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Agenda climática y ambiental de la mano

Hivy Ortíz: "Poner un plato de comida en la mesa es lo primero, pero debe ir a la par con soluciones de largo plazo a través de la transformación de los sistemas agroalimentarios"

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12 de noviembre de 2022 a las 04:00

Por Hivy Ortiz*, especial para El Observador

El cambio climático está impactando en los sistemas agroalimentarios, amenazando de forma sustantiva los medios de vida, la seguridad alimentaria, la biodiversidad y la provisión de bienes y servicios ecosistémicos fundamentales. 

Sus efectos en la agricultura, y en los sectores forestal, ganadero y de pesca, tiene un impacto en las economías locales y en los pequeños agricultores, muchos de los cuales dependen directamente de lo que producen, además de ser proveedores de muchos centros urbanos.

Producto de la pandemia de Covid, la crisis de granos, el aumento de precio de los combustibles, el precio de los fertilizantes y la crisis ambiental, el sistema alimentario se vio afectado, el número de personas con hambre creció y las proyecciones para 2030 son similares al 2015 cuando se aprobaron los objetivos de desarrollo sostenible de la Agenda 2030. 

Poner un plato de comida en la mesa es lo primero, pero debe ir a la par con soluciones de largo plazo a través de la transformación de los sistemas agroalimentarios, avanzando simultáneamente en las agendas socioeconómica, ambiental y climática, y en el esperado desarrollo sostenible y resiliente.

Invertir en la agricultura y los medios de vida agropecuarios y la pesca sostenible es estratégico y rentable: el retorno es 10 veces mayor que la ayuda alimentaria, según datos de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO).

La FAO trabaja de la mano con los países en la implementación de proyectos transformadores en la región, que buscan hacer frente a los impactos mencionados.

En Uruguay, en dos años, familias participantes del proyecto Ganadería y Clima que cuentan con asistencia de la FAO, lograron reducir en promedio un 10% sus emisiones totales de gases de efecto invernadero y un 23% las emisiones por kilo de carne producido. También, aumentaron un 9% su producción, un 24% su ingreso neto y redujeron la cantidad de animales por hectárea en un 14%, cuidando el ambiente, la biodiversidad, los recursos productivos y mejorando su calidad de vida. 

Un proyecto de gestión sostenible de las pesquerías de arrastre en Brasil, Surinam y Trinidad y Tobago, permitió reducir en hasta 36% la pesca no intencionada gracias a nuevas redes y tecnología, protegiendo a especies amenazadas, como tortugas y rayas, disminuyendo a su vez el impacto ambiental. 

En Costa Rica, el programa de Pago por Servicios Ambientales (PSA) que opera hace más de 20 años y ha permitido al país aumentar su cobertura boscosa desde 25% en los años 1980, a 52% en la actualidad; ahora, con la asistencia de la FAO, implementa una versión actualizada del PSA incluye el cuidado y recuperación de los suelos degradados a través  del aumento de su carbono orgánico.

También en materia de mitigación del cambio climático con enfoque de género, las mujeres Kariña en Venezuela, se organizaron y fueron reconocidas oficialmente como una sociedad, lo que permitió que el Gobierno venezolano les concediera 7.000 hectáreas de la Reserva Forestal de Imataca para revitalizar  zonas degradadas.

A nivel regional, en el Sistema de la Integración Centroamericana (SICA), la FAO trabaja con el Consejo Agropecuario Centroamericano, y con la Comisión Centroamericana de Ambiente y Desarrollo, apoyando los esfuerzos intersectoriales de 8 países, en el marco de la Iniciativa AFOLU2040, que integra la producción agrícola, forestal y recuperación de suelo.

También, la Plataforma de Acción Climática en Agricultura de América Latina y el Caribe (PLACA) así como la Alianza por el Suelo de Latinoamérica y El Caribe (ASLAC) se han fortalecido como espacio de articulación de alto nivel para abordar la contribución de la agricultura a la agenda climática.

De cara a la COP27, que se está llevando a cabo, es clave considerar que un sector agropecuario que resguarde la biodiversidad, que reduzca sus emisiones de carbono y que se adapte al cambio climático, es más resiliente en el largo plazo e implica menos riesgos para la inversión y el bienestar de la sociedad. Avanzar hacia un agro más sostenible, resiliente y socialmente inclusivo, no solo es ambientalmente beneficioso, sino que también genera empleos, más productividad, desarrollo e ingresos.

 *Coordinadora de la Iniciativa Regional de Agricultura Sostenible y Resiliente de la FAO, Oficina de América Latina y el Caribe

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