26 de marzo 2020 - 5:00hs

Nuestro proceso de maduración consiste en

la gradual comprensión de que mientras podamos confiar el uno en el otro,

entonces no necesitamos confiar en nada más.

Richard Rorty

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Desde su arribo, el coronavirus se empeña en poner a prueba nuestra voluntad para confrontarlo.  El desafío no es fácil: su tamaño minúsculo y la facilidad con que se propaga lo hacen más amenazante que una fiera, un terremoto o un tsunami, forzándonos a una resistencia más tenaz que el clásico “¡Sálvese quien pueda!”.

Al covid-19 no lo cura el tiempo, ni la mano de ningún dios. Por el contrario, como en la doctrina nietzscheana del eterno retorno, nos exige afirmarnos en el aquí y ahora del instante (ese “hoy fugaz, tenue y eterno” que Borges poetizó) para tomar una decisión y actuar conforme a ella. El coronavirus pone a prueba nuestro libre albedrío y, con él, a nuestra capacidad para no violentar nuestra impostergable naturaleza. Porque al humano –quizás más aun que a cualquier otro animal– no le basta con el instinto para preservarse. Nuestra supervivencia como especie pende de nuestra naturaleza social: la capacidad para generar vínculos con otros seres humanos es la condición sine qua non de nuestra pervivencia. No en vano Aristóteles pensaba que, aunque los diversos modos de organización social dependen de la voluntad humana, esto no aplica a nuestra naturaleza: lo queramos o no, somos siempre “animales sociales”.

NOEL CELIS / AFP

Pero Aristóteles vivió y pensó en una época donde el Bien común gozaba de una clara preeminencia sobre el interés individual. Para los griegos antiguos, el privilegio de la comunidad estaba fundamentado sobre una evidencia incontestable: la imposibilidad del ser humano para vivir sin la solidaridad de sus semejantes. Pero lo que era una obviedad a los ojos de los padres de nuestra cultura occidental, ha devenido una cuestión harto discutible con el progresivo afianzamiento de una concepción más liberal e individualista del ser humano. La comunidad ya no es un bien en sí; lo que prevalece hoy, en cambio, es el individuo que, a partir de su derecho a no ser coaccionado por ninguna autoridad ajena a su propia voluntad, administra su vida con el mayor grado posible -y cada vez más extensible- de autosuficiencia. A esta lógica se refiere Byung Chul Han cuando habla del exceso de positividad que aqueja a nuestra sociedad contemporánea, erigida sobre el seductor slogan del “Tú puedes”.

De este modo, no debería sorprendernos el brote de paranoia generalizada que ha desatado la llegada coronavirus. Allende a la amenaza que representa una pandemia (y frente a la cual el miedo es una respuesta previsible y necesaria), la paranoia es una señal de alarma propia de una sociedad aquejada, parafraseando a Tzvetan Todorov, por un “individualismo salvaje”.

La paranoia no se relaciona solamente con la desconfianza sino, más aún, con un modo narcisista de concebir la realidad. En su expresión social, ésta es el síntoma de una sociedad conformada por sujetos que interpretan los hechos desde una perspectiva marcadamente autorreferencial. Así, celular en mano –prendidos al trending topic en redes sociales– y sin levantar la mirada, recibimos y reenviamos la noticia de que la pandemia ha llegado, mientras arrasamos con todo el papel higiénico, alcohol en gel, barbijos y latas de conserva que estén a nuestro alcance.

Inés Guimaraens

En La peste, Albert Camus escribió que luego de un tiempo de negar la calamidad (“no durará, es demasiado estúpida”), la evidencia se torna innegable (“no es opcional como las preferencias políticas”) y la epidemia se convierte en “un asunto de todos”.  Es asombroso cuánto nos puede aportar la ficción para una mejor comprensión de la realidad. En efecto, aunque sin la paranoia exacerbada mediante (la novela fue escrita en 1947, cuando el individualismo estaba lejos de ser lo “salvaje” que es hoy), la peste es la metáfora que utiliza Camus para animar el sentimiento de fraternidad, sofocado por el insuflo de una mentalidad egocéntrica y materialista. La peste trata sobre los límites de la autosuficiencia del hombre y la importancia de la solidaridad: “Lo que me interesa es ser hombre”, afirma el personaje principal, “bien sé que el hombre es capaz de acciones grandes, pero si no es capaz de un gran sentimiento no me interesa”.

Hace unos días escuché a un virólogo refutar las predicciones de un economista respecto a la propagación del coronavirus en la población: “La biología no es una ciencia exacta”, replicó. Y tiene razón. El desafío que nos impone esta pandemia no se resuelve con modelos predictivos o fórmulas matemáticas, sino mediante la acción mancomunada, motivada por la conciencia de que el coronavirus es “un asunto de todos”.   

Y, entonces, mientras cede la paranoia, quizás podamos aprovechar esta cuarentena para acercarnos a las razones de Aristóteles, Camus y Richard Rorty. 

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