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Una de las fachadas más llamativas de Aiguá
Una de las avenidas de la ciudad

Estilo de vida > Verano 2022

Aiguá, la localidad serrana que busca su lugar en el turismo y no quiere repetir la historia de Garzón

Ubicada en medio de las sierras de Maldonado, y entre Lavalleja y Rocha, esta localidad ha recibido en los últimos tiempos varios emprendimientos exteriores que se conjugan con las ganas de prosperar de sus habitantes

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16 de enero de 2022 a las 05:10

Al principio, Aiguá es un cruce. Ahí donde Maldonado se arruga entre Lavalleja y Rocha y la sierra se escarpa hasta el horizonte, el pueblo —la ciudad, técnicamente, pero todos hablan de ella así: le dicen “el pueblo”— aparece algunos metros después de una rotonda que sale de la nada. 

La nada: eso que aparentemente está metido en el ADN del campo y que en realidad es una mentira gigantesca, o un error de percepción en el ojo encandilado por la ciudad. La nada, acá, son lagartos que se asoman a la ruta, águilas y caranchos vigilantes, la vegetación que acompaña el viento, la tosca que se levanta con la tormenta, un perro negro que corre por la 109, una curva sinuosa en la 39 que serpentea hasta arriba, el ruido del arroyo Coronilla saturado de una lluvia que se descolgó inmensa y sin aviso, la silueta serrana y lejana del Cerro Catedral, y después el vacío de las tierras más altas del país. Allí no hay nada. Y ahí, en esa nada, está todo. Todo eso.

La 109 que va a Rocha

Después de la rotonda viene Aiguá. Después de la llegada obligada por alguna de las tres rutas más espectaculares del Uruguay —la 39, la 13, la 109; números feos que no se condicen con paisajes que quitan el aliento— aparece la propia nada de ese lugar que parece estar conquistando el corazón de todos los que llegan hasta allí. Primero está el shock arquitectónico: ¿De dónde salen estas fachadas antiguas, cuidadas y espectaculares? Después, viene la limpieza. No hay nada fuera de lugar, los jardines se pelean por saber cuál es el más prolijo y el trayecto desemboca en una plaza que se para sacando pecho y vegetación. En la calle a esa hora no hay nadie. Aiguá duerme la siesta y agradece por la lluvia que está bajando el calor. Hay comercios que igual están abiertos. Está el municipio, con su edificio coqueto y recauchutado. Está el nuevo café. Hay movimiento detrás del vidrio del bar El León de Aiguá. Un veterano espera la apertura del Banco República. Las puertas de las casas están abiertas. Las ventanas también. Frente a Lo de Cristina, una bici espera con el pedal trancado en el cordón. Frente a una panadería, otra bici espera tirada en la calle. Y no parece, aún así, fuera de lugar.

El aire de Aiguá es puro. El agua de Aiguá es pura y sale de las sierras. Aiguá significa “agua que corre” en guaraní, así que tiene sentido. Pero volvamos al aire: es puro. Y se mueve. En Aiguá se percibe que están pasando cosas. Esta localidad de 4 mil habitantes, fundada oficialmente en 1906 por una señora llamada Margarita Muñiz —Aiguá, dicen allí, es un pueblo de mujeres—, está viviendo cambios, está moviendo los engranajes de su identidad. El turismo, ese bien buscado y de doble filo, le está echando un ojo. Hay cosas que están llegando. La nada de Aiguá se transforma. Se abre.

Fachada en Aiguá

“Va a haber un cambio muy fuerte, se siente y va a pasar”, dice María José Rey, sentada en una mesa junto a Rodrigo Miraballes, su socio. Ella es de Montevideo, Miraballes es de Lascano, y ambos acaban de abrir hace pocas semanas en el centro de la ciudad su proyecto. Se trata de L'Osteria, un emprendimiento gastronómico que estuvo ubicado durante dos años en la calle Ciudadela de Montevideo, y que funcionó como bar de tapas hasta que la pandemia, como a otros tantos, se lo llevó puesto. L'Osteria, sin embargo, no murió. Digamos que hibernó y, en la medida de lo posible, se adaptó a las condiciones del nuevo mundo. Y ese estado se mantuvo hasta que Rey, que se había comprado una casa en Aiguá cuatro años antes, tuvo la idea de abrir otra vez las puertas. La segunda vida de L'Osteria es a 178 kilómetros de la capital y el futuro, esperan, será auspicioso.

L'Osteria

El local ahora se ubica sobre la avenida Gral. Artigas, en el patio de Lo de Cristina, un Bed & Breakfast regentado desde hace más de 10 años por la propia Cristina, una mujer que aparecerá algunos párrafos más adelante. L'Osteria abrió algunos fines de semana de diciembre, probó que la idea funcionaba, y ahora recibirán comensales de viernes a domingo hasta el final de la temporada. También están evaluando abrir los jueves. El arranque los tiene contentos.

“Mantuvimos el espíritu —cuenta Rey—. Reformulamos la cocina, porque acá tenemos más espacio. En Uruguay el fuego es un atractivo, y Rodri es un grandísimo asador, ha pasado por parrillas multitudinarias, así que hay confianza en que salga bien. También agrandamos la carta. Seguimos con el tapeo habitual y con platos clásicos, pero sumamos carta de menú, algo que no teníamos. En L'Osteria de Montevideo tenías solo la opción de comer platos pequeños; ahora podés almorzar, cenar, incluso podemos recibir grupos grandes y reacomodar el menú. Nos adaptamos al lugar que se nos dio.”

L'Osteria

“La gente nos dio una muy buena bienvenida y eso es importante”, agrega. “Es una propuesta nueva, diferente, y siempre hay que ver cómo es la reacción. Ha estado bastante lleno, con noches a tope, y es una fortuna poder decirlo. Para nosotros fue una rifa. Fue meter todo lo que teníamos y que pasara lo que tuviera que pasar. Cruzamos los dedos. Y la primera noche vinieron más de cincuenta personas.” 

L'Osteria

Algunas pocas cuadras y por la misma calle hay otro proyecto que está a punto de probarse en el ecosistema del pueblo. Se trata de Ámbar, una posada boutique que ocupa, desde su apertura este mismo sábado 15 de enero, una de las casonas ubicadas en una de las esquinas del pueblo. Quien está detrás es Cynthia Snaidman, una emprendedora argentina que conoció Aiguá diez años atrás, cuando su padre y su pareja establecieron una posada —Cumara— que se ubicaba en el mismo lugar donde hoy ella ultima detalles para la eventual apertura. 

“Estaba necesitando conectar con un espacio más natural, llevar mi energía y mi fuerza y ganas de construir a otro lado que no fuera Buenos Aires. Charlando con mi padre me propuso hacerme cargo de la casona en Aiguá, y me parecía que podía crear un proyecto que sirviera para que más personas se acerquen a este espacio y disfruten de la naturaleza. Siempre me gustaron los lugares poco frecuentados, y Aiguá tiene un paisaje que me trae mucha calma. Podía unir mis actividades con este ecosistema”, cuenta frente a un cortado con leche vegetal, y dos rebanadas de budín de banana orgánico con pasta de maní. 

La fachada de Ámbar

El dato de la comida no es al azar. Como L’Osteria, Ámbar también aparece en el pueblo con una propuesta gastronómica que no había y que se adapta al confort que quiere ofrecer en materia de hospedaje. La apuesta está en esos dos ejes, y se sustenta además en un edificio que presenta cinco habitaciones, una piscina climatizada, un jardín de estilo colonial con su propio aljibe y parra, servicio de bar y numerosas prácticas relacionadas con la meditación, las prácticas holísticas y el bienestar.

El interior de Ámbar

Ámbar será, junto a Lo de Cristina, una más de las opciones en las que los visitantes se podrán quedar en el pueblo a partir de ahora. Pero para aquellos que busquen algo más serrano y no tan vecinal, existe una alternativa más: AiguáBus.

Marcela Curbelo llegó también hace diez años al pueblo escapando de la vorágine montevideana. Dice que cayó en Aiguá de casualidad. Y que no sabía qué quería, pero sabía qué no quería. Consiguió un par de hectáreas sobre la ruta 109, a once kilómetros de la ciudad, y se construyó una casa. Le costó muchos años adaptarse pero lo encontró: eso quería. Esa vida. Ese silencio y esa concepción del tiempo, que se estira entre los árboles y se moldea a su antojo. Un día vio que el vecino que le había vendido la tierra tenía un ómnibus abandonado en su terreno. Se lo compró y lo llevó a su propiedad. Luego encontró otro, en el hogar de ancianos de Aiguá. También se lo compró. Con el tiempo los acondicionó y le encontró un fin: una nueva manera de hospedarse. AiguáBus es, ahora, una forma insustituible de vivir las sierras.

La vista desde AiguáBus

“El primer año me empapé de conceptos nuevos como permacultura, como aprender a vivir en la naturaleza y más —recuerda Curbelo—. Es una vida bastante simple. Siempre fui emprendedora y creativa, y ahora lo pude plasmar de una manera en que lo puedo sostener junto con el estilo de vida que elegí. Vivir en las sierras y en el pueblo tiene su diferencia. Yo me instalé más acá. La gente de las sierras está menos conectada con la gente y más con la naturaleza. A mí me da paz. Al principio todo el mundo me preguntaba cómo no tenía miedo de estar sola. Y no, todo lo contrario. Porque en realidad hay que tenerle miedo al ser humano. Acá todo es diferente, hay otro ritmo, no hay intenciones y aprendés a vivir así.”

Los buses de AiguáBus se pueden alquilar en cualquier época del año, con un mínimo de dos noches. ¿El contacto? Instagram.

AiguáBus

Aigüense por derecho

Cristina es con quien hay que hablar. Con ella, en su casa, en donde te recibe si le reservás, en donde prepara las pastas caseras y donde recibe, también, a L’Osteria desde hace poco más de un mes. Es una casa llena de libros, de cuartos, donde suena una música de relajación. Donde se deja la puerta siempre abierta.

La fachada de Lo de Cristina

A Cristina la conocen todos y su apellido no es necesario, a esta altura, pero es mejor si lo dejamos por escrito: Cristina Tourné. Tiene 66 años y nació en Minas, del otro lado de la frontera departamental. Es muy cinéfila. Recuerda con cariño las matinée de su ciudad. Mira bastante seguido el canal Film&Arts. Netflix la agobia. 

La primera vez que Cristina pasó por Aiguá fue en 1974. Pasaron a buscar a dos aigüenses de camino a La Pedrera, a donde se dirigían para participar de un curso para jóvenes de la Iglesia. Su recuerdo: “Me pareció desolado. No había nada”.

Después afina la memoria y cuenta más: “Recuerdo que el pueblo tenía unas fachadas imponentes. Este lugar se caracterizó desde siempre, desde antes de que nadie hiciera nada, por la prolijidad y el cuidado. Y por la limpieza. La limpieza era absoluta. Los pocos jardines que veías estaban preciosos.”

Cristina se casó con un aigüense tiempo después. Se mudó al campo y de vez en cuando pasaba por el pueblo. Miraba la casa —esa que hoy le pertenece y donde tiene su Bed & Breakfast— y el pésimo estado que tenía la hacía suspirar. Era una tapera. En el año 1986 las cosas cambiaron. Trabajó en un taller de marroquinería. Al tiempo se divorció y se fue a buscar, con sus tres hijos, un hogar en Minas. No encontró nada para alquilar y pegó la vuelta: en Aiguá la casa la seguía esperando. La compró en dos cuotas de 500 pesos de aquella época mediante el Banco Hipotecario. La arregló y la acondicionó. Hoy la sigue pagando.

En los 90 hubo sacudones para ella y para el pueblo. Por su lado, se puso a trabajar haciendo comida de jabalí, un producto de la zona que hasta tiene su propia fiesta anual. Y en eso siguió hasta que vino la crisis del 2002. “Los que estábamos trabajando de forma independiente morimos. Alquilé la casa porque no la podía pagar más, me fui al campo, conseguí una vaca lechera, trabajé en la quinta y salimos adelante”, recuerda. Después, una aventura más: hizo un curso de ecoturismo y durante algunos años vivió junto a su hijo menor en las Grutas de Salamanca, uno de los atractivos naturales de la zona, y se transformó en guía. “Vivíamos en un lugar precioso, en armonía total con la naturaleza. Presentamos un proyecto y por primera vez se recibieron turistas y visitantes. Hicimos de guías, de guardaparques, fue una experiencia muy linda más allá que económicamente fue un desastre”.

Y después de todo eso, volvió. La casa la seguía esperando. Ocupó sus estancias otra vez y tuvo su última idea: abrirla a los visitantes. La convirtió en Bed & Breakfast y le ha ido bien. Sus huéspedes no la olvidan. Mientras contaba su historia para esta nota, una pareja de Paso de los Toros llegó tres años después de haberse ido para saludar y agredecerle, sobre todo, por esa noche en la que se quedaron hasta las dos de la mañana charlando de la vida. 

 

“Lo que me ha ayudado es el boca a boca, la valoración que hace la persona cuando viene y pasa bien. Yo no ofrezco nada maravilloso, nada gourmet; ofrezco la realidad de Aiguá. Una casa típica de Aiguá, un jardín típico de Aiguá, una aigüense que estuvo 40 años defendiendo a la comunidad. El turismo debe apuntar a eso, y lo está haciendo. Se integra a la cultura del lugar”, dice.

Justamente, la comunidad de Aiguá está buscando este momento desde hace casi treinta años. Los impulsos han sido muchos, los resultados a veces se hicieron desear, pero hoy el pueblo recibe a sus visitantes con fachadas que se están restaurando, la sensación de que hay vida y que se están gestando varias opciones que no traicionan su esencia.

“Esto que se está viendo ahora son los frutos de un trabajo que se empezó en 1995. Y ha ido, con sus tropiezos y sus bemoles, creciendo. En los noventa el diario El País sacó un artículo sobre Aiguá diciendo que era un pueblo para alambrar. Y mostrando la cara y las fotos más desgraciadas. Era la estampa de la desolación, del vacío, de la mala muerte. Eso nos vino muy bien, porque la gente se indignó. Los aigüenses antes se sentían avergonzados porque era un pueblo chico donde no había nada, no teníamos vidriera, cine, marquesinas. Pero ese artículo nos removió y actuamos”.

Una de las avenidas de la ciudad

Para Cristina, Aiguá es la prueba de que una localidad con ganas y empuje local puede salir del estancamiento e insertarse en el circuito bajo sus propias reglas. Y esto es clave: ni ella, ni ninguno de los consultados para esta nota, quiere que se repita lo que pasó en Garzón o Pueblo Edén. En Aiguá lo que vale es el emprendimiento que llega de afuera, sí, pero que mantiene la sinergia con los habitantes del lugar, que los emplea y que se adapta a su identidad. No quieren una lluvia de grandes capitales. No se quieren vender.

Así lo ve, por ejemplo, María José Rey desde L’Osteria: “Creo que en este lugar no va a pasar lo que pasó con Garzón o Pueblo Edén, que se los comió el Este. Este pueblo tiene mucha historia, mucha identidad propia, tiene miles de habitantes. Es un suelo muy fuerte y tiene gente que genera su propio movimiento. Garzón y Edén estaban olvidados, llegó gente con dinero e hizo lo que quiso. Acá es distinto.”

“El pueblo tiene una fuerza arraigada desde siempre”, opina Curbelo. “Los que venimos somos como extras que entramos. Algunos nos adaptamos y nos quedamos, y los que no lo hacen se van”.

Paisaje serrano

Desde Ámbar, la conclusión va por el mismo lado. Snaidman tiene claro que todos se retroalimentan entre todos y eso es clave para el futuro del lugar. “Nosotros no somos nadie sin el pueblo. No buscamos imponer nada, sino atraer gente a este espacio y que el propio pueblo pueda sostenerse y tener un beneficio a partir de la llegada de los turistas. Que no lo sienta como una invasión”.

Cristina, que vio pasar de todo y que empujó por la “salud” de su tierra desde siempre, es la que menos quiere ver llegar la depredación capitalista. Sabe que el pueblo tiene la posibilidad de despegar por las ganas de progresar que allí hay, y por los emprendimientos que se están alineando con esa filosofía —como L’Osteria, como Ámbar, como AiguáBus— y que la idea de un nuevo Garzón, muerto durante todo el año a excepción de los quince días de enero que dura la temporada, es lo último que quieren. Y por eso está tranquila: sabe que hay espalda para defender el futuro que se merecen.

“En diez años me gustaría ver a Aiguá como un lugar que da trabajo para todos. Que el tema del ecoturismo fuera verdaderamente importante para nuestro desarrollo local. Que se proteja el ecosistema, que se cuide el agua, que se produzcan cosas, que no lleguen las aglomeraciones, que quienes lleguen se integren al ritmo del pueblo. Que quien se quiera quedar se quede, pero que se ponga la bandera de Aiguá”. 

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