida corta y furiosa como Janis Joplin, fue la estrella de Woodstock. A él correspondió el cierre. Resolvió no hacerlo el domingo de noche sino el lunes a las 8 de la mañana, el agotador tercer día. Casi al final interpretó el himno de Estados Unidos solo con su guitarra, con mucha distorsión; y esa pieza se convirtió en el emblema del festival.

Woodstock fue un arrebato místico colectivo y una catarsis: una fiesta extremista, con muertos por sobredosis de drogas, centenares de detenidos por tráfico y desórdenes, varios nacimientos e infinidad de niños engendrados. 

Inauguró la era de los grandes festivales, aunque había antecedentes, envalentonó a la disidencia, pues muchos jóvenes comprendieron que no estaban solos, y globalizó aún más la pasión por el rock and roll, el folk estadounidense y otros géneros compatibles.

En 1970 se dio a conocer un documental titulado Woodstock: Three days of peace & music, o Woodstock, la película, que ese año ganó el Oscar al mejor documental. Luego vendrían muchos más.

Sobreviven el símbolo contracultural y el asombro, generación tras generación. La vieja granja lechera de Max Yasgur, quien murió en 1973, es lugar de peregrinaje. De hecho, ahora se intenta organizar un festival conmemorativo a medio siglo de aquel, en algún lugar del Estado de Nueva York, y hasta tan lejos como en Maryland. Pero las deserciones y los problemas parece que lo arruinarán. 

A veces más vale no meterse con los mitos, bajo riesgo de repetirlos como caricaturas desteñidas. Nada ni nadie pueden resucitar aquella poción mágica.

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