9 de julio de 2014 21:22 hs

La expectativa previa se convirtió en bostezo y gestos de reprobación para el gran público de esta Copa del Mundo que esperaba del partido entre Argentina y Holanda una demostración de fútbol total y una catarata de goles como la exhibida por Alemania ante Brasil.

Sin embargo, el escenario y la coyuntura conspiraron contra el espectáculo. Porque era demasiado lo que estaba en juego, porque ni Sabella ni Van Gaal iban a querer ponerse el traje de kamikazes con un planteo por demás ambicioso y porque, salvo Holanda en el debut ante España, ninguno de los dos equipos deslumbró en el certamen.

Ocurrió lo previsible: dos planteos tácticos inteligentes, intentando primero disminuir las virtudes de su rival para luego explotar las fortalezas propias.

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El objetivo era claro. Sin embargo los dos equipos, tensionados por la instancia que se jugaba, se memorizaron la primera parte del libreto dejando al azar el segundo capítulo del guión: ese que habla de tener la pelota, crear circuitos ofensivos y lastimar la defensa rival.

Desde el inicio, Van Gaal dibujó una sistema 3-4-1-2, que se convertía en 5-4-1-1 cuando Argentina tenía la pelota, dejando como faro ofensivo a van Persie por delante de Robben. La intención fue detener a Messi, aislar del juego a Lavezzi e intentar frenar a los dos jugadores menos promocionados del rival: Pérez y Rojo.

A Holanda no le dio vergüenza poner una línea de seis hombres delante de su arquero.
Sabella, consciente de que el trío Sneijder, Robben, van Persie podía lastimar a una defensa sin pruebas de fuego reales durante el Mundial, decidió blindar la última zona, con dos líneas de cuatro bien definidas apostando a la velocidad de Lavezzi y Pérez por las bandas.

Ante semejante predisposición defensiva, encontrar espacios para generar algo distinto se volvió una utopía y se planteó un juego de paciencia.

La aplicación táctica fue la clave y, en ese juego, Mascherano sacó a relucir todos sus manuales guardiolistas de sus años en Barcelona para adaptarse perfectamente a la función de tapón.

Lucas Biglia, con menos menciones, fue igual de importante para ayudar al capitán sin cinta con los relevos a las espaldas de Rojo y Zabaleta y escalonar a Robben para marginarlo del juego.

En deuda estuvo Messi, quien nunca fue habilitado como se debe y debió bajar a recibir la pelota.

Van Gaal estaba deseando que cayera en la trampa, acostumbrado a recostarse a la derecha para intentar quebrar hacia el centro y tener remate de pierna izquierda.
El estratega holandés escalonó al diez para radiarlo, con De Jong, Blind y Martins Indi y lo logró.

Las modificaciones en Holanda le dieron manejo de pelota y terreno para decidir. Sabella optó por dos delanteros con oxígeno para los minutos finales, pero ninguno pudo romper el cero, condenatorio para los penales, donde Romero demostró no tener nada de Chiquito y se transformó en héroe.

LA FIGURA: JAVIER MASCHERANO
Un pistón incansable

Alejandro Sabella tenía claro el potencial de Holanda y por eso decidió dotar de hombres y ritmo la medular, para intentar taponear a Sneijder y, desde allí, generar el fútbol por las bandas con Pérez y Lavezzi. Defensivamente hizo un partido perfecto con Mascherano como abanderado, pero falló en la elaboración ofensiva. Messi debió bajar muchos metros y fue controlado por el tándem de marca.

EL SACRIFICADO: DIRK KUYT
Correr en función del equipo

Holanda se paró desde el inicio varios metros más atrás de lo que estaba acostumbrado en los últimos partidos. Van Gaal tuvo una premisa clave. Cortar el circuito Messi-Lavezzi e intentar explotar la velocidad de Robben y van Persie con dos lanzadores de lujo como Blind y Sneijder. Fue clave el sacrificio de De Jong para desgastar a Messi recuperándose de un desgarro. Le faltó la parte del libreto que decía "atacar".

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