1 de marzo de 2013 21:08 hs

Un balance de la gestión de la seguridad, que considere la experiencia acumulada por la izquierda en los últimos ocho años y la prioridad adjudicada por esta administración al tema, así como el relieve de las inversiones realizadas, no deja espacio para el optimismo. Las importantes iniciativas contra la corrupción, el nuevo despliegue policial y la inversión en infraestructura carcelaria son aspectos positivos, opacados por la realidad que muestran los indicadores de violencia y las negativas percepciones sociales que evidencian los sondeos de opinión pública.

No se redujo sustancialmente la cantidad de delitos ni mejoraron los niveles de aclaración policial de los mismos. Y a pesar del importante esfuerzo realizado en el período, las cárceles no se transformaron en algo diferente a lo que siempre fueron. Siguen devolviendo personas en peores condiciones a las que entraron e incluso serían un factor gravitante del exponencial crecimiento de los ajustes de cuenta y la extensión de una cultura de la marginalidad en los barrios más pobres.

Quizás el plano donde esta administración más ha innovado represente uno de los aspectos también más controversiales. Como una parte de la izquierda ha hecho notar, el avance de un discurso mimetizado con las posturas más conservadoras termina sumergiéndose en las engañosas promesas del pragmatismo. Y cuando en el plano de la seguridad se habla de pragmatismo, eso significa redactar leyes penales para crear nuevas figuras delictivas o aplicar sanciones más prolongadas a los delincuentes. Ese camino ya transitado en los últimos 20 años duplicó la cantidad de delitos, cuadruplicó la de presos y convirtió al miedo en el principal problema.

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Tampoco es auspicioso el horizonte para ubicar efectivas soluciones a los problemas, dado el creciente clima electoral que invadirá un tema de alta sensibilidad pública y profundizará su utilización política. La dinámica que se avizora promete reiteradas y vergonzantes interpelaciones opositoras o una creciente dosis de pragmatismo oficial. Como en el cuento de Lewis Carroll los tiempos electorales obligarán a correr cada vez rápido para, en definitiva, estar siempre en el mismo lugar.

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