El caos esporádico y la polarización política que embargan a casi todos los países de América Latina exponen, de nuevo, las muchas llagas de la región: pobreza, desigualdad, ignorancia, atraso socioeconómico, corrupción, narcotráfico, violencia, demagogia.
Las convulsiones de ahora en Colombia son parte de las protestas cíclicas que también embargaron a Nicaragua, Venezuela, Chile o Paraguay; mientras el populismo y la polarización corroen a México, Brasil, Argentina, Bolivia, Ecuador, Perú.
Nayib Bukele, el nuevo dictadorzuelo de El Salvador, sigue el libreto clásico de vaciar la democracia de contenido valiéndose de su mayoría y popularidad, como antes ocurrió en Cuba, Nicaragua, Venezuela y tantos países.
Hay caudillos demagógicos y grupúsculos radicales dando manija en todas partes, naturalmente, pero la yesca requiere paja seca para prender. Y en América Latina sobra la paja seca y escasean las oportunidades.
Las economías de América Latina no crecen, o lo hacen a ritmo lento, y hay poco para repartir. Muchos jóvenes se cocinan entre el desempleo y los sueños rotos. Para completar, la pandemia ya dura demasiado.
La última gran horneada de desilusión se procesa en Colombia. Las protestas se iniciaron el 28 de abril, sin agenda y sin líderes definidos a la vista, aunque siguiendo experiencias anteriores. El desencadenante del malestar general fue un proyecto de reforma tributaria que, como toda reforma tributaria, perseguía obtener más dinero para el Estado en nombre de la justicia. Ahora los muertos se cuentan por decenas.
El acuerdo de paz de 2016 con la guerrilla de las FARC, que alentó muchas esperanzas de pacificación e integración social y política, fue sucedido por una creciente violencia financiada por el narcotráfico y la corrupción.
Iván Duque, del partido del expresidente derechista Álvaro Uribe, ganó la Presidencia en 2018 después de imponerse en balotaje (54% a 44%) al izquierdista Gustavo Petro, un antiguo militante del movimiento guerrillero M19.
Durante la lucha de las fuerzas de seguridad contra las guerrillas, que duró más de medio siglo, la gran mayoría de la población respaldó al Estado formal, al ejército y a sus gobernantes, según la historia electoral del país.
Pero algo se ha roto ahora. Nunca Colombia había estado tan partida.
La economía de Colombia, un país con más de 50 millones de habitantes, es la más próspera del área, con ingresos promedio por encima de Brasil, Venezuela, Ecuador o Perú; aunque es típicamente tan desigual y clasista como sus vecinos.
Colombia ha tenido hasta ahora 1.550 muertos por covid-19 por millón de habitantes, un registro similar al de Argentina, aunque por debajo de Brasil y Perú. Pero la vacunación ha sido extraordinariamente lenta: sólo 8,5% de la población tiene al menos una dosis.
“La pandemia ha dejado al descubierto en América Latina una aflicción de larga data: la falta de capacidad estatal efectiva, o sea, la capacidad de los gobiernos para lograr objetivos políticos”, comentó el periódico británico Financial Times el 15 de abril. “Con demasiada frecuencia, cuando los gobiernos tiran de las palancas que deberían operar los sistemas de salud, orden público o bienestar, no sucede mucho”.
El estallido en Colombia recuerda el que sufrió Chile a partir de octubre de 2019. Aunque ambos países tienen un desarrollo económico relativamente alto para la región, el trasfondo de las protestas puede ser similar: distribución inadecuada, clasismo (cuando no racismo), frustración y desesperanza de las capas medias.
Sin embargo el conservador Sebastián Piñera parece haber encausado satisfactoriamente el malestar. Chile elige este fin de semana una Convención que redactará una nueva Constitución, que, de ser aprobada en plebiscito en 2022, sustituirá a la heredada de la dictadura de Augusto Pinochet.
“En un clima convulso en América Latina, exacerbado por la pandemia y con Colombia como ejemplo más actual, lo que sucede en Chile es observado como un posible ejemplo de cómo atender los reclamos sociales con un proceso democrático que renueve el Estado”, escribió un analista de la BBC News.
El próximo 6 de junio Perú decidirá una dramática elección presidencial entre el ultraizquierdista Pedro Castillo y la derechista Keiko Fujimori, hija del dictador de la década de 1990. Es el resultado de años de caos político, que incluyeron la caída y prisión de varios expresidentes y ministros.
América Latina pareció el territorio del futuro a comienzos del siglo XXI, cuando el gran auge de las materias primas empujado por China. Pero el dinero comenzó a escasear en torno a 2014; y entonces los mismos gobernantes que antes parecieron geniales, bajaron varios escalones en el favor popular, o cayeron directamente al Infierno.
Es demasiado estrecha la correlación entre los precios internacionales de las materias primas y el bienestar en América Latina. Las economías regionales, sus empresarios y su mano de obra, están muy lejos de tener suficiente versatilidad y calidad como para mantener el ritmo más allá de lo que digan los precios del petróleo o de la soja.
En general, en los últimos 40 años los países de América Latina han caído mucho en el mapa mundial del desarrollo, y eso es más notorio en los casos de Argentina, Brasil y Venezuela. Sólo Chile, Uruguay y Costa Rica parecen mantenerse a flote con estándares socioeconómicos mínimamente respetables.
En el habitualmente tranquilo y mesocrático Uruguay, la polarización política parece reservada por ahora al mundillo twitter, donde personas afectas al vedetismo disputan un torneo de ingenio inútil.
La gran mayoría de los líderes uruguayos, todavía muy conscientes del país partido por el odio de hace medio siglo que devino en dictadura, han reducido en las últimas semanas el ruido de la confrontación, que fue alarmante a partir de marzo, con más aceptación de sus mediocres posibilidades y de las virtudes redentores del diálogo y la convivencia.
Habrá que ver cuánto dura.