8 de junio de 2012 20:14 hs

Buenos Aires es una ciudad de extremos. Europea y tercermundista; depresiva y rozagante; intelectual y frívola. Su arquitectura no es la excepción: en la inclasificable capital argentina se yerguen cientos de edificios que conforman un paisaje ecléctico en el que conviven todo tipo de construcciones sin importar estilos, tamaños o materiales. Esa falta de planificación urbanística deja en evidencia las medianeras, las paredes laterales de los edificios que asoman cuando no tienen otro armatoste de cemento que las tape, aquellas que suelen transformarse en vitrinas de las inclemencias del tiempo y la dejadez, o que se convierten en espacios codiciados por la publicidad.

Separadas por esas medianeras, escondidas tras esas paredes, se encuentran personas que viven y sienten cosas parecidas a sus ignotos vecinos, muchos de las cuales se habrán planteado la pregunta que todos nos hacemos en algún momento de nuestras vidas y que Juan José Jusid inmortalizó en el cine: ¿Dónde estás amor de mi vida que no te puedo encontrar?

Medianeras, la ópera prima del argentino Gustavo Taretto, retoma esa búsqueda de la media naranja, pero lo hace desde una óptica local y global, en la que la ciudad y la tecnología se convierten también en protagonistas, como vectores de espacios de interacción social que devienen cada vez más, en realidad, en lugares de aislamiento individual.

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A través de las continuas voces en off de sus protagonistas, el director se permite reflexiones como las descritas en el primer párrafo, confiriéndole a su ficción momentos casi documentales que alejan a la película del típico derrotero de comedia romántica.

“¿Hay algo más descorazonador en el siglo XXI que no tener mails en la bandeja de entrada?, se pregunta Martín interpretado por Javier Drolas, un diseñador gráfico treintañero, ermitaño y adicto al Ibupirac Flex. Mariana, personificada por la actriz española Pilar López de Ayala –quien adopta el acento argentino para el papel– es una solitaria arquitecta que trabaja como vidrierista y, como él, porta fobias, tristezas y decepciones amorosas.

Sin saberlo, ambos comparten gustos, aficiones y lugares: hacen natación en el mismo gimnasio, se entusiasman con la misma canción, se emocionan hasta las lágrimas con Manhattan de Woody Allen. Se cruzan en la calle, en el ómnibus y en el kiosko. Pero no se encuentran. Aun cuando tengan la aguja del pajar frente a sus ojos, no pueden verla. Taretto metaforiza estA búsqueda recurriendo al libro de ¿Dónde está Wally?: “Si sé a quién estoy buscando y no lo puedo encontrar, ¿Cómo voy a encontrar a quien busco si no sé quién es?”, se pregunta Mariana.

La ciudad hecha personaje
La ópera prima de Taretto, que llega con más de un año de retraso a las carteleras uruguayas, es, en realidad, el resultado de un proceso de años que comenzó con el cortometraje de 2004 del mismo nombre, ganador de más de 40 premios internacionales. El film fue protagonizado también por Javier Drolas, pero el papel femenino lo interpretó la argentina Moro Anghileri, quien no pudo participar por estar embarazada durante el rodaje.

El cine de Taretto revela influencias de los mejores años de Woody Allen y homenajea al director neoyorquino usando el fragmento de la despedida entre Woody Allen y Mariel Hemingway en Manhattan. La otra gran influencia, a la que Taretto hace referencia explícita, es la de Jacques Tati, con quien Medianeras es deudora por su forma de mostrar la importancia de la arquitectura en la construcción vital de sus personajes y en su crítica a un modo de vida artificial.

Pero su cine también tiene reminiscencias de la frescura naif de Amélie, las comedias románticas de Norah Ephron, la modernidad de Michel Gondry e incluso guarda semejanzas con esa hermosa crónica de desengaño amoroso llamada 500 días con ella, en la que Joseph Gordon-Levitt interpreta, casualmente, a un arquitecto.

En Medianeras también se ve la huella publicitaria de Taretto, quien en 2007 llegó a ser director creativo de Ogilvy Argentina. El realizador muestra gran capacidad para lograr transmitir sus ideas de una forma gráfica y directa y se anima a la animación, la ilustración, a dividir la pantalla y a sincronizar música e imagen de forma efectiva. Destacan también la fotografía y una banda sonora delicada, casi floral, de perfecto ensamblaje con la cinta.

En lo actoral, es convincente el trabajo de Drolas y de Pilar López de Ayala, aun cuando la belleza de la actriz española la haga menos cotidiana a lo que su personaje requiere. A ellos se le suman una serie de papeles secundarios interpretados por Inés Efrón, Carla Peterson, Rafael Ferro, Adrián Navarro, Jorge Lanata y Alan Pauls.

En la interacción de los protagonistas con algunos de estos personajes decae un poco la película, ante lo que parece ser un compendio un tanto estereotipado: la cheta new age, el médico chanta, el compañero de trabajo insistente, la pasea perros alienada, el psicólogo que necesita terapia.

Cuenta Taretto que su primer regalo importante fue una cámara de fotos, con la cual salía a captar imágenes de los edificios porteños ante la vergüenza que le generaba fotografiar a la gente. Esta experiencia se nota y agradece en la película. El director ilustra la psique porteña a través de sus edificios, descubre la belleza y fealdad hecha de cemento y, sobre todo, logra algo poco explorado por los cineastas argentinos, a excepción, quizás, de Daniel Burman: convertir a la capital argentina en un personaje en sí mismo.

Pero seguramente el éxito de Medianeras está en lograr que ese localismo trasmute en un sentimiento global y en un retrato generacional: el de esos treintañeros profesionales, de jeans y zapatillas, encerrados en su burbuja tecnológica, pero todavía buscando a Wally.

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