19 de marzo 2014 - 16:24hs

La impresión que le queda a la mayoría de los uruguayos cuando ven a Jorge Larrañaga por la televisión –más allá de los aciertos y de los errores, del acuerdo y de los acuerdos con lo que diga– es la de un hombre hosco, serio, incluso huraño.

Quienes lo conocen en la intimidad o, sin ir tan lejos, los que hablan con él cuando se apagan las cámaras de televisión, saben que el precandidato presidencial blanco es un hombre dado a las bromas, a la carcajada y al palmoteo amistoso.
Los asesores del líder de Futuro Nacional notan esa ambivalencia y le aconsejan que “se suelte” para que el Larrañaga de los medios de comunicación se parezca más al de todos los días.

Pero han tenido poco éxito en el intento. Por eso aceptaron que Mateo Gutiérrez –hijo de Héctor Gutiérrez Ruiz– filmara un documental de poco menos de media hora titulado “El hombre detrás del político”, que comenzó a ser difundido el martes a través de la web Encuentro con Larrañaga.

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En el video grabado en su chacra El Arriero a orillas del Río Negro, Larrañaga habló, entre otras cosas, de la relación con sus padres y con sus hijos, de la muerte temprana de una hermana, de sus andanzas cuando chico y de por qué lo apodan “el Guapo”.
Tuvo oportunidad de rememorar las calles de su Paysandú natal, de recordar a sus amigos, de mencionar los caballos de carrera y el hipódromo en el que se siente tan cómodo.
“Hay un Larrañaga que quizás uno tenga la culpa de que se conozca menos y que es el de todos los días. Soy una persona que paso permanentemente haciendo chistes, embromando a los demás. Uno es como es con los aciertos y errores”, dice el líder blanco casi al final del video.

No obstante, el Larrañaga del documental sigue estando más cerca del político que del ser humano cotidiano. En la entrevista, a Larrañaga le cuesta aflojarse y mira la cámara como si se trata de una entrevista más.

Apenas se entusiasma cuando habla de sus correrías tempranas por el hipódromo sanducero, de los chancletazos que le tiraban los cuidadores de los studs y de su postura defensiva con la que se ganó el apodo de “Guapo”. Pero el ceño fruncido y las palabras medidas le ganan a la espontaneidad que le conocen los que lo conocen detrás de las cámaras.
En general, los líderes políticos uruguayos no son tan distintos cuando están en el escenario y cuando se bajan de él. Tabaré Vázquez siempre mantiene ese tono calmo y medido, José Mujica siempre es desenfadado, Pedro Bordaberry es casi más de lo mismo en una entrevista que en el trato mano a mano, Jorge Batlle ironiza y se ríe en donde sea, Julio Sanguinetti no suele abandonar sus referencias cultas ni sus exagerados ademanes.

El Larrañaga de la tele se parece muy poco al del día a día. Aquel derrocha solemnidad y gestos adustos; el otro es pródigo en romper protocolos. Cada cual en su sitio y, al parecer, poco dispuestos a visitar los lugares que a cada uno le toca pisar.
En la filmación de Mateo Gutiérrez el hombre sigue escondido detrás del político y ese velo que los separa permanece intacto pese a los esfuerzos del entrevistador, de los asesores y de los documentalistas.

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