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Chavela Vargas, la mujer que nació dos veces

A ocho años de su muerte, llegó a Netflix un documental que reconstruye la historia de una de las cantantes más significativas de la música latinoamericana

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05 de agosto de 2020 a las 05:00

Chavela Vargas fue la primera mujer en ponerse un pantalón para subir al escenario a cantar rancheras. Estableció el poncho como código personal. Sin explicitarlo, fue una referente para el lesbianismo. Defendió su libertad cantándole al amor y al desgarro desde las entrañas. Tuvo cuantas amantes quiso. Fue valiente, vanguardista y apasionada. También caprichosa, brusca y alcohólica. Y tocó fondo. Pero nació otra vez.

Es que Chavela Vargas nació dos veces.

“Es más interesante para dónde vas que de dónde vienes”, sugiere a cámara una Chavela de unos setenta y pocos en 1991. Después de 12 años a la sombra del tequila y del olvido de su público, la cantante volvió al escenario. Y en ese momento, las cineastas Catherine Gund y Daresha Kyi decidieron registrarla. Ese material se convirtió después en un documental que tuvo vida propia desde 2017 y hace algunas semanas Netflix lo incorporó a su catálogo.

A ocho años de su muerte (5 de agosto de 2012), su testimonio, viejos registros fílmicos, anécdotas inéditas y las voces de quienes la conocieron reconstruyen el universo de una figura por demás compleja. También exponen sus heridas. Chavela es un viaje a las entrañas de una de las cantantes más icónicas de América Latina.

La llorona

Pelo largo. Seductora. Mirada triste. Bellísima. Los retratos de Chavela en blanco y negro también intentan hablar por ella.

No nació siendo Chavela, tampoco mexicana. María Isabel Anita Carmen de Jesús Vargas Lizano nació en Costa Rica en 1919. Pero a los 17 años se fue a esa “tierra de hombres” que le enseñó a ser quien era, según sus propias palabras. Fue así. En México Chavela debutó cantando en cabarets, se acercó al mundillo hollywoodense y tuvo sus primeros éxitos sobre la década de los cincuenta. Pero también fue ahí donde tuvo su caída más fuerte.

Después de brillar por un rato en pequeños boliches y escenarios bastante bohemios con su música ranchera, la adicción al alcohol la alejó del público a fines de los setenta. Dejaron de contratarla y su canto se apagó. Algunos incluso la dieron por muerta. “El alcoholismo es una dependencia del alma”, dice Chavela en el documental homónimo. Sin un peso, vivió años de la ayuda de algunas amistades.

Aunque siempre se mostró como una mujer furiosamente independiente, el dolor de la soledad le salía por los poros. Porque aunque quisiera esquivarlo, su pasado era el lado B de su fragilidad. Desde niña sus padres la rechazaron por comportarse de forma diferente al resto. De adulta creció creyendo que tenía que pagar el costo de sus decisiones personales. Ser libre para ella también era una condena.

En el documental, una de las dueñas del cabaret en el que Chavela tuvo la primera aparición en público después de los 12 años de silencio habla de lo conservador que era el México del siglo pasado. “La sociedad mexicana es una sociedad profundamente hipócrita. Haz lo que quieras pero que no se te note”, cuenta.

En efecto, eso también pesó en la cantante. “Si eres lesbiana estás marginada, punto. Vives en una sociedad patriarcal… Entonces, tienes que respetar, porque tú vives en una sociedad”, decía Chavela en los noventa mientras argumentaba que no podía “andar con un cartel” diciendo que sentía atracción por las mujeres. Aunque se las ingenió para gozar de su sexualidad libremente. Frida Kahlo, Ava Gardner y las novias de importantes políticos de la época fueron algunas de sus amantes.

“Sus cejas juntas eran una golondrina en pleno vuelo”. En el documental, Chavela recuerda a Frida como la protagonista de tiempos en los que fue muy feliz. Pero a esa pintora exótica que la cautivó, la dejó. Su gran amor fue Alicia Pérez Duarte, una joven abogada que conoció en 1988.

Pérez Duarte relata que para ella, Chavela siempre fue “la señora”. En el filme, la abogada construye, a través de varias anécdotas, una radiografía maravillosa de la personalidad de la cantante. Y cuenta que la amó mucho, pero que tuvieron que separarse porque el alcoholismo pudo más.

Eso sí, sobre las tablas, Chavela siempre le lloró al amor a través de canciones como La llorona o Paloma negra.

El regreso

Chavela deseaba morir en un escenario. Quizá, una de las escenas más impresionantes del documental sea la que ilustra su concierto en la Residencia de Estudiantes de Madrid. Ese día hizo un esfuerzo sobrehumano para entregarse en cuerpo y alma a su público. No murió ahí, lo hizo un mes después en México.

Con ese show, la creadora de rancheras se despidió del país que le dio una segunda oportunidad durante sus últimas décadas y que le permitió presentarse por primera vez en grandes auditorios. Y su amigo Pedro Almodóvar, responsable clave de la consagración europea de Chavela, se sentó en primera fila.

En Chavela, el director de cine –que incluyó en varias de sus películas la voz de la cantante– da testimonio de su admiración hacia ella. Fue él quien la impulsó a presentarse en España luego de su desaparición de los escenarios. También fue él quien la ayudó a cumplir uno de sus mayores sueños: cantar en el Olympia de París.

Su poncho. Su semblanza implacable. Una voz que penetra cuando canta, cuando habla, cuando calla. Con las marcas de los excesos en la piel. Con la pasión como valor irrenunciable. Y con fuerza, mucha fuerza. Casi una década después de dejar la tierra de los mortales, Chavela Vargas llegó al streaming. Parte de su historia se inmortaliza en este trabajo audiovisual y simboliza, por qué no, otro renacer.

Es que Chavela Vargas nació dos veces. O tres.

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