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 El urbanismo feminista propone incluir mujeres y minorías en la planificación urbana

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Ciudades feministas: ¿cómo puede el diseño urbano ser más inclusivo con sus habitantes?

El urbanismo feminista propone ampliar las miradas sobre las ciudades y reformular el territorio para que sea más inclusivo

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11 de septiembre de 2021 a las 05:03

Antes de salir de tu casa, trazás un mapa mental: las calles más seguras, las paradas del recorrido, las veredas más accesibles. No importa cuál sea tu orientación sexual, tu edad o tus características físicas, encontraste una forma mejor –más cómoda, más segura, más tuya– de transitar la ciudad. La vivencia del espacio urbano no es igual para todos y todas, y solo vos, que experimentaste el espacio público, sabés cuáles son las barreras que te presenta.

Esto, que es tan simple y complejo a la vez, puede llegar a ser increíble: ¿qué puede haber más neutro que el espacio de todos? Sorpresa: no es tan así. El urbanismo feminista plantea que el espacio urbano no es neutro ni imparcial, sino que las desigualdades, especialmente las que tienen que ver con el género, atraviesan todos los ámbitos de la vida. Y las ciudades no son la excepción.

En Ciudad feminista; la lucha por el espacio en un mundo diseñado por hombres, Leslie Kern mapea los obstáculos que las mujeres debemos sortear para transitar una ciudad que, según indica, intenta expulsarnos.

“La ciudad está organizada para sostener y facilitar los roles de género tradicionales de los hombres, tomando las experiencias masculinas como la ‘norma’ y mostrando poca consideración por la manera en que la ciudad puede obstruir los caminos de las mujeres e ignorar su experiencia cotidiana de la vida urbana”, escribe la investigadora, y explica que a eso se refiere cuando habla de una “ciudad de hombres”. En ese sentido, es lógico que existan barreras que no vean, ya que directamente no las viven.

El “urbanismo feminista”, entendido en estos términos, está en construcción, lo que no quiere decir que sea algo nuevo. Hay una tradición de mujeres que teorizaron sobre la vida urbana y que militaron cambios concretos. Lorena Logiuratto, profesora e investigadora en el Taller Velázquez y en el Instituto de Teoría y Urbanismo de la Facultad de Arquitectura, Diseño y Urbanismo (FADU), señala que si bien se lo llama de esta manera desde la década de los 90, se lo puede rastrear prácticamente hasta mediados del siglo XIX. “En algunos casos de manera más furiosa, en otros con un espíritu más reformista, la ciudad y la arquitectura están en los discursos feministas y más tarde son entendidas como un factor de la construcción del género”, explica.

“El hilado desde la teoría feminista hacia el espacio continua revisándose, es una construcción colectiva, con contradicciones y puntos de vista diferentes que de alguna manera traen la mirada sobre la no neutralidad del espacio en la construcción de los roles de género”, dice. En este contexto, la ciudad moderna como la conocemos está en el centro de la discusión.

Es necesario, de todos modos, hacer una aclaración: el urbanismo feminista no piensa en una ciudad de mujeres para mujeres, sino en planeamientos inclusivos que representen las necesidades de todas las personas que habitan el territorio. Mujeres, hombres, niños, ancianos, personas trans, homosexuales, no binarias, con discapacidades, racializadas. La lista sigue: todos y todas.

El colectivo español Punt6, que investiga y divulga sobre la arquitectura y el diseño urbano en estos términos desde 2005, propone transitar hacia una “ciudad cuidadora” que cambie el orden de prioridades del urbanismo: “Superando la dicotomía público-privado, mediante el diseño de entornos que pongan en el centro las necesidades de una población diversa y compleja, que sean sostenibles en términos sociales y ambientales, y en los cuales las decisiones políticas y estratégicas estén en manos de sus habitantes”.

Una ciudad que construye y es construida

Hay un movimiento que tiene una agenda centrada en analizar y establecer plataformas y alternativas que puedan contribuir a lógicas de cambio social. Y el espacio urbano es una. Es un camino de ida y vuelta: producimos la ciudad y al mismo tiempo somos producidas por ella.

“El urbanismo y la arquitectura es otra tecnología de género. Cómo se organizan los espacios, cómo los usamos y cómo se nos permite usarlos", sostiene Logiuratto, que señala que se trata de pensar en las múltiples escalas de la vida de las personas con sus diferentes demandas y experiencias. Y en este contexto emerge un término clave: la interseccionalidad, trasladar las diferentes experiencias hacia reflexiones urbanas y arquitectónicas.

"Se reflexiona sobre los disciplinamientos que tenemos las mujeres a la hora de enfrentarnos a la salida a la calle. La necesidad de contar con servicios y equipamientos que no solamente alivien las tareas que se dan dentro del hogar, sino que supongan socializarlas y volverlas una obligación que no está a cargo de la parte femenina de las familias". Se trata de una serie de aspectos que terminan teniendo, según la investigadora, muchísima relación con las desigualdades de orden económico: "Los suelos, los tiempos de traslado mayores, la escasez de servicios e infraestructuras adecuadas" en ciertas zonas de la ciudad, entre otras cosas.

"Hay lugares que son particularmente hostiles. Hay cosas que pueden visibilizarse y corregirse con acciones concretas, pero hay otras más de fondo que tienen que repensarse a partir de los modos de instalación espacial", dice Logiuratto.

Ana Clara Vera es arquitecta y forma parte del colectivo Habitadas, conformado en 2018 por profesionales de la geografía, la antropología, la arquitectura y el ordenamiento territorial, la comunicación visual y la sociología, para problematizar sobre el espacio urbano desde una perspectiva feminista. "Tratamos de hablar de territorios feministas, para tratar de salir del dualismo que se genera entre lo urbano y lo rural", apunta Vera. Señala que desde esta perspectiva el feminismo incorpora territorios que han sido planificados y gestionados desde una hegemonía falsamente neutral. "Detrás hay una historia de hombres blancos en situaciones de poder", dice.

"El pensamiento feminista sobre el territorio pone eso en evidencia, en discusión y en disputa. Traza otras perspectivas y subjetividades. ¿Qué pasa con las tareas de cuidado? ¿La sostenibilidad de nuestro planeta? ¿Qué pasa con los cuerpos no normativos y las violencias?", se pregunta, y sostiene que se trata de un abordaje complejo en base al derecho de la ciudad. 

Las personas en el centro

El urbanismo tiene que estar pensado con las personas, para las personas. Esa es una de las grandes reivindicaciones del urbanismo feminista: que no se olviden de incorporar las miradas”, dice la arquitecta Alejandra Echinope. Ella sostiene, además, que los espacios públicos deberían ser lugares de encuentro. Que la calle es para habitar y para apropiarse. Para que pasen las cosas de vida comunitaria. Habla de rescatar la silla en la vereda y los niños jugando en la calle: centrar el urbanismo en las personas. “¿Por qué nos tiran para adentro de nuestras casas? ¿Por qué no podemos salir a ocupar los espacios? El activismo es eso: visibilizar un reclamo. Si lo hacemos desde nuestras casas, hay algo que no se mueve”.

Logiuratto señala, por su parte, que hay que empezar a pensar los ámbitos de la vida cotidiana de una forma menos segmentada en categorías público-privadas.

El espacio de la casa no empieza y termina en cuatro paredes, tiene un montón episodios que se dan fuera y hay que poder pensarlos de manera continua, fluida y conectada”. En este sentido, señala que las tareas de cuidado, y las distintas actividades de la vida cotidiana, deben salir hacia ámbitos colectivos. “Que no sea algo a coreografiar en el calendario del día, sino una construcción más compleja de los distintos lugares que usamos para vivir”.

Las entrevistadas explican que, por ejemplo, las mujeres usan más el transporte público y de forma más compleja. Mientras los hombres tienen una movilidad lineal, de casa al trabajo, las mujeres se mueven de forma concatenada, vinculada a las tareas de cuidados: de casa a la escuela, de ahí a la policlínica y al trabajo, y de vuelta a casa. El uso del boleto de una hora, por ejemplo, es una acción que destacan. Pensar en la infraestructura de movilidad es otro lugar de estudio. 

El urbanismo feminista propone, según Logiuratto, generar entornos mixtos, para que las cosas no solamente queden cerca, sino que incrementen el intercambio y la vitalidad de los ambientes, le den usos mas sustentables a los recursos urbanos y promuevan ambientes que permitan vínculos intergeneracionales.

La ciudad nocturna

Los pasos en la noche no son iguales. Caminar por la ciudad en soledad no es igual para un hombre que para una mujer, y es difícil que un hombre heterosexual llegue a comprender lo que se siente estar amenazada en tu propia ciudad, solo por tu género. Es una experiencia corporal. Los músculos se tensan, el paso se afirma y la respiración se intensifica. Es una experiencia emocional, es intransferible.

Escribe Kern: “Mi género es algo más amplio que mi cuerpo, pero mi cuerpo es el sitio de mi experiencia vivida, allí donde se cruzan mi identidad, mi historia y los espacios que he habitado, donde todo eso se mezcla y queda escrito en mi piel”. El acoso callejero deja rastros en el cuerpo y la memoria. La experiencia, entonces, tiene mucho que ver con los espacios que percibimos como peligrosos. 

“Las experiencias analíticas que se tienen suponen que algunas categorías que a priori se tienen como más peligrosas, no lo son necesariamente. Todo depende del ámbito. Pero los lugares solitarios, los lugares muy monótonos o con un único uso, son en general un problema. También puede haber un lugar que tiene cierto nivel de actividad que es percibido como hostil. No hay lecturas únicas. Depende del contexto concreto y de la experiencia concreta”, señala Logiuratto.

“Las mujeres, los gays, los niños, se sienten inseguros o amenazados en circunstancias variadas, entonces no hay linealidades de diseño”, aclara la investigadora, aunque por otro lado indica que hay algunas cuestiones que se repiten: que haya gente en la calle y que haya un lugar donde se pueda pedir ayuda, principalmente a otras mujeres, en general contribuyen a un minimizar la inseguridad. 

También tiene que ver la forma en la que nos educan. “No andes sola por la calle de noche”, “no uses esa ropa”, “tené cuidado con lo que hacés”. Esto es lo que Kern llama “mitos de la violación". “Estos mitos sexistas tienen el objetivo de recordarnos lo que se espera de nosotras: que limitemos nuestra libertad para caminar, para trabajar, para divertirnos, para ocupar espacios en la ciudad. El mensaje es claro: la ciudad, en verdad, no es para ustedes”, escribe.

En ese sentido, muchas trazamos un mapa mental de seguridad en nuestro entorno y vamos hacia una ciudad restringida. No es una barrera solo para las mujeres, también para las disidencias y cuerpos feminizados. El Equipo Sociología Urbana de la Facultad de Ciencias Sociales de UdelaR ha abordado las barreras más violentas que la ciudad presenta a sus habitantes. 

“Cuando nos enfocamos en la violencia, lo que vimos fue que la principal forma en el espacio público hacia mujeres y niñas es el acoso sexual callejero”, sostiene la socióloga e investigadora Valentina Torre. Sostiene que esta forma de delimitar la manera de habitar la ciudad –cómo transitar, por qué calle caminar, cómo ir vestida–estaba presente en los grupos de estudios cualitativos. El hombre casi nunca lo piensa. "La amenaza del acoso o la violencia sexual, que siempre están presentes, genera una barrera de miedo que limitan el habitar. No obstante, las mujeres adquieren su propia autonomía y recorren igual la ciudad".

En 2019 llevaron a cabo la encuesta Habitar Urbano, con mujeres entre 18 y 44 años, donde abordaron específicamente las distintas formas de acoso sexual callejero, desde las más leves hasta las más graves. En Montevideo, el 15% de las encuestadas vivieron situaciones graves: fueron tocadas o seguidas sin su consentimiento, o un hombre se masturbó frente a ellas en la calle. "El 15% parece poco, pero es muchísimo para un hecho como este", enfatiza Torre.


"Todas las mujeres que habitamos las ciudades pensamos que las estrategias son individuales, que cada una tiene 'tips' que fue construyendo, y eso lo vimos: mandar un mensaje a una amiga o fingir que se habla por teléfono, andar con auriculares, cambiar de vereda porque se entendió estratégico, estar con la llave en la mano", cuenta. Además, la socióloga señala que la población trans que vive fronteras específicas y complejas en la ciudad: "Hay una violencia muy cargada y los márgenes son muy limitados para estas personas".

"Hay cosas que pensamos que ya no existen en Montevideo, pero cuando hicimos grupos con mujeres lesbianas y hombres gays, vimos que todavía surgían hechos de violencia física concreta y muy graves, como bajar de un auto y pegarle a una persona simplemente por su identidad o orientación sexual. El espacio realmente no es neutral, hay reglas definidas que la sociedad impone de cómo hay que habitar, y genera barreras simbólicas y concretas", advierte la investigadora. 

En este sentido, Logiuratto señala que difícilmente deba haber soluciones solo a nivel público, sino que se deben romper brechas en muchos sentidos. “Hay experiencias de cómo equipar, diseñar, iluminar, conducirse, cómo tener entornos más amigables. Pero no necesariamente va a ser garantía de éxito”. Además, enfatiza en la dimensión “normativa” de ciertos espacios, y señala la necesidad de visibilizarlo: medidas de orden simbólico, como las caminatas nocturnas que han organizado colectivos feministas. “Tiene que ver con intervenir en una estructura que habilita violencias e ir rompiendo con penalizaciones, lo que te prepara para cuidarte y no te permite distraerte. Se trata de no seguir educando a más niñas que la calle es un lugar hostil”. 

Ciudad espejo

El urbanismo feminista es, según Logiuratto, para todos los que habitamos la ciudad. "Siempre han existido voces alternativas, por suerte estamos entrando en un periodo en el que, por oportunismo, porque no hay mas remedio o por convicción real, esto se toma y queda un camino gigantesco por recorrer".

En buena medida, esta discusión abre un nuevo paradigma para lo urbano, trabaja desde la preocupación de las personas y los cuerpos concretos con edades, intereses, problemáticas, discriminaciones, economías, además de que "cancela toda mirada generalista". Es una planificación de ciudad que traslada el centro al uso y el goce del espacio.

Echinope sostiene que es fundamental poder contar con otras perspectivas "que ensanchen las miradas". "Cuando encapsulás el conocimiento en un grupo cerrado, en este caso varones, quizás sin intención, estás excluyendo a la mitad de la población". 

Hay, entonces, otras ciudades posibles. ¿Cuántas? Dependerá de las miradas que aporten a su planificación. Lo que queda claro es que, de ahora en adelante, recorrer la ciudad, el barrio o la cuadra, será una experiencia mucho más crítica. 

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