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Abrir fronteras: el dilema de los países nórdicos en el que se debe ver Uruguay

La vuelta a la completa normalidad enfrenta el reto de escrutar a los vecinos. Lo viven los nórdicos con Suecia y su alto contagio, Costa Rica en Centroamérica y Uruguay en el sur del continente

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23 de mayo de 2020 a las 05:02

Mientras los ojos de los vecinos, y de otros países, se posan sobre Uruguay, un caso de éxito en el manejo y combate de la pandemia de coronavirus, se despierta la preocupación acerca de una futura y previsible apertura de fronteras.

El riesgo es obvio. Con un mayor tránsito e intercambio hacia Brasil y Argentina, y también hacia Chile aunque más lejano, se abren las vías para que el virus, que está lejos de ser derrotado, se expanda.

Brasil ha tenido un crecimiento desmedido de la infección con más de 300 mil casos registrados, una cantidad estimada a la baja por el reducido número de test realizados en relación a la población, y más de 20 mil muertes.

Ambas cifras son, por mucho, las mayores en América Latina, como era previsible esperar en la nación también más grande y más poblada, envuelta, además y de forma nada tranquilizadora, en un sostenido debate, impulsado desde la cabeza del gobierno, para desatender las medidas de aislamiento en las grandes áreas urbanas.

Argentina, en particular el área metropolitana de Buenos Aires con sus “villas de miseria”, donde está  el foco de mayor contagio en este otro inmenso país vecino, ha tenido que postergar nuevas medidas de apertura en ruta a la normalidad.

Un escenario desigual. El pico del virus, o casi, atacando a los vecinos –también a Chile, que logró contenerlo por meses– con una realidad que empieza a parecerse a lo que fue en Uruguay, que tiene que ser consolidada en cada paso, en cada fase de apertura.

Nada, sin embargo, único en el escenario mundial. El caso de los países nórdicos, con el foco prendido en la “diferente” Suecia que suscita temor a su alrededor; o el de Costa Rica, otro caso de éxito, entre naciones donde el virus ha tenido más incidencia o aún conserva el potencial para provocar daño, son ejemplos de situaciones parecidas a la que Uruguay, y también Paraguay, confrontan.

¿Abrir o no?

El problema es el cuándo y el cómo, porque la apertura, la vuelta a la nueva normalidad, es el objetivo de la lucha contra el coronavirus.

Suecia ha transitado ese camino con su particular sello. Sin confinamientos, sin cierres de escuelas y negocios, y apelando a la responsabilidad ciudadana, el caso sueco ha sido ampliamente comentado y criticado, aunque internamente cuenta con aval público.

Pero los resultados han sido desalentadores y preocupantes para sus vecinos. Suecia tiene más de 32.000 casos registrados, hasta este viernes según la Universidad Johns Hopkins, que superan la suma total de otros tres países nórdicos –Dinamarca, Noruega y Finlandia–,  y sus casi 4.000 muertes cuadruplican también el total de fallecidos en los vecinos.

En la última semana, hasta el 20 de mayo, Suecia tenía el índice de muertes per cápita más alto de Europa, según consigna el diario La Vanguardia de Barcelona.

Es “una especie de país apestado” a ojos de los vecinos, dice el medio catalán, ante el que Dinamarca, Noruega y Finlandia temen reabrir sus fronteras, aunque avanzan en relajar las restricciones de viajes entre ellos a partir del mes de junio.

Las autoridades suecas argumentaron que el bloqueo y las fronteras cerradas traerían relativamente pocos beneficios, tanto a la salud pública como a la economía  aunque manifestaron estar preocupadas por las muertes. “No es algo que tomemos a la ligera (…) Seguimos trabajando nuestra estrategia. Y también en Suecia vemos que la epidemia se está desacelerando”, dijo la líder de la agencia de salud pública sueca, Sara Byfors, citada por Financial Times.

La ministra de Relaciones Exteriores de Suecia, Ann Linde, a la vez que se mostró partidaria de un “intenso diálogo” con sus vecinos, también advirtió de “discriminación” en las medidas de apertura nórdicas de las que excluirían a su país.

El debate está en el orden del día de los parlamentos y gobiernos de los países nórdicos, que descartan incluir a Suecia en una “burbuja nórdica” –una suerte de salvoconducto para permitir que los ciudadanos de esos países puedan viajar libremente entre ellos, como ya pusieron en práctica las naciones del Báltico (Estonia, Lituania y Finlandia).

El primer ministro sueco, citado por La Vanguardia, admitió su preocupación por la reputación internacional sueca. “Tenemos una larga historia de solidaridad, este es nuestro patrimonio, por eso estoy preocupado por esta imagen”.

A diferencia del caso uruguayo, Suecia está rodeado por naciones que tienen bajo control el virus, con apenas medio centenar de casos registrados entre todos en la semana hasta el 20 de mayo.

La burbuja centroamericana

Costa Rica es, quizás, el caso más parecido a Uruguay. Pequeño, menos de un tercio en tamaño aunque más poblado (5.1 millones de habitantes), ha logrado mantener a raya el coronavirus con 903 casos confirmados y solo 10 víctimas mortales (un índice de letalidad apenas sobre el 1%).

Con Panamá, en su límite sur, con más de 10 mil casos y 291 muertes, y la incierta Nicaragua al norte, donde las medidas de confinamiento han estado ausentes de la política sanitaria oficial y se desconoce el impacto real del coronavirus en esta nación sometida a un férreo control político y mínima transparencia informativa.

Esta semana el gobierno costarricense anunció un plan piloto con Panamá para retomar el tránsito de mercancías por las fronteras, que fueron bloqueadas a principios de mayo después unos 50 transportistas dieron positivo al coronavirus, según las autoridades sanitarias costarricenses.

Frente a los reclamos del impacto económico que supondrá para la región centroamericana y para este pequeño país, que mueve por tierra el 90% de sus exportaciones al área, se diseñó un plan en tres modalidades para permitir el acceso de camioneros.

En el caso de la carga que va de Panamá a Nicaragua que necesariamente cruza territorio de Costa Rica, el gobierno organizará una caravana de medio centenar de furgones que hacen la travesía en 12 horas acompañados de la policía para garantizar que se hagan las paradas sin interactuar con población local, según explica un despacho de AFP

Las mercancías con destino a Costa Rica son descargadas en el puesto fronterizo donde otro camión con conductor local lo recoge y completa el recorrido. O bien, lo dejan en un almacén fiscal en suelo costarricense, desde donde podrán tomar un cargamento para el regreso.

La fórmula cuenta con el respaldo de los transportistas costarricenses que la ven como un balance entre lo sanitario y la actividad económica.

Nada, por ahora, de la libre circulación de personas. Como tampoco está en los planes próximos de los países del área del cono sur del continente, que han mantenido, sin embargo, un flujo ininterrumpido, aunque mermado, del transporte de carga.

El presidente de la Cámara de Autotransporte Terrestre Internacional del Uruguay (Catidu), Mauro Borzacconi, indicó que más de 1.500 chóferes están habilitados para realizar el transporte de mercancías hacia Brasil, Argentina, Chile y Paraguay, sin que se hayan registrado casos de contagio. Fueron eximidos del servicio aquellos en situación de riesgo, que se acogieron al seguro de paro dispuesto por el gobierno uruguayo.

Los conductores cuentan con los implementos necesarios para su protección –alcohol, mascarillas, guantes–  además de seguir un protocolo de comportamiento en los puestos fronterizos. Borzacconi está seguro que el personal de transporte de carga “resistiría” con solvencia una prueba de diagnóstico “porque la responsabilidad y educación de la gente han hecho la diferencia”.

En una proporción que él estima 10 a 1, entran camiones de carga de los países vecinos por los puntos fronterizos: cinco hacia Brasil (Chui, Rivera, Río Branco, Bella Unión y Acegua) y tres hacia el lado argentino (Fray Bentos, Concordia y Colón). Siendo en ambos casos los más activos, Chui y Fray Bentos.

“Aunque es más difícil el control en unos sitios que en otros, no podemos decir que hay un problema en las fronteras y donde lo hubo las autoridades actuaron”, dijo Borzacconi a El Observador.

 

 

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