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Bolsonaro como pretexto

El fenómeno de Bolsonaro y los desafíos de la política uruguaya 

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10 de octubre de 2018 a las 05:01

Ya no queda espacio para el asombro. Hemos visto disgregarse el imperio soviético pero, poco después, a Vladímir Putin convertirse en virtual emperador ruso. Hemos visto a los británicos, generalmente tan racionales y ponderados, brexit mediante, darle la espalda a Europa. Hemos visto a un virtualmente ignoto Emmanuel Macron salir de lo más profundo de la tradición tecnocrática francesa para construir su propio partido y convertirse en presidente. Hemos visto al chavismo entrar en el libro Guinness de los récords por destrozar, al mismo tiempo, la economía y la democracia de Venezuela. Hemos visto a Evo Morales fortalecer la democracia boliviana para, poco después, en nombre de su pueblo, intentar convertirse en presidente para siempre. Hemos visto insólitos recorridos pendulares en las mayores democracias de las Américas. Nos asombramos, primero, con el triunfo de Barack Obama y, luego, con la irrupción de Donald Trump en EEUU. Pasamos de ver el triunfo de Lula da Silva, el obrero, a la inminente presidencia de un tal Jair Bolsonaro, el capitán.

La elección del domingo pasado, que lo depositó a un milímetro de poder instalarse en el Palacio de Planalto, deja lecciones importantes sobre la personalidad de Bolsonaro y sobre los problemas de la cultura cívica en Brasil. Arrasó un candidato que tiene un discurso autoritario, racista, primitivo. Es un discurso autoritario: todos sabemos que el nuevo líder evoca con admiración los procedimientos y el legado de los 20 años de dictadura iniciados por el golpe de Castelo Branco en 1964. Es un discurso racista: Bolsonaro no oculta su desprecio por los negros, los indígenas y los inmigrantes. Es un discurso primitivo: el futuro presidente ha hecho gala de una incapacidad asombrosa para asimilar la nueva agenda de derechos que, de todos modos, contra viento y marea, como persuasivamente ha explicado Kathryn Sikkink en su último libro, se ha venido abriendo paso en el mundo durante las últimas décadas. 

Desde luego, su triunfo dice más sobre la debilidad de la cultura política democrática brasileña que sobre el propio Bolsonaro. A fines del siglo XIX, Brasil compró el diseño institucional elaborado en EEUU por los “padres fundadores”. Pero, un poco antes, ya le había vendido su alma al mismísimo Augusto Comte.

La victoria de Bolsonaro debería, además, dejar lecciones para observadores atentos, preocupados por la salud de la democracia y el avance de los derechos humanos en otros países. La primera, la más obvia, es que no hay nada que tenga un poder más destructivo sobre la confianza de la ciudadanía en la “clase política” que la corrupción. Bolsonaro, que luce con orgullo y hasta con una sonrisa los adjetivos de autoritario, racista y primitivo, al menos por ahora, no ha podido ser acusado de corrupto. No es poca cosa en Brasil. Es perfectamente lógico que los partidos gobernantes pierdan elecciones. En eso consiste, en esencia, el juego de la democracia. Pero cuando la razón principal de la derrota del partido de gobierno y de la emergencia de un nuevo liderazgo, como en Brasil, es la corrupción generalizada, hay que estar preparados para ver el despegue de demagogos y la victoria de oposiciones irresponsables. 

Esto conduce directamente a la segunda lección, menos obvia pero tan importante como la anterior. Así como no hay buenas democracias con gobernantes corruptos, no hay buenas democracias sin oposiciones firmes y lúcidas. Bolsonaro, autoritario, racista y primitivo, aunque honesto (hasta nuevo aviso), entendió mejor que otros dirigentes de la oposición un aspecto clave, en el que me he detenido varias veces en este espacio. La política es el arte de “construir fronteras”. La política no consiste en disimular las diferencias para intentar pasar gato por liebre. La política de verdad, la que toca la fibra de la ciudadanía y, por eso mismo, la que hace que los electores se desplacen sorprendiendo a los expertos, es la que tiene el coraje de hablar fuerte sin renunciar a sus verdades. Bolsonaro lo hizo de la peor manera. Su frontera limita con el abismo moral. Es un retroceso en términos de cultura cívica. Pero ganó la elección porque construyó una frontera discursiva con el PT y el statu quo. Su desempeño, por tanto, ayuda a recordar que, en política, como en cualquier otra dimensión de la vida, termina siendo más redituable la sinceridad que la ambigüedad. 

Así como no hay buenas democracias con gobernantes corruptos, no hay buenas democracias sin oposiciones firmes y lúcidas.

Muchos se preguntan “si hay espacio para un Bolsonaro en Uruguay”. La pregunta es muy buena, porque nos ayuda a escapar de la tentación del excepcionalismo y nos obliga a pensarnos en relación con el contexto. A veces Uruguay se anticipa al mundo. Esto ha ocurrido, por ejemplo, en el plano de los derechos. Otras veces, lo que pasa en el mundo termina pasando en Uruguay. ¿Hay lugar para un discurso político simplista y primitivo? ¿Hay espacio para la demagogia entre nosotros? Temo que sí. La corrupción se ha instalado como problema en la agenda pública. La confianza en la democracia y en los líderes de los partidos viene cayendo. La tentación de buscar votos a cualquier precio existe y es fuerte. Recae sobre todos los partidos de oposición una gran responsabilidad. ¿Serán capaces de construir una frontera discursiva con el Frente Amplio sin descender al abismo moral? ¿Podrán subrayar sus diferencias con las políticas del partido de gobierno sin olvidar que, en apenas un año y medio, podría tocarles tener que gobernar? 

 

 

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