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Ahora cambiamos, ¿o no?

Argentina es hoy un país mejor pero no distinto

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24 de octubre de 2017 a las 05:00

El domingo Argentina obtuvo un logro inimaginable. Salió del todo del cono de sombra de la corrupción, el robo, el insulto, el apriete y la mentira como sistema político y ratificó su camino hacia una democracia mejor. Así, empezó a escapar de la trampa del relato, la posverdad y la dialéctica neomarxista y gramscista que lo llevó a una grieta de incomprensión y odio entre hermanos inaceptable para una sociedad.

El lector preguntará: Significa que ahora viene el cambio, ¿no? De eso quiere hablar esta columna. En un análisis superficial, Argentina supondría virar hacia una economía liberal, abierta y competitiva, con un ajuste para bajar el gasto público ruinoso, el déficit y la deuda peligrosa.

Eso no pasará. Como sostuviera este espacio, Mauricio Macri no es liberal, ni lo es su equipo de gobierno. El presidente amamantó en una familia proteccionista, un criterio mussoliniano de la producción, un mundo de empresas abrazadas al Estado y de sindicatos socios de esas empresas y de ese Estado. La concepción de país que desde 1930 en adelante pudo lo imposible: frenar y revertir el crecimiento.

Su gobierno –pese a estos resultados políticamente brillantes– tendrá que acordar cualquier cambio con el peronismo residual que no logró matar Cristina Fernández de Kirchner. Ese peronismo piensa igual que él, que se ha confesado siempre peronista. De modo que, salvo que una catástrofe lo obligue a hacer otra cosa, Cambiemos va a hacer más o menos lo mismo que hasta ahora, con algunos retoques: gradualismo, salvataje a crédito.

Los grandes empresarios que departen con Macri son los amigos de su padre, con los mismos métodos de enriquecimiento. Los jerarcas sindicales han sido tratados con generosidad rayana en el dispendio por Cambiemos. De modo que quienes sueñen (o teman) un futuro de apertura, baja de aranceles, cielos abiertos, libre comercio, libre competencia, reducción del gasto del Estado, pueden abandonar esa esperanza, o ese temor. Está, sí, avanzado el proyecto del blanqueo laboral, que sin embargo no tiene sentido sin una flexibilización laboral que no luce demasiado viable.

¿Qué hará entonces Cambiemos con el peso político que adquiere con este resultado? Lo ha dicho hasta el cansancio. No privatizará ni cerrará ninguna empresa del Estado, ni tampoco la racionalizará. Como máximo esas empresas deficitarias, como Aerolíneas, YPF y otras, pasarán a obtener utilidades por vía de aumentos en sus ingresos, o sea en los precios que pagará el consumidor. Los subsidios a las tarifas energéticas serán remplazados también por un aumento de tarifas que pagará el usuario, con algo más de razón y justicia, pero con efectos duros sobre el consumo y la inflación.

Todo el resto de subsidios de toda clase, con cualquier formato, seguirá en pie. Eso incluye el empleo estatal, que suele constituir directamente un subsidio, en mayor o menor escala, como sabe Uruguay o debería.

La obra pública, que ha sido uno de los motores de la recuperación modesta del crecimiento, será financiada por el Estado con el mecanismo de diferimiento del sistema de PPP, que no es solo un formato de préstamo con pago diferido y un interés (o ganancia del privado) más alto, pero no cambia ni el efecto nocivo del gasto ni la corrupción contenida en él. (Esto no lo sabe Uruguay porque no le conviene saberlo.)

Como se pudo ver en la Ciudad Autónoma de Buenos Aires, Macri está acostumbrado a conseguir gobernabilidad repartiendo concesiones, dádivas y negocios. Ese ha sido y seguramente seguirá siendo el modelo futuro en la Nación. Se apuesta a lograr un crecimiento de la economía que baje porcentualmente el peso del déficit y la deuda. Además de ser un camino peligroso, el método es precario. La historia del gasto muestra que tiende a indexarse por el PIB. Y la corrupción inherente también se indexa. Igual que el endeudamiento.

Los economistas ortodoxos piensan que, si no baja el gasto en valor absoluto y no se produce correlativamente una rebaja impositiva, el crecimiento no seguirá el ritmo actual, con lo que el sueño de que el agua suba para que las piedras no se noten sería utópico.

Se supone que los consensos que construirá el Cambiemos reloaded permitirán realizar una reforma impositiva que mejore la competitividad y ayude a las pymes multiplicarse y dar más empleo. Nada más inútil que hacer una reforma impositiva sin bajar el gasto. Será como máximo un modo de repartir la factura de otro modo, una discusión que podría durar medio siglo, en especial la de la coparticipación de las provincias, esencial en esa reforma. Habrá que ver sus efectos reales si no existe un correlato de baja de la presión impositiva total, vía la baja del gasto.

Es posible esperar algunos retoques, como la apertura parcial de cielos que se intenta ensayar en el transporte aéreo, con final incierto. O alguna mejora en la piratería de los juicios laborales, un negocio de una banda de jueces y abogados que deberían terminar en la cárcel. Tal vez la opción de acuerdos laborales flexibles por sectores, como ha ocurrido con el petróleo. Y paliativos diversos y específicos, de esos que aman los proteccionistas y estatistas, que les permiten repartir personalmente beneficios.

No es fácil ver en lo económico cambios de fondo en el rumbo del país, que parece seguir cómodo en la mediocridad. Sí puede esperarse un ataque a la justicia corrupta, si se logra el pleno funcionamiento de los sistemas de control constitucionales y algunas leyes adicionales. Puede ayudar. También en la seguridad, deliberadamente saboteada por el kirchnerismo, el peronismo y el radicalismo con mecanismos perversos. Entre ellos está el sistemático ataque dialéctico a la policía, la gendarmería y cualquiera de los medios con que cuenta el Estado para ejercer el monopolio de la fuerza, que en Argentina es ejercido por cualquiera, menos por el Estado.

En ese plano se podrían lograr algunos consensos, al igual que en la educación, que compite con la uruguaya en su deterioro; o en la lucha contra el narcotráfico, donde la situación es gravísima por el daño terminal que ocasiona en la sociedad.

Donde pueden ser útiles los nuevos consensos es en mejorar la Constitución esquizofrénica, herencia de varios gobiernos y situaciones, como el fatal Pacto de Olivos, la sobrerreacción en la inserción de tratados regionales bolivarianos y la sumisión a organismos supranacionales que bordean la pérdida de soberanía, más otras aberraciones en el derecho de propiedad y el sistema electoral. Aunque no será fácil encontrar el altruismo, la grandeza de espíritu y la decencia para encarar estas modificaciones.

El panorama luce desilusionante frente a la importancia del triunfo electoral. Pero refleja la idiosincrasia de la sociedad o su doble personalidad. Alguna vez el nefasto creador del peronismo dijo: los argentinos son radicales, justicialistas, socialistas o conservadores. Pero peronistas somos todos. Acaso fue una de las pocas cosas en que tuvo razón. Por eso el cambio podría tomar más tiempo del que todos desean.

Argentina es hoy un país mejor. Pero no distinto.
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