1 de marzo de 2014 22:10 hs
En tiempos en que el ámbito político argentino ha determinado que una de las mayores virtudes posibles es la capacidad para “resistir un archivo”, el ministro de Economía, Axel Kicillof no solo ranquea cada vez más bajo en esa lista, sino que hasta podría ponerse como el ejemplo de la contradicción.
El anuncio sobre el pago de US$ 5.000 millones –más otros US$ 1.000 de garantía– a la española Repsol por indemnización tras la expropiación de YPF lo puso en una situación incómoda.
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A todos les vino a la memoria el énfasis con el que el ministro había desestimado los reclamos de los españoles en aquellos días de 2012 en los que el país asistía a uno de los capítulos épicos del “relato”.
Y no había terminado la conferencia cuando en las redes sociales ya habían comenzado a circular las consabidas chicanas que recordaban como Kicillof, dos años atrás, hasta había puesto en duda que Argentina tuviera que desembolsar un dólar como compensación.
La presidenta Cristina Fernández defendió ayer a rajatabla la gestión de Kiciloff en torno a la indemnización a Repsol (ver nota en página 19).
Un archivo incómodo
Pero no es, por cierto, la primera vez en que el locuaz ministro aparece tragando algún “sapo” que contradice sus principios. De hecho, la lista es larga.Incluye, por ejemplo, el estruendoso fracaso del plan Cedin, del cual fue coautor intelectual. El invento que vendría a resolver la escasez de divisas y, de paso, se convertiría en una nueva forma de ahorro consistía, de por sí, en toda una aceptación de fracaso por disuadir a los argentinos de olvidarse del dólar. Pero, como si eso solo no bastara, el Cedin nunca llegó a despegar.
Hay otros fracasos de Kicillof que son menos recordados. Como la implementación de un nuevo régimen administrativo para el sistema eléctrico, basado en una matriz de insumo y producto, en la cual el Estado determinaría la “rentabilidad razonable” que cada jugador de la cadena debería tener. Un año y medio después… la ola de apagones es por demás elocuente sobre los resultados de ese plan.
El ensañamiento del “archivo” con Kicillof no se limita a las dificultades prácticas de la gestión sino también a los principios teóricos por los cuales el ministro tiene particular devoción.
Por caso, después de haber ridiculizado las críticas a la emisión monetaria ahora está convalidando una fuerte contracción monetaria. La fuerte suba de tasas de interés no solo le ha valido que hasta los economistas “liberales” los criticaran por inducir un enfriamiento económico con medidas “monetaristas”. Lo peor es que contradice lo que él mismo dijo que jamás haría.
“La ortodoxia tiene un libro de recetas que todos los que estamos en esta sala podemos deletrear: bajar salarios, ajustar el gasto, endeudarse con el extranjero, subir la tasa de interés, devaluar fuertemente la moneda para resolver los problemas de la balanza comercial y dale que va”, afirmaba hace pocos meses.
Por cierto que, en ese momento, negaba enfáticamente la posibilidad de una devaluación, porque ello implicaría un perjuicio a los industriales que importan insumos, y además porque afectaría el salario real.
Pero una vez que la devaluación estuvo hecha, se enojó con los comerciantes que aumentaron precios, argumentando que no había vínculo alguno entre la devaluación y los precios internos.
Pero a esta altura se puede afirmar que la actitud que quedará en la memoria como su “agachada” célebre será la de Repsol.
Cambia, todo cambia
Imposible evitar la tentación de comparar la cara de póker con la que el ministro anunció el acuerdo por YPF con aquel otro gesto altivo, desafiante y pleno de entusiasmo militante del 17 de abril de 2012.
Ese día, llevando la voz cantante en el Congreso, criticó a “los tarados” que creían que el Estado debía indemnizar a esa empresa española que había “vaciado” YPF, comprometido el autoabastecimiento energético y dañado severamente el medio ambiente. Y no se privaba de palabras irónicas para Antoni Brufau, el CEO de Repsol que reclamaba un “justiprecio” por la expropiación.
Aquel discurso no fue, para Kicillof, uno más. Fue el que lo catapultó a la fama, el que lo llevó a las revistas internacionales que elogiaban su look juvenil, sus patillas rockeras, su desenfado y su camisa abierta sin corbata.
Y fue, sobre todo, el discurso que encantó a Cristina Fernández, quien luego festejó públicamente las ocurrencias de “Kichi”, como la de calificar de “papagayos” a quienes osaran afirmar que el gobierno tenía alguna responsabilidad por la crisis energética o que una expropiación de YPF traería consecuencias negativas.
La irrupción estelar de Kicillof fue lo que permitió que en el kirchnerismo se asentara la idea de que escribir la página épica de la “recuperación” de YPF podría salir casi gratis.
Es que los datos provistos por el “joven” funcionario luego de su tarea como interventor en la petrolera dejaban la conclusión de que el pasivo financiero que habían dejado los españoles como herencia ascendía a US$ 9.000 millones, más otro “pasivo ambiental” que algunos voceros oficiales llegaron a valuar en US$ 6.000 millones. En ese momento el valor de mercado de YPF era de US$ 11.000 millones.
Era esta situación lo que llevaba a Kicillof a comparar a YPF con Aerolíneas Argentinas, una empresa por la cual el Estado tuvo que pagar simbólicamente un peso, porque a pesar de que los anteriores dueños españoles reclamaban un pago de US$ 1.000 millones, el tribunal de tasaciones determinó que tenía un valor negativo.
Kicillof cierra el círculo
Pero claro, había una cuestión que, aunque en ese momento figuraba en un segundo plano, se transformaría rápidamente en la cuestión fundamental. Y no se trataba de cómo resolver el conflicto con Repsol, ni de cuál debía ser el porcentaje accionario estatal, sino algo mucho más de fondo: ¿quién pondría los US$ 30.000 millones que harían falta para explotar Vaca Muerta y torcer la tendencia decreciente de la producción petrolera?
Esa pregunta fue la que dio inicio al proceso que culminó con el espectacular “giro pragmático” de Kicillof. A los pocos días de pasada la euforia por la nacionalización, Cristina Fernández entendió que estar parada encima del segundo mayor yacimiento de shale gas del mundo no significa tener los recursos para explotarlo.
A partir de allí, la presidenta comenzó a aleccionar a sus seguidores sobre la necesidad de dejar de lado los prejuicios y amigarse con Chevron, con Exxon, con la petrolera rusa y con la china, o con cualquiera dispuesto a invertir, aun cuando los contratos supusieran condiciones que harían parecer a los “malos” de Repsol como unos benefactores de Argentina.El acuerdo que se acaba de concretar va en esta línea. A fin de cuentas, el tema más importante anunciado por el ministro no fue la cifra de la compensación, sino el hecho de que Repsol terminará con las hostilidades en los tribunales internacionales.
Esto implica que ya no habrá riesgo de embargos, juicios o complicaciones legales para quienes quieran asociarse en Vaca Muerta.
Kicillof cerró el círculo. Puede que “no resista un archivo”, pero nadie podrá ya acusarlo de inflexible o de no tener una visión pragmática. Para los amantes de las chicanas, solo resta el dato morboso de saber si será Brufau en persona quien vendrá a estrechar la mano del ministro que lo denostó en días más felices.
Pero para el gobierno, lo que queda en claro es que sigue fiel a su instinto de supervivencia. Puede llegar hasta el borde del precipicio, pero no salta. Es más, puede dar una vuelta de 180 grados, y al mismo tiempo argumentar que es por el bien del “proyecto nacional y popular”.

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