25 de marzo 2020 - 5:02hs

Aunque el epicentro del brote del coronavirus está en Europa y se proyecta que Estados Unidos ocupe ese fatídico lugar, América Latina, cuyos países tienen debilidades institucionales y ya enfrentaban múltiples desafíos económicos, también comienza a estar muy afectada por la enfermedad covid-19 de imprevisibles consecuencias negativas de cara al futuro.

El nuevo coronavirus avanza lento pero sin pausa desde el 23 de febrero en que se detectó el primer caso en Brasil. La semana pasada llegó a Haití, el último país en el que no se había reportado ningún caso.

Las múltiples fragilidades de nuestro subcontinente no permiten tener muchas esperanzas sobre el futuro que le depara a naciones emergentes o directamente pobres como los que forman parte de América Latina.

Si la situación es dramática en las grandes potencias o en países desarrollados, no se puede esperar menos de una de las regiones más desiguales del mundo, con instituciones débiles y sistemas sanitarios que carecen de la infraestructura y recursos humanos suficientes para dar una respuesta masiva contra un virus que puede tener un desenlace letal. A ese cuadro sombrío, podríamos sumar las dificultades que supone para un combate eficiente a un enemigo invisible, la falta de un ordenamiento territorial o la existencia de centros poblados muy dispersos en los que muchas veces está ausente el Estado.

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 La región creció a una tasa estimada de apenas 0,1% en 2019, y los últimos pronósticos de la Cepal, de diciembre pasado, que preveían un crecimiento de 1,3% para 2020 ya es ciencia ficción.

La riqueza o pobreza de las naciones no depende de la voluntad de Dios, sino que es una consecuencia directa de gobiernos de mala gestión y que manejan el Estado sin un horizonte a largo plazo.

Aunque podríamos retrotraernos más allá en el tiempo, los partidos de izquierda que llegaron al poder en América del Sur en las dos décadas anteriores, desperdiciaron una oportunidad de oro –aumento inédito de volumen y precio de las exportaciones de bienes primarios–  para llevar adelante un proyecto de desarrollo de verdad, que incluyera políticas contracíclicas de ahorro fiscal para echar mano en los períodos oscuros como el mundo sufre ahora.

En todos los países donde la izquierda llegó al gobierno, con la excepción de Chile, dejaron una situación muy precaria en las cuentas públicas que obligaron a sus sucesores a poner en marcha planes de ajuste fiscal.

Hoy los estados carecen de fortalezas presupuestarias para prestar más beneficios sociales a las familias más necesitadas. El único camino entonces es el de siempre: aumentar el abultado déficit fiscal, más endeudamiento (hoy a tasas más caras) o la trágica emisión de moneda.

Y ello cuando la economía regional recibirá cinco golpes al mismo tiempo: disminución de la actividad económica de los países compradores; caída del turismo; interrupción de las cadenas globales de valor; baja de los precios de los commodities; y mayor aversión al riego de los inversionistas.

En ese contexto, la presión por el cierre total de la economía por medidas sanitarias se convierte en un tiro de gracia para cualquiera de nuestros países. Y mucho más sin ninguna certeza sobre cuándo el mundo volverá a ver la luz al final del túnel.

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