19 de septiembre de 2013 19:10 hs

En 1913 Kazimir Malévich pintó Cuadrado negro sobre fondo blanco en un intento por liberar al arte del lastre de la objetividad pictórica y así destacar “la supremacía del sentimiento puro”. Un siglo después, Caetano Veloso homenajeó al pintor ruso por el centenario de su obra más importante en la presentación de su disco Abraçaço en el Teatro de Verano de Montevideo, con una escenografía en la que predominaron cuatro lienzos con figuras geométricas. La alusión a Malévich recuerda al propio Veloso: un artista de la transformación, que se resiste a repetirse a sí mismo, pero que sigue demostrando que su capacidad de generar sensaciones está intacta.

Luego de la postergación del concierto el martes por razones climáticas, el regreso del cantautor bahiano a Montevideo, tras su última presentación en el Estadio Charrúa en 2010, se produjo sobre las 21:25 horas de un miércoles frío, pero tolerable, y con el consuelo de la luna llena colgando del cielo sobre el ángulo derecho del Teatro de Verano.

Sin mediar palabra con el público, Veloso y su power trío BandaCê, formado por Pedro Sá (guitarra), Marcelo Callado (batería) y Ricardo Dias Gomes (bajo), iniciaron el concierto con A bossa nova é foda, el tema que también abre el último disco del brasileño, el 49º de su carrera y el que cierra la trilogía “rockera” que comenzó en 2004 con (2006) y continuó en 2009 con Zii e Zie (2009).

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La apertura con A bossa nova é foda, cristalizó varios aspectos del recital: la centralidad que tendrían los temas de Abraçaço en el show (interpretó todos menos Gayana) y la preponderancia del sonido que Veloso denominó transrock, que fusiona los sonidos brasileños con un rock que tiende a la repetición propia del trance.

Pero también la canción funcionó como una especie de manifiesto contra el encasillamiento, pues habla en contra del preconcepto anglosajón que ve a la bossa nova como música suave y acaramelada y reivindica a este género musical como un gesto violento, desde lo estético y lo histórico, como ha dicho Veloso a la prensa.

El público heterogéneo, compuesto por cerca de 4.000 personas más los convidados de piedra que vieron el show desde las canteras del Parque Rodó, tuvo una actitud más bien contemplativa en el recital, seguramente por una mezcla de frío (pese a la belleza del Teatro de Verano, la ocasión parecía propiciar un lugar cerrado), la limitación de movimiento de las butacas y el desconocimiento del nuevo repertorio.

Tras cantar Abraçaço, Veloso le regaló a su público el gesto de varios abrazos. “Es una maravilla para nosotros estar otra vez en Montevideo y por primera vez en este sitio, hace frío pero ya no llueve y hay una luna que es una maravilla”, dijo el cantante, quien arrancó el concierto con un sobretodo largo y se frotó las manos o las metió en el bolsillo en varias ocasiones.

“¿Quién está de cumpleaños hoy?”, preguntó a continuación y contó la anécdota de Parabéns, canción que surgió luego de que un amigo le mandara una dedicatoria de cumpleaños por mail en la que le deseaba que todo fuera “gigabueno, megabueno, terabueno”, dando inicio así a uno de los mejores momentos del concierto.

El éxtasis rockero de Veloso, que se mostró más divertido y desplegó varios pasos de baile cuando sonaba este ritmo, llegó con Homen (), canción con la cual el cantante de 71 años se acostó de espaldas en el piso.

A ello le siguió el segmento más “triste” de la noche con la sucesión de Comunista, Triste Bahia (del disco Transa) y Estou triste, uno de los temas más bellos de su último álbum. Comunista, canción que Veloso compuso en homenaje al guerrillero Carlos Marighella, logró una atmósfera notable con una iluminación roja que tiñó el escenario.

No obstante el deleite del cantante con su nuevo material, el concierto también incluyó clásicos como Eclipse Oculto, Lindeza, Escapulario, Alguém Cantando, De Noite na Cama, además de dos canciones en honor a su familia: Reconvexo, escrita para su hermana Maria Bethânia y Mãe, dedicada a su madre, quien falleció en 2012 a los 105 años.

Hacia el final sonó Você Não Entende Nada, para la complacencia del público que recién se paró a bailar recién en los últimos tramos del show, en una versión que se mezclaba con Cotidiano de Chico Buarque, como en el álbum en vivo de 1972.

Tras el clásico más celebrado de la noche, Veloso se fue y volvió con Vinco, otra de las grandes canciones de su último disco. Le siguieron los temas A luz de tieta y Outro, tras los cuales extendió su mano y se marchó junto a sus músicos sin emitir palabra.

El público se quedó esperando a que saliera, pero cuando se encendieron las luces la gente entendió que no lo haría. Había pasado casi una hora y media de concierto y hubo ganas de más canciones y de más abrazos, porque pese a la típica calidez de Veloso, el concierto pareció por momentos un poco frío.

Pero también se echaron de menos más palabras del cantante, que decidió usar su hermosa voz para cantar, pero no para conversar. “¡Cantame Capullito!”, se quejó alguien desde las plateas, pero Veloso ya había avisado que no lo encasillaran.

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