Pero, como comprobó el propio De la Rúa dos años después al renunciar y abandonar la Casa Rosada en helicóptero mientras en la Plaza de Mayo corría sangre, y como también comprobó Kirchner cuando sufrió junto a su esposa Cristina una rebelión de la población rural harta de pagar impuestos, en la Argentina no es tan fácil “ser un país normal”.
Si bien los problemas de fondo pueden parecerse a los del resto de la región -la pobreza, la violencia, los déficits de infraestructura, la frustración por la lentitud en el crecimiento económico, las dificultades para hacer que los recursos naturales desplieguen su potencial, la corrupción crónica de las clases dirigentes- hay en Argentina ciertos rasgos sociales que le otorgan singularidad.
Acaso el más notorio sea la exigencia de la población hacia los gobiernos por resolver los problemas en el corto plazo. O, dicho en otras palabras, convencidos de que Argentina es un país rico, los ciudadanos reclaman vivir a un nivel acorde con esa situación. Para un argentino, es normal que el Estado subsidie hasta niveles ridículos la electricidad, el agua, el gas, el boleto de ómnibus y hasta la transmisión televisiva de los partidos de fútbol.
Todo argentino de clase media se siente con derecho a poder viajar al Caribe o a Europa, y no siente demasiado conflicto en el hecho de que un tercio del pasaje de avión sea, en términos reales, subsidiado por un tipo de cambio oficial retrasado respecto del “paralelo”.
Los empresarios argentinos se han acostumbrado a la maraña de regulaciones e intervencionismo que implica, por un lado, una gran presión impositiva, pero también la posibilidad de una protección respecto de la competencia extranjera o la generación de negocios con el Estado que implica una renta garantizada.
Y así sucesivamente. Es por eso que el país es proclive a las turbulencias económicas: para dar respuesta a las demandas de resolver los problemas “ahora”, los funcionarios no dudan en tomar medidas que en otros países serían impensables.
Sin ir más lejos, en estos días el país vive un cierre de exportación de carne, porque el gobierno quiere forzar una baja en los precios del mercado doméstico. Por cierto, no era la primera vez que se tomaba una medida de ese tipo: en el antecedente más cercano, ese cierre costó una pérdida de 12 millones de cabezas en el stock bovino y los precios apenas cayeron por seis meses. Aun así, los funcionarios volvieron a intervenir, porque sentían que había una presión política para “hacer algo”.
Y ahí aparece revelado uno de los mayores temores de todo gobernante argentino: dar la sensación de que “no hace nada”. Es el defecto que la sociedad considera imperdonable, el que en otras épocas justificaba golpes de Estado y el que en estos tiempos provoca disturbios sociales. Claro que lo que en Argentina se entiende por “hacer algo” suele chocar de frente con la declarada aspiración de “ser un país normal”.
El brusco despertar del sueño del “primer mundo”
En ese constante movimiento pendular, lo primero que vieron los lectores de El Observador más veteranos fue cómo la Argentina celebraba lo que en aquellos inicios de los años ’90 se denominaba “el ingreso al primer mundo”.
Luego de años de retraso tecnológico, hiperinflación, cierre comercial y aplicación de antiguas regulaciones económicas, el presidente Carlos Menem interpretó el cambio de época y se plegó entusiasta a los postulados del Consenso de Washington. Refinanció la deuda en default en el marco del plan Brady, que permitió el ingreso de inversiones extranjeras, puso en marcha un amplio plan de privatización de empresas estatales, licuó el déficit fiscal a través de una ola inflacionaria y una devaluación y reformó el sistema jubilatorio.
Pero, sobre todo, puso en marcha el plan que definiría la cultura misma de los años ’90: la convertibilidad “uno a uno” entre el peso y el dólar. El invento del ministro Domingo Cavallo terminó de un plumazo con el trauma de la inflación y, además, elevó el nivel adquisitivo de los argentinos al de los países desarrollados.
En otras palabras, cumplió con la demanda social de hacer sentir a los argentinos parte de un país rico. Claro que muchos advertían que ese plan tenía un lado B: para empezar requería una estricta disciplina fiscal. Y, sobre todo, necesitaba cierta flexibilidad, porque las cosas marchaban bien mientras los capitales entraran, pero podrían ponerse feas si empezaban a salir.
Los primeros síntomas de problemas empezaron hacia 1995, cuando Argentina fue golpeada por la crisis en cadena del “efecto Tequila”: se evitó la devaluación, pero al costo de una gran crisis de desempleo.
Sin embargo, ese mismo año Menem fue reelecto por amplia mayoría. Ese resultado dejaba en claro que el trauma de la hiperinflación seguía fresco, que nadie quería arriesgar el "uno a uno" y que las ya abundantes denuncias por corrupción no lograban tener un correlato en las urnas.
Fue a partir de allí que la oposición se unió en una Alianza para volver al poder en 1999. Centró su estrategia en atacar la ética y la estética del menemismo, pero no tanto en cambiar el modelo económico.
En el fondo, la elección de Fernando de la Rúa implicó el deseo de unir lo mejor la etapa alfonsinista (el apego a las normas republicanas, el prestigio internacional, la ética en la gestión) pero con la parte que a todos les gustaba del menemismo : el alto nivel de consumo.
De la Rúa, ya con el modelo en fase de agotamiento y en una dependencia absoluta de los salvatajes del Fondo Monetario Internacional, no pudo cumplir ninguno de los dos mandatos. Más bien al contrario, su gestión mostró lo peor de los dos gobiernos precedentes : el desmanejo económico del alfonsinismo junto con situaciones de corrupción similares al menemismo.
El final dramático del 2001 (con sus cinco presidentes en dos semanas) significó un punto de quiebre. Una clase media furiosa por tener su dinero atrapado en el "corralito" y descubrir que el "un peso igual a un dólar" era una ficción insostenible, se unió a una clase baja que había quedado fuera del sistema, víctima de un desempleo récord, y que decidió que la forma de salir de su invisibilidad era realizar piquetes y cortes de calles y rutas en todo el país.
Los años siguientes fueron un duro golpe al orgullo nacional. No solamente significaron un recordatorio de que la Argentina no era un país rico, sino que empezaron a verse escenas nunca antes vistas: los saqueos masivos a supermercados, las calles atestadas de cartoneros, gente que comía de los restos de tachos de basura. Los niveles de delincuencia treparon a estándares latinoamericanos, lo que llevó a que la clase media alta abandonara la ostentación de los ’90 y dejara de pavonearse en sus camionetas 4x4.
La frase que quedará por siempre ligada a esos días es "Que se vayan todos". Marcaba un rechazo no sólo a un gobierno sino a un sistema que parecía vacío de representación.
Irónicamente, los argentinos, que viven obsesionados por saber qué se opina de ellos en el resto del mundo (y se frustran al ver que el país rara vez es mencionado en el hemisferio norte) vieron cumplido su sueño, pero por los peores motivos. El país batió el récord de default soberano más alto de la historia y también el del default de empresas privadas.
Como recordarán todos los lectores de El Observador, el cimbronazo argentino tuvo su correlato en Uruguay, al que contagió la inestabilidad cambiaria y del sistema bancario y empujó a la recordada crisis del 2002.
Cristina: una épica hecha de soja y «relato»
Pero, una vez más, Argentina repitió su ciclo histórico. La mega devaluación ayudó a sanear las cuentas fiscales y trajo dólares al país, el desempleo alto moderó las ansias de consumo y de viajes al exterior y, sobre todo, llegó la bendición de la soja.
Equivalente de lo que había sido la carne y el trigo a fines del siglo 19, cuando Inglaterra era el socio que construía la infraestructura del país, Argentina aprovechó el nuevo cambio internacional. Se aferró al nuevo liderazgo chino para salir del pozo y volver a crecer.
Al nuevo gobierno de los Kirchner, formado por la generación que había sido joven durante los agitados años 70, le gustaba creer que por fin había llegado al país la hora de la justicia social y la realización de las viejas utopías.
Mientras se jactaba de que la economía crecía a "tasas chinas", el país estaba lejos de invertir en los niveles en lo que lo hacen los chinos y más bien se beneficiaba de la caída internacional del dólar y del transitorio oxígeno financiero que brindaba el nuevo default soberano.
Así, sin pagar deudas y con un ingreso masivo de "sojadólares", el kirchnerismo empezó a escribir su leyenda de "inclusión social". Pero claro, es Argentina, y eso implica que tarde o temprano llega el nuevo movimiento pendular: cuando la caja fiscal empezó a flaquear se intentó forzar más la presión impositiva al campo (que ya dejaba uno de de cada tres dólares de su producción en las arcas estatales) y se produjo el recordado “conflicto del campo” que mantuvo en vilo al país durante medio año en 2008.
El kirchnerismo perdió en la votación del Congreso, pero ganó a nivel político: a partir de allí ya no necesitó pedirle prestada la militancia a los sindicatos y empezó a generar una base de apoyo propio, con participación de la juventud, los intelectuales y los nostálgicos de los ’70.
La impactante muerte de Néstor Kirchner terminó por conformar la leyenda, que Cristina hábilmente completó con lo que se dio en llamar "el relato". Convencida de que su fortaleza política consistía en fomentar una antinomia permanente entre "ellos y nosotros", exacerbó las diferencias políticas del país y le otorgó, aun a los actos de gobierno más rutinarios, un sentido de gesta épica que fascinaba a sus seguidores.
La estrategia funcionó a la perfección en 2011, cuando resultó reelecta con un contundente 54% de los votos. Pero claro, también su estrategia tenía un "lado B". Se requería un nivel de consumo alto que se hizo difícil de sostener sin resucitar el “estímulo” de la inflación. La falta de dólares obligó al odiado "cepo" que irritaba a la clase media. El congelamiento tarifario derivó en el colapso del sistema energético que todos los veranos dejaba sin luz a Buenos Aires, en una situación que era todo un símbolo del "modelo K": se batían récords de venta de equipos de aire acondicionado pero luego se le pedía a la población que no los usara, porque el sistema no aguantaba.
Pero, sobre todo, el período de Cristina dejó la contradicción de que, al mismo tiempo de los récords de consumo, se produjeron olas de saqueos masivos, toda una desmentida al discurso de la "inclusión social". En esa época se creó un millón de nuevos empleos estatales, como forma de disimular que la economía en el sector privado seguía estancada.
El eterno retorno
Aun con sus defectos, el kircnerismo dejó el poder tras 13 años con una sólida base de apoyo social. Pero su estrategia de generar antagonismos le hizo un favor a un tal Mauricio Macri, un heredero millonario de ideas liberales, que arrancó con una mala imagen por sus orígenes ligados a la "patria contratista" pero terminó conquistando a la clase media enojada.
Sus asesores lo convencieron de que el país estaba preparado para tolerar los costos de un ajuste económico como condición para la modernización, como había ocurrido en los ’90 de Menem. Pero eso sólo funcionó a medias: ni el país ni el mundo eran los mismos, y cada medida dura, como las subas de tarifas del gas, generaban olas de protestas.
La devaluación y el retorno al salvataje del FMI hicieron el resto para erosionar a un gobierno que también había elaborado su propio “relato” y no había podido cumplir su promesa de un boom de inversiones.
Es así que, para asombro del mundo, y pese a la acumulación de acusaciones de corrupción en su contra, el peronismo volvió al poder. Y, como en un loop infinito, hoy Alberto Fernández repite las mismas fórmulas probadas mil veces: el cepo cambiario, la financiación monetaria del déficit fiscal, los controles de precios, la refinanciación de una deuda siempre al borde del default, la promesa de inclusión social mientras la pobreza bate récords.
Es difícil de explicar, incluso para quienes ven el fenómeno tan de cerca, como los uruguayos, lo que significa el peronismo en Argentina. Un partido que es simultáneamente de izquierda y de derecha. Y que cuando llega al poder se transforma en su peor opositor. Pero que, sobre todo, refleja la convicción más profunda de todos los argentinos: que viven en un país rico, y por lo tanto los problemas no dependen de generar crecimiento económico sino de repartir mejor.