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Antonio Mercader, lector de lujo

Fue una persona culta, apasionada por prestar atención a las frases del otro, no lo solo a lo que otro dice, sino también a cómo lo dice

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01 de febrero de 2019 a las 05:00

Sobre los temas que nos interesaban, nunca conversé con Antonio Mercader, quien falleció el martes pasado de cáncer a la temprana edad de 74 años (alguien que mantiene joven su mente, y la hace producir de manera regular, se salva de conocer la ancianidad). No lo conocí, sin embargo, lo que son las cosas, dos veces me carteé con él. Raro a esta altura de los tiempos usar el verbo ‘cartearse’, pronominal, pero así fue. Ya casi no quedan registros epistolares, pues con la maldita costumbre de mandar tuits y correos electrónicos que a los cinco minutos de leídos se olvidan, ya nadie se toma el trabajo de comprar buen papel (porque las cartas no pueden ser escritas en cualquier tipo de papel) y de usar una buena pluma cuya tinta es capaz de resistir el paso del tiempo cuando las cartas comienzan a ponerse amarillas, tal como lo están en la canción de Nino Bravo.

Un día a principios de 1995 llegué a la antigua redacción de El Observador, ubicada en la calle Andes, si mal no recuerdo, y la telefonista me informó que tenía dos cartas de lectores. Una de ellas, la primera de las dos que comencé a leer, estaba muy bien escrita. Fue lo primero que me llamó la atención. Cuando me dijo que siempre leía mis comentarios sobre cine, ahí mismo le perdoné todo lo que pudiera decir después. Porque no importa si a uno lo leen para elogiarlo o para defenestrarlo; lo importante es que lo lean bien, con atención. Eso era lo que me decía el lector, y luego vino lo que me reprochaba. Me leía tan bien, incluso mejor que yo mismo desde fuera, que me dijo algo que me sorprendió. Decía en su comentario que a las últimas 11 películas que yo había reseñado, las había destrozado, que ninguna me gustaba. En su comentario mencionaba una película que a él le había gustado mucho, y a mí me había parecido un horror insalvable.

Según Mercader, en mi reseña, titulada “Un Rambo ideológico”, destrozaba más allá de lo tolerable a la película cubana Fresa y chocolate, a la cual, por cierto, la encontré llena de clichés, lugares comunes y de una cuota de cursilería más allá de lo tolerable. Por si fuera poco, se trataba de cursilería ideológica, la peor de todas. Como hago siempre con todos los lectores, le respondí. En ese entonces, de la misma forma: por escrito, en carta escrita en buen papel. Le decía que después de haber leído su carta fui al cine a ver la película por segunda vez, y me parecía que yo seguía teniendo la razón, pero aún más que antes, pues en el bis la película cubana me había parecido incluso más mala que la primera vez. Claro está, todo dicho con elegancia, pues la vida es muy corta como para andar peleándose por boberías que con el paso del tiempo son olvidadas por completo. Terminaba agradeciéndole por la lectura atenta de las reseñas, por el inteligente comentario que me había mandado, con el cual estaba en desacuerdo, pero eso no impedía que fuera inteligente, que estuviera bien escrito y demostrara sensibilidad artística, cualidad que los seres humanos están perdiendo a paso obscenamente veloz.

El tiempo, precisamente, pasó. Pasaron años y en uno de ellos El Observador comenzó a publicar un suplemento cultural, histórico y literario de excelente calidad (nunca me cansaré de repetirlo, pues lo era tan así) que dirigía mi hermano Alejandro Espina y en el cual escribía gente de todos los partidos políticos. La pluralidad ideológica, estética y política que presentaban sus páginas era única. La lista de gente de primer nivel intelectual que colaboró es no menos que notable. Para que vean la calidad pongo un ejemplo: es hasta la fecha el único suplemento cultural en haber conseguido en exclusiva una entrevista con el poeta beatnik Lawrence Ferlinghetti, quien casi no da entrevistas y que el próximo 24 de marzo cumple 100 años de edad.

Con el fin del milenio, con el sobrevaluado año 2000 a la vista –¿recuerdan cuánto se habló por esos días del fin de la historia, de las nuevas realidades emergentes a la vuelta de la esquina?– Alejandro sugirió hacer una serie de notas sobre acontecimientos artísticos, históricos y políticos que habían definido al siglo XX. Sin ser historiador, simplemente porque el tema me interesaba desde los días de la escuela, pedí para hacer una nota sobre una batalla ocurrida en la primera guerra mundial, en la cual habían peleado poetas y futbolistas jóvenes, quines, de no haber muerto, habrían sido luego, con toda seguridad, célebres. Invertí en la nota mucho tiempo, investigación y palabras, pues era larga.

Escribir crónicas de aproximación a un tema o a una idea, es como tirar una botella al mar: uno nunca sabe si alguien la va a recoger y leer el mensaje que lleva dentro. Pensé que a pocos les había interesado, con eso de que la primera guerra mundial ocurrió hace tiempo y en los tiempos actuales a la mayoría solo le interesa lo que pasó hace poco, ayer nomás, si es posible. Otra vez, tal como había pasado años antes, igualito casi, llegué a la redacción y la misma telefonista (cosa de no creer) me entregó lo que me dijo, era la carta de un lector. Antonio Mercader nuevamente.

Me agradecía por haber escrito la nota y por no haberme equivocado con los datos. Para rematar sus comentarios, me decía que era de las mejores cosas que yo había escrito. Como me leía con regularidad, le creí. Y se lo agradecí, también por escrito, donde le hice algunos comentarios sobre aspectos insólitos del infierno que fue la ofensiva del Somme. Mismo papel, misma tinta azul. Otra vez reconocí los rasgos identitarios de una persona culta, apasionada por prestar atención a las frases del otro, no lo solo a lo que otro dice, sino también a cómo lo dice. En eso radica la calidad de un buen lector, capaz de leer con una perspectiva diferente a la de aquel al que está leyendo.

Uno de los grandes escritores estadounidenses modernos, de los más originales también, Joseph Heller, autor de la novela Trampa 22, dijo que “la literatura es la buena frase que de pronto aparece”. Quizá es la mejor definición de literatura que conozco. En muchas ocasiones, cuando de pronto aparecía la buena frase, que a fuerza de intentarlo siempre termina apareciendo, pensaba en si Mercader la estaba leyendo. Con tantas mudanzas, de un país a otro, no sé si sus dos cartas están por ahí o se perdieron, igual que tantas cosas tragadas por las diásporas cotidianas y el espacio. Con o sin ellas, en mi recuerdo persiste la imagen de un lector riguroso, amable y lúcido en los detalles, el mejor de todos, pues era un lector de frases. Además, sabía ejercer la cordialidad incluso en el disenso. No conocí a Antonio Mercader, pero lo leí, le escribí, entré en sintonía con él y sus comentarios, y le agradecí su dimensión intelectual, generosa y objetiva en la discrepancia, representativa de un tipo de uruguayo de los que no van quedando muchos, lamentablemente.

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