Alberto Fernández se fijó una prioridad para su primer día como presidente: dar un mensaje contundente en el sentido de que quiere que se cierre definitivamente la “grieta” y que empiece un período de reconciliación.
Fue el tema dominante de su acto de asunción y lo expresó en las palabras, en los tonos y en los gestos. Ya desde su llegada al Congreso, tuvo situaciones de amabilidad como la de ayudar a la vicepresidente Gabriela Michetti a desplazarse en su silla de ruedas. Y, sobre todo, al aparecer en escena Mauricio Macri lo abrazó efusivamente en tres oportunidades (al aparecer en escena, tras colocarle la banda y antes de que el ex presidente se retirara del Congreso).
Es decir, Alberto fue mucho más allá de lo que el protocolo le exigía. Podía haber cumplido con un saludo formal, pero quiso dar un mensaje potente de reconciliación. Que hasta contagió al público presente, que apenas tuvo abucheos tibios para el mandatario saliente.
Antes, la locutora oficial lo había presentado como “el presidente de la unidad de los argentinos”. Y después, a la hora del discurso, se encargó de remarcar el tono conciliador.
Así, el mensaje empezó con un pedido de reconciliación y de superar “los muros que nos dividen”, entre los que destacó el del odio y el rencor. Y se fijó –lo dijo varias veces- el objetivo de ser el presidente de un “nuevo contrato social” en el que el disenso de ideas no lleve a la fractura social. Fue más explícito al declarar que uno de sus objetivos era que en las mesas familiares se pudiera volver a hablar de política sin peleas.
“No cuenten conmigo para seguir transitando el camino de los desencuentros”, resumió.
Curiosamente no citó a Juan Domingo Perón, pero sí a dos ex presidentes de la Unión Cívica Radical: Arturo Frondizi y Raúl Alfonsín. Un gesto fuertemente simbólico, no solo en el sentido de guiño político a los dirigentes de la UCR, sino también como una aceptación de la importancia del respeto a las instituciones republicanas. Algo, en definitiva, que contrastó con las posturas de sectores duros, que en los cuatro años macristas agitaron el fantasma del “helicóptero” y el final prematuro del gobierno.
Crisis social y solidaridad obligada
Ya con esos elementos habría sido suficiente como para marcar un matiz respecto del estilo tradicional del kirchnerismo –que, hace cuatro años, había boicoteado el acto de asunción de Macri con una ausencia de legisladores y gobernadores en el acto.
Pero la moderación estuvo también en la parte del discurso dedicada al diagnóstico sobre la herencia que le deja la gestión Macri. Si bien el nuevo presidente trazó un cuadro grave de la economía y la situación social, no se regodeó en la crítica a la gestión anterior ni hizo hincapié en la “pesada herencia”. De hecho, apenas la repasó en un punteo para recordar números de inflación, caída de producción industrial y de aumento de la pobreza y la indigencia.
Y reiteró que su foco estará en la cuestión social. Junto con la reconciliación, el concepto más repetido fue el de la solidaridad. Así, planteó “una ética de prioridades y emergencias” y, reversionando una frase de Perón, dijo que los únicos privilegiados de su gobierno serán los excluidos que están en situación de riesgo alimentario.
Fue explícito al marcar que los sectores que están mejor posicionados tendrán que mostrarse solidarios y aceptar hacer su aporte mientras haya gente con hambre y a la que no se le puede pedir que sigan sufriendo el ajuste económico.
De esta forma, preparó el terreno para medidas que se sabe serán antipáticas y hasta conflictivas. Entre ellas, el aumento en las retenciones a las exportaciones agrícolas, el incremento en el impuesto a las ganancias que afecta a la clase media, así como disminuciones en las rentabilidades del sector financiero y de las cadenas de distribución de alimentos.
También dio a entender que se canalizarán prioritariamente recursos estatales hacia créditos subsidiados y a la financiación de un plan alimentario de emergencia.
Su principal alusión concreta al plan económico fue sobre la imposibilidad práctica de pagar la deuda pública en las condiciones actuales.
El mercado financiero ya asume que habrá un período de al menos dos años en el cual no se harán pagos. Aun así había reaccionado bien ante el nombramiento de Martín Guzmán como ministro de Economía –con una suba de bonos– pero esa mejora tuvo una marcha atrás luego del primer discurso presidencial. Analistas interpretaron que las señales de Alberto estaban siendo decodificadas como el anticipo de un default.
Un mensaje tranquilizador para Cristina
El otro hecho destacado del primer día de Alberto Fernández fue –no podía ser de otra manera– la asunción de Cristina Kirchner como vice. Por más que se atuvo al protocolo e intentó quedar en un segundo plano, su presencia fue imposible de ignorar.
Después de todo, ella fue quien designó a Alberto como candidato, a ella responden los militantes que colmaban las barras del Congreso, y a ella le deben fidelidad la mayoría de los parlamentarios peronistas y buena parte del gabinete de ministros.
Y, a diferencia del explícito intento conciliador que realizó el presidente, Cristina no disimuló su antipatía personal hacia Mauricio Macri. La foto en la que se estrechan la mano y ella mira hacia otro lado con gesto de desagrado fue la más comentada en las redes sociales.
Sentada al lado del nuevo presidente, Cristina acompañó el discurso inaugural. Y Fernández le dedicó un párrafo importante. Si bien no la nombró, todos entendieron que estaba haciendo una reivindicación de la queja que tuvo Cristina en los últimos cuatro años, en el sentido de haber sufrido una persecución política por parte del poder judicial.
Por eso, Alberto fue enfático al anunciar un “nunca más” para una justicia cuyos fallos cambiaran según el viento político de turno, o que echara mano a herramientas desprestigiadas como los agentes de inteligencia y los operadores judiciales.
Alberto dijo que no habría margen para prisiones preventivas, y que no se puede considerar culpable a quien no tenga una condena firme. Fue algo que se consideró un mensaje tranquilizador para la ex presidenta y, además, un anticipo de la pronta liberación de ex funcionarios como el ex ministro Julio De Vido.
Hubo, sin embargo, quienes también consideraron que allí estuvo presente el intento de reconciliación. Después de todo, no es solamente Cristina quien tiene motivos para estar nerviosa por las causas judiciales. También Macri tiene investigaciones realizadas por dirigentes kirchneristas sobre presuntos hechos de corrupción en los últimos cuatro años.