19 de julio de 2021 5:05 hs

Fue bueno mientras duró, pero ya volvió la “normalidad”: desde noviembre del año pasado, cuando el gobierno argentino logró controlar la situación cambiaria, los argentinos habían dejado de hablar del dólar, que desapareció por varios meses de las noticias más comentadas. Pero en los últimos días el tipo de cambio regresó a su tradicional lugar protagónico.

El dólar “blue”, como se denomina al tipo de cambio paralelo que está fuera del control oficial, salió de su letargo para ocupar su lugar natural: es decir, ser más caro que el oficial, algo inevitable cuando rige un severo “cepo” cambiario.

Durante meses se había dado la situación anómala de un blue ubicado por debajo del precio de venta al público -que se compone del dólar oficial, más un impuesto de 30% y un anticipo de 35% por el impuesto a las ganancias-.

Los analistas atribuían esa situación rara a una serie de factores: el primero, que el Banco Central había bajado el precio del dólar “contado con liquidación” -el que surge de la triangulación consistente en comprar un bono en pesos y revenderlo en dólares-. Es una operatoria legal, a la que no acceden los pequeños ahorristas sino las empresas, y su valor es un referente para el resto del mercado.

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No le costó gratis al Central lograr esa paz: para mantener bajo control al “conta con liqui” debió resignar la mitad de los dólares de los que compraba en el mercado. Y compró muchos, gracias a la inesperada lluvia de dólares proveniente del boom exportador sojero.

Hablando en plata, la liquidación de divisas en el primer semestre del año fue de US$ 6.500 millones, pero el Banco Central sólo pudo incrementar sus reservas en US$ 3.000 millones. El resto se fue en venta de bonos.

Pero hubo otros factores que ayudaron a mantener la calma. Por ejemplo, que se concretó el polémico impuesto extraordinario a las grandes fortunas, que alcanzaba a personas cuyo patrimonio superaba los 200 millones de pesos (unos US$ 2,2 millones al tipo de cambio oficial), y que tenía una alícuota base de 3,5% y una máxima de 5,25%.

Analistas manejan un dolar blue en un eje de 200 pesos argentinos para fin de año.

Como los afectados por el aporte extraordinario no tenían ahorros en pesos sino en dólares, debieron vender divisas en el mercado oficial para hacerse de los pesos con los cuales pagar el impuesto. Esto implicó una fuente extraordinaria de dólares que empujó hacia abajo las cotizaciones.

Y en cuanto a los pequeños ahorristas, hubo una disminución de la demanda de dólares por la clausura de las vacaciones al exterior. Es un rubro de mucho peso en Argentina: antes de la pandemia, el saldo neto por turismo implicaba que el Central debía sacrificar unos US$ 7.000 millones para solventar esos viajes.

Por otra parte, durante la primera mitad del año, los salarios y las jubilaciones evolucionaron por debajo de la inflación, que cerro el primer semestre con un acumulado de 25,3% y con 50,2% en los últimos 12 meses. Y esto llevó a que se resintiera la demanda de los pequeños ahorristas.

Cambio de panorama

Pero todos los expertos habían advertido que esa paz cambiaria no podía ser duradera porque estaba basada en fenómenos temporarios. Los dólares de la soja ya no tendrán la misma intensidad en el segundo semestre, dado que la mayor parte de la cosecha suele venderse entre abril y junio. Y los dólares extra del impuesto a las grandes fortunas ya ingresaron casi en su totalidad.

Del otro lado del mostrador, esa demanda que estaba adormecida empezó a desperezarse. En parte por las mejoras salariales -los principales gremios están negociando subas en torno al 40%- y, además, por un típico fenómeno de los años electorales: ante la incertidumbre política, todos los agentes económicos recurren al dólar como estrategia defensiva.

En particular porque el gobierno decidió, como pilar de su lucha contra la inflación, “planchar” al tipo de cambio oficial. Esa estrategia del ancla cambiaria, muchas veces usada en la historia económica argentina, siempre terminó con una devaluación brusca, y por eso todos los pronósticos hablan de que algo ocurrirá luego de las elecciones.

Para tomar la dimensión del retraso cambiario: en el primer semestre, la cotización del dólar oficial subió un 13,6% mientras la inflación fue de 25,3%. En otras palabras, está volviendo la “inflación en dólares”.

Ante esa situación, el gobierno está tratando de tentar a los ahorristas con un menú de bonos y nuevos depósitos que ajustan por inflación o por la devaluación oficial. La intención es evitar una fuga masiva de pesos que hoy están en plazos fijos.

“La dolarización de parte de los depósitos a plazo fijo en pesos del sector privado pareciera ser el mayor riesgo para el frente cambiario”, afirmó el informe de Equilibra. Y estima con que solamente un 10% de esas colocaciones de pasar dólares, implicaría una demanda de divisas adicional por US$ 1.200 millones.

Y no es el único problema. Están los vencimientos de deuda. El gobierno intenta “rollear” cada vencimiento, pero parte de esos bonos -se estima el equivalente a  US$ 3.200 millones - están en manos de inversores externos, que ante la situación de incertidumbre optarían por no renovar, cobrar sus pesos y cambiarlos por dólares.

Y, finalmente, está la demanda de los pequeños ahorristas, que ahora con más pesos en el bolsillo intentarán defenderse de la inflación de la misma manera que lo han hecho siempre: comprando dólares. Se estima que la inyección de pesos que hará el gobierno para tratar de reactivar la economía alcanzaría a un punto del PBI: unos 400.000 millones de pesos, de los cuales una parte irá a presionar al tipo de cambio.

En definitiva, un panorama negativo, justo cuando el gobierno enfrenta vencimientos de deuda con el FMI y otros organismos, por casi US$ 5.000 millones de dólares.

El “Senebi” se suma a la familia de los dólares paralelos

Ante esa perspectiva de empeoramiento de su frente financiero, el gobierno decidió adelantarse a los hechos y tomó medidas que, en el fondo, no sorprendieron, pero que eran esperadas para una fecha más cercana a las elecciones primarias, que tendrán lugar en septiembre.

Fue así que en la noche del sábado pasado, mientras el país estaba con toda su atención focalizada en la final contra Brasil en el Maracaná, y mientras se celebraba la obtención de la Copa América por los capitaneados por Messi, el Banco Central aprovechó para comunicar nuevas regulaciones en el mercado de bonos.

Básicamente, lo que establece el nuevo marco es una mayor dificultad para hacerse de dólares mediante la triangulación de bonos y para sacarlos al exterior. Se limita la cantidad de jugadores que pueden acceder a esta operatoria y se enlentece el trámite.

El objetivo era reducir el volumen del negocio del “contado con liquidación”, que bajó su cotización. Pero como resultado inevitable saltaron los precios de otros dólares no controlados por el gobierno.

efe El Banco Central puso restricciones a la compra de bonos buscando calmar la corrida cambiaria.

El primero, naturalmente, fue el blue, que se disparó al lunes siguiente y se ubica en torno de los 178 pesos argentinos, lo que implica una brecha respecto del dólar oficial de 77%, una zona considerada peligrosa por los analistas, porque suele ser preludio de correcciones bruscas.

Y lo peor es que, para la mayoría de los economistas, la carrera ascendente se intensificará al calor de la campaña electoral, de forma que sobre fin de año podrá rondar los 200 pesos argentinos. 

Ese efecto fue, dentro de todo, algo que se esperaba. En cambio, lo que sorprendió fue la rapidez con la que los agentes de la city financiera encontraron un resquicio para continuar con la operatoria de bonos pero sin las nuevas restricciones oficiales.

El “nuevo” tipo de cambio ya se popularizó con el nombre de “dólar Senebi”, y algunos también lo llaman “contado con liqui blue”.

El nombre hace referencia a la operatoria del Segmento de Negociación Bilateral, una rueda paralela a la oficial. Allí el “trading” se hace con bonos que quedan fuera de las restricciones oficiales y los precios de las operaciones no está dictadas por una pantalla sino que se pactan de forma particular entre las partes. Es la forma que encontraron las empresas para hacerse de dólares cuando necesitan sumas grandes, dado que la nueva normativa oficial impuso un tope de US$ 30.000 por semana.

En los primeros días, ya se estableció una nueva brecha entre el contado con liquidación, que ronda los 166 pesos y el Senebi, en torno a 170 pesos.

La conclusión a la que llegaron los economistas es que, ante la disyuntiva entre cuidar las reservas del Banco Central o tratar de mantener una brecha baja entre el dólar oficial y el paralelo, el gobierno priorizó lo primero. Se avecinan meses de “sequía” de divisas, y los funcionarios saben que sin reservas suficientes pueden ser víctimas de una corrida contra el peso.

Es una jugada que tiene su lógica, pero también su riesgo: dejó en evidencia la fragilidad de la estabilidad cambiaria actual. Y reforzó los deseos de dolarización en una sociedad escéptica sobre el futuro.

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