Opinión > HECHO DE LA SEMANA

Cosas que ya sabemos de estas internas

Leve giro a la derecha, Sartori recargado, la irrupción de Manini y la agenda cantada para el año próximo 

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23 de junio de 2019 a las 05:00

A una semana de las elecciones internas de los partidos políticos, hay unas cuántas certezas y unos pocos grandes enigmas. 

Primero: el tono dominante es más bien cordial, con algún rencor elegantemente encubierto, salvo la furia explícita que provoca entre los blancos la irrupción y los métodos de Juan Sartori. Lo han aislado, y eso lo libera aún más para echar el resto de cualquier forma: propaganda chabacana, cascotazos y lo que sea.

Pero sobre los demás planea en general un espíritu de cierto respeto y conciliación. 

Los competidores hablan a su feligresía, real o potencial, y también tiran por elevación contra precandidatos de otros partidos: un anticipo del gran duelo por la Presidencia que se verá entre julio y octubre-noviembre.

Pero por ahora nadie tiene ganas de romper puentes que necesitarán cruzar y recruzar el año que viene si, como parece, el nuevo presidente no cuenta con mayoría parlamentaria propia. (Ya en 2014 el Frente Amplio la obtuvo in extremis, en el tercer escrutinio). 


Segundo: también parece claro el temario sobre el que discurrirá la campaña electoral desde julio, y las urgencias a partir del 1º de marzo.

La economía se estancó, después de un largo ciclo de crecimiento, y la falta de confianza e inversión la mantendrán aplanada, con desempleo creciente. El sector privado hace su ajuste. Caen las exportaciones, las importaciones, el comercio, la construcción y el turismo. Solo aumenta el gasto público, lo que es típico en tiempo electoral, a cuenta de mañana.


Ahora y el año próximo los asuntos centrales, además del auge de la delincuencia, son la reforma de la seguridad social (incluida la caja militar), el déficit en las cuentas públicas, la creciente deuda, el estancamiento de la economía, el desempleo, la falta de inversión, la calidad de la enseñanza pública, la gestión de las empresas del Estado, y una legislación sobre ocupaciones, piquetes y otras formas de coacción.

Tercero: algunas encuestas señalan que, a mayor cantidad de votantes, mejores desempeños tendrán los candidatos “nuevos” o “desafiantes” del statu quo: Ernesto Talvi en el Partido Colorado, y Juan Sartori en el Partido Nacional (así como Daniel Martínez en el Frente Amplio, por ser un candidato ambiguo y menos rígido desde una perspectiva ideológica, y, en menor medida, Mario Bergara, más independiente y libre, que sugiere cosas interesantes). Pero si solo concurre el núcleo más convencido o militante de cada partido, los beneficiados serían los candidatos más encuadrados u “ortodoxos”: Julio Sanguinetti, Luis Lacalle Pou y Jorge Larrañaga (y Carolina Cosse y Óscar Andrade en el Frente Amplio). 

La participación en las elecciones primarias, de voto voluntario, ha caído sin pausa. En 1999, el primer año con internas obligatorias, sufragó el 53,7% de los habilitados. En 2004 solo participó el 46%, en 2009, el 44% y en 2014, el 37%.


Cuarto: La ley del péndulo. Después de tres lustros bajo gobiernos “progresistas”, el promedio de los uruguayos parece haber dado cierto pequeño giro a la derecha, según la encuesta Latinobarómetro. Sería una variante cautelosa, “a la uruguaya”, de un fenómeno latinoamericano y mundial más pronunciado: un poco de hartazgo por el palabrerío y la ineficacia de ciertas políticas “progres”. Ya no es mágico el mundo.

Tal vez una faceta de esa reacción sea la aparentemente sólida irrupción del general Guido Manini Ríos, el excomandante del Ejército. Él ingresa a los pueblos en respetables caravanas, como un pequeño emperador. Y su nuevo partido, Cabildo Abierto, marca asombrosamente bien en las encuestas. 

Parece razonable que Manini, nieto del viejo líder del Partido Colorado Riverista, crezca a costa de Sanguinetti y tal vez de Lacalle. 


Cabildo Abierto fragmenta todavía más el mapa de los partidos políticos uruguayos, aunque hay que ver si se sostiene hasta octubre. Un parlamento atomizado requerirá desde 2020 buena ingeniería de alianzas. Sería un paso más hacia la completa civilización democrática de los uruguayos. Si la izquierda gana de nuevo, deberá reducir su soberbia, que cada vez tiene menos fundamento, y aprender a conciliar con blancos, colorados y partidos menores (con la mitad de los uruguayos). Lacalle tampoco podría gobernar sin el respaldo completo del Partido Colorado, e incluso sin la colaboración de partidos menores, tejiendo, como el Che, con la linterna de Diógenes y la paciencia de Job.


Será engorroso, pero lindo de ver. 

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