5 de julio de 2011 19:05 hs

Quizá todo empezó en un campus universitario a fines de la década de 1970. O quizá toda esta historia comenzó con un coro de vikingos falsos con pelucas rubias a lo Bjorn Borg, con cornudos cascos cantando al unísono “¡spam, spam, spam, spam!”, en un sketch cómico de los Monty Python, en 1970. O en realidad un poco más atrás, porque en los vericuetos y recovecos del significado de un término hay que rastrear los usos de las palabras como si se revisara un libro de historia del mundo y sus costumbres.

Un día como ayeeste martes, pero de 1937, la empresa de alimentos Hormel, oriunda de la pequeña ciudad de Austin, Minnesota, en Estados Unidos, lanzó al mercado una especie de paté de jamón prensado y con abundantes especias (una versión del corned beef conocido en estos lares) que bautizaron como “spam”, contracción de las palabras en inglés “spice ham” (“jamón condimentado”).

Envasado en pequeñas latas, el spam se exportó mucho a países europeos como Inglaterra, que debieron afrontar enormes racionamientos de alimentos en la posguerra. Un día sí y otro también, el spam se convirtió en el plato emblema de la clase baja inglesa porque, a pesar de tener poco gusto y de ser nutritivamente mala, era una comida barata. Generaciones de niños ingleses de las décadas de 1940 y de 1950, como los integrantes de Monty Python, crecieron comiendo spam. De allí el origen del sketch.

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Una pareja de viejos baja literalmente volando a un restaurante en Bromley atestado de vikingos, donde el menú ofrece veinte platos, todos conteniendo spam en ellos. Cada vez que escuchan esa palabra, los vikingos repiten una y otra vez “spam, spam, spam, spam”. Delirio python mediante, un historiador explica, el sketch que puede encontrarse fácilmente en Youtube, que los vikingos llegaron a Bromley en el siglo IX y desde entonces comen en ese restaurante, antes de unir su voz al coro de blondos guerreros. En un informe de la National Public Radio estadounidense, la primera persona que usó el término fue Joel Fur, actual ejecutivo de una empresa de internet. Hacia 1978, el entonces joven Fur utilizaba unos primitivos sistemas de chat en las universidades norteamericanas, donde era muy sencillo que el diálogo quedara entrecortado. En esas ocasiones, Fur, fanático de los Monty Python, escribía “spam, spam, spam”.

Con los años, Fur tendría una conexión con los niños uruguayos más fuerte de lo que podría haberse pensado, ya que fue él quien diseñó el lenguaje de programación phyton (en honor a los cómicos) que usan las computadoras XO del Plan Ceibal.

Cuando el uso del correo electrónico se hizo más frecuente, se denominó “spam” a todo aquel correo no deseado que implica algún tipo de promoción comercial.

Pero a pesar del universo de temas, el spam es como un embudo donde los emails se repiten como figuritas.

Ofertas de traspasos bancarios de gente con apellidos que recuerdan a la selección de Senegal, píldoras para adelgazar, ofertas de autos usados, datos sobre el tamaño del pene y otros desechos de la web van a parar a nuestras cuentas de correo, que poseen una sección especial para recibirlas.

Se mandan por día unos 18 mil millones de correos spam. Es que la masividad del spam es la base del negocio. En países muy poblados, si solo una persona cada 100 mil a las que se envía el spam realiza una compra, se vuelve redituable. Según la página Commtouch.com, que tiene un programa para calcular las pérdidas de una empresa por el spam, si uno demorara cinco segundos en borrar el promedio de 60 mails basura que le llegaran por día de correo spam, eso significaría una pérdida de más de 12 horas al año. Pérdida que un músico –Martín Buscaglia– capitalizó en un tema donde hizo rimar los títulos de esos insoportables correos. La canción está en su último disco y lleva el mismo nombre del jamón prensado y de otro inevitable ícono de los tiempos de internet. l

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