12 de marzo de 2015 18:18 hs

Hace pocas semanas me enteré que en Uruguay ya hay un equipo veterinario que, en un convenio con una firma australiana, hace clonación en bovinos de carne.

Naturalmente es una excelente noticia, ya que agrega otra tecnología de punta a la ganadería y le da otra “vuelta de tuerca” a la tan preciada competitividad.

Ahora bien, pensando en la clonación –y lo que he visto en distintos países del mundo– se pueden ver dos corrientes de ideas diferentes, casi opuestas sobre esta tecnología.

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A favor, casi obviamente, la idea de reproducir un animal superior. ¿Macho? ¿Hembra? No importa: es superior. En contra, la idea de que clonar de alguna manera puede significar “ir para atrás”. ¿Por qué?

Es evidente que, en el mundo de la genética, se avanza todos los años. Basta con seguir los DEP de cualquier cabaña norteamericana de punta para ver cómo año a año superan sus propias mediciones de diferentes atributos.

Es decir, hay de facto una superación permanente en la búsqueda hacia la excelencia genética. Aunque, también es cierto, y hay que admitirlo, que la naturaleza de vez en cuando te tira de las orejas y te manda un poco para atrás (tal el caso de las condiciones genéticas indeseables que, aunque “administrables”, no dejan de ser un escollo).

Entonces, desde esta visión de superación permanente, la clonación puede verse como detenerse en ese punto, negar la superación posible.

¿Con qué me quedo? Ni con una ni con la otra. Ni todo ni nada. Vale la pena clonar individuos superiores, ninguna duda, sea por sus atributos, sea por su fenotipo, sea por su pedigree excepcional.

¿Superación? Siempre. ¿Tecnología? También.

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