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Amigos en el espacio: el lado oscuro de la luna y la capacidad de China

El aterrizaje muestra las capacidades del país

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13 de enero de 2019 a las 05:00

De los dos grandes avances en la exploración espacial en la última semana, el mayor logro tecnológico fue, por mucho, el vuelo de la sonda New Horizons de Estados Unidos (EEUU) sobre Ultima Thule, a unos 4.000 millones de millas de la Tierra. Pero en términos geopolíticos, el aterrizaje de China de la sonda Chang’e 4 en la cara oculta de la Luna fue más significativo. Establece a China como una potencia espacial, e introduce nueva competencia en lo que durante mucho tiempo ha sido una carrera espacial entre EEUU y Rusia.

La sonda china aterrizó en la cuenca del Polo Sur-Aitken, el cráter más antiguo, más ancho y más profundo en la cara de la Luna que nunca se ve desde la Tierra. El principal desafío fue comunicarse con la sonda a través de un satélite relé. La hazaña no es tecnológicamente deslumbrante; la Administración Nacional de la Aeronáutica y el Espacio, o NASA, podría haberlo hecho hace muchos años si lo hubiera deseado. Sin embargo, fue una clara declaración de las intenciones de China.

https://www.elobservador.com.uy/nota/hacia-la-luna-y-mas-alla-las-odiseas-espaciales-de-2019-20191914951

No hubo cobertura televisiva en vivo del aterrizaje en China. Pero este silencio contrasta con las declaraciones públicas sobre las ambiciones de su programa espacial. China solo envió a su primer astronauta al espacio en 2003. Sin embargo, para el próximo año espera que Beidou, su rival al Sistema de Posicionamiento Global (GPS, por sus siglas en inglés), cubra el planeta. Está planeando establecer una tercera estación espacial completamente operacional para el año 2022, y tener astronautas en una base lunar para el final de la década. La misión Chang’e 4 ya incluye la evaluación de oportunidades para la minería y el cultivo en la Luna, que apunta a las ambiciones de Pekín para comercializar el espacio, y destaca la necesidad de actualizar la regulación internacional del espacio exterior.

El aterrizaje chino en el lado oscuro de la Luna tal vez no haga temblar la psique estadounidense de la misma forma que el lanzamiento del Sputnik soviético en 1957, seguido por el vuelo del cosmonauta Yuri Gagarin en el espacio. Pero ceder ser el “primero” en el ámbito del espacio tal vez impulse al presidente de EEUU, Donald Trump, que odia perder casi tanto como odia la competencia, a la acción.

La proeza de China también puede suscitar un nuevo interés en la exploración espacial en el Congreso estadounidense. Esto puede beneficiar a la NASA, cuya financiación ha sido reducida durante años. 

La falta de una competencia feroz por la supremacía espacial y algunos accidentes fatales provocaron la suspensión del programa del transbordador espacial en 2011, lo cual dejó a los astronautas estadounidenses totalmente dependientes de los cohetes rusos —actualmente fuera de operación— para llegar al espacio. Otros actores espaciales, incluyendo a la Agencia Espacial Europea, que se reúne este año para acordar presupuestos y programas para la década de 2020, también deberán reflexionar sobre las ambiciones chinas, al igual que la creciente industria espacial privada, que tal vez tendrá que reconocer que la era de la exploración espacial nacional está lejos de terminar.

Debido a la reticencia y la sospecha por parte de todos, hasta ahora China ha optado por actuar por sí solo con respecto a sus esfuerzos de exploración espacial. Pero una mayor colaboración entre todas las potencias espaciales sería mucho más preferible a la rivalidad secreta que caracterizó la temprana carrera espacial estadounidense-soviética. China ahora tiene la oportunidad de mostrar su compromiso con la cooperación mundial al unirse a consorcios espaciales internacionales con EEUU, Rusia y Europa. Si lo hace, podría desactivar, hasta cierto punto, las preocupaciones legítimas sobre la militarización del espacio, que Trump ha exacerbado con su intención de desarrollar una “Fuerza Espacial”.

La administración espacial china describió correctamente su aterrizaje en la Luna como un “nuevo capítulo en la exploración lunar humana”. Pekín y Washington deberían utilizar la exitosa misión de Chang’e 4 y el extraordinario viaje de New Horizons como el principio de una nueva era de exploración científica mutuamente beneficiosa en el espacio, no una nueva competencia militarista. 
 

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