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21 de junio de 2011 22:12 hs

Alejandro Martinuccio entra saltando tres veces en su pie derecho al vestuario visitante del estadio Pacaembú (mire que hay cábalas en esas cuatro paredes que encierran tantos secretos), cuando ya sonaba la cumbia a ritmo de noche de boliche. Enseguida ingresa Edison Machín, asistente técnico, y se le desdibuja el rostro cuando levanta la vista y se encuentra con más periodistas e hinchas que jugadores en el recinto que debería ser sagrado para los jugadores y técnico. El caos domina la escena y Peñarol no sale a entrenar hasta tanto se aleje todo el mundo de la zona que es para los protagonistas. Allá, después de 20 minutos, de una decena de planes para lograr que los hinchas y los periodistas vayan a la tribuna, logran poner orden y poco después de la hora 19.05 y más tarde de lo previsto, los jugadores saltan a la cancha. En la tribuna unas 200 personas acompañan el movimiento y al grito del tablón se desarrollan los primeros minutos del movimiento. Queda confirmado que Jonathan Urretaviscaya está recuperado y que este miércoles irá al banco de suplentes, seguramente en lugar de MacEachen, pero eso lo anunciará este miércoles Diego Aguirre.

Juan Manuel Olivera fue confirmado en el equipo. Además, Luis Aguiar, con una sobrecarga muscular y que obligó a que tras el partido de ida ante Santos lo cuidaran entre algodones y concentrara solo el domingo en Los Aromos para ganar horas de recuperación, está listo. El equipo está confirmado. En la cancha de Pacaembú todo transcurre con vértigo, pero sin sensación de desesperación. Al contrario, reina la calma. Peñarol parece sentirse campeón. Los jugadores transmiten ese espíritu. Y los dirigentes están de parabienes. El lunes cerraron con 45.013 socios, confiesa Pablo Nieto, el gerente de marketing. Unos metros más adelante, también en la cancha, se acercan dos hinchas, uno de ellos con la camiseta en el hombro y le dice al periodista: “¿Vos sos de El Observador, verdad?”. Recibe una respuesta afirmativa y sigue con el mensaje. “Poné que los dos (Javier Levi y Matías Arizaga) interrumpimos el Viaje de Ciencias Económicas para ver la final. Poné que nos vinimos de Dubai hoy (ayer) y que el jueves nos vamos a El Cairo para seguir de viaje, y que hicimos 200 llamados para conseguir entradas y pedimos plata por todos lados para estar aquí, porque esto es único”, dice Javier y sigue orgulloso contando su experiencia a otros hinchas, que también tenían historias similares. A esa altura de la noche, cuando el reloj marca las 20.10, se empieza a apagar el entrenamiento. Los jugadores rematan tiros libres a Sosa y Carini. En ocasiones los fusilan, pero los goleros aguantan. Tito Goncálvez corre alrededor de la cancha, como si fuera el utilero y no un colaborador de Aguirre, acercando las pelotas que van lejos. Todos ayudan, todos hacen algo. Se termina la práctica. Ya son las 20.30 y Aguirre es el último en abandonar la cancha, junto a su hijo que empieza a crecer con la gloria de Peñarol. Se apagan las luces de Pacaembú. A las 20.52 se va el ómnibus rumbo al hotel. El estadio queda en silencio esperando que esta noche los futbolistas aurinegros regresen a buscar su gloria, la de los hinchas, la de todos los peñarolenses.

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