Opinión > Editorial

Adiós al gradualismo del FMI

Cuando un país, por culpa de sus excesos de gasto público, pierde repentinamente la confianza de los mercados enfrenta un dilema muy poco envidiable

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08 de octubre de 2018 a las 07:48

Acorralada, Argentina implementa políticas fiscales y monetarias crecientemente radicales para enfrentar la crisis. El paquete de ajuste apoyado por el FMI anunciado en junio, todavía aferrado al mantra gradualista, fracasó rotundamente. La amigable cara del FMI fue recibida con una fría cachetada por parte de los mercados. No fue porque Argentina no cumplió con sus promesas con las reformas que debía implementar (fundamentalmente, la del Banco Central). No fue porque algún shock imprevisto en variables internacionales claves (digamos tasa de interés de Estados Unidos) haya hecho el programa imposible de cumplir. Fracasó desde su anuncio mismo, por su propio diseño, porque las necesidades de financiamiento del gobierno seguían siendo tan grandes que el fantasma del default no pudo ser despejado. Cuando existen nubes tan amenazantes en el horizonte, el empresario no suele invertir, el ciudadano pospone compras de bienes duraderos. Argentina no fue la excepción y la economía cayó precipitadamente.

Es que cuando un país, por culpa de sus excesos de gasto público, pierde repentinamente la confianza de los mercados enfrenta un dilema muy poco envidiable. Como lo vimos una y otra vez en crisis anteriores, si responde, a instancias del FMI, con anuncios de demasiada austeridad, el gobierno inflige un enorme daño directo a la economía, que entra en un círculo vicioso de caída de actividad, caída de ingresos públicos, cada vez mayor austeridad, y más desconfianza sobre el futuro. 

Pero los hechos de estos últimos meses dejan patentemente claro que si se responde con muy poca austeridad, aun con un suculento paquete de ayuda financiera sobre la mesa, la incertidumbre no se despeja. Resulta que la incertidumbre es un factor tan o más nocivo para la actividad económica como la caída abrupta del gasto y subida de impuestos. 
Una vez que los países se exponen a la pérdida de confianza de los mercados, como ha venido quedando dolorosamente claro para los gobernantes argentinos, sea cual sea la actitud y pedidos del FMI, es muy difícil, si no imposible, calibrar un paquete que asegure una recuperación económica.

El fracaso del gradualismo deja a un grupo grande de economistas, políticos, analistas, que habían sistemáticamente apuntado las baterías a la dureza del FMI como causante fundamental de la severidad de las crisis, en una situación incómoda. Ojalá existiera la figura del arrepentido, pero en el terreno intelectual, para que empiecen un masivo desfile a aceptar que no existen enemigos externos malévolos causando las crisis. La forma de evitar las crisis es siempre poniendo el foco de las responsabilidades en los gobernantes locales irresponsables por poner al país en ese tipo de situación.

La situación fiscal de Uruguay es mucho mejor que la de Argentina. Su déficit es menor, su deuda tiene un perfil más extendido. Pero tiene un déficit alto y con pocas chances de bajar en el año electoral que se viene. Dadas las importantes lecciones que nos está generosamente ofreciendo el vecino país, es natural preguntarse si no hubiésemos podido hacer un poco más este año para erradicar, de raíz, los riesgos de resbalar a ese horrendo laberinto de sufrimiento. Las calificadoras de riesgo comienzan a preguntarse lo mismo, y los inversores las siguen de cerca.

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