13 de diciembre 2020 - 5:00hs

Querida Magdalena:

Creencias expansivas

Utiliza usted, en su última carta, el concepto relativamente en vogue de creencias limitantes. Y lo asocia a la tendencia de trazar líneas demasiado gruesas entre lo bueno y lo malo, que nos impediría apreciar la grisura enriquecedora de una ética más humana.

Las creencias no gozan de buena prensa. Se asocian, en la mentalidad más extendida, a un universo intelectual petit-bourgeois, rígido y sin matices: ¡El bien y el mal! No por casualidad se atribuye a las creencias el adjetivo “limitantes”. Claro que esto puede tener una doble lectura. En primer lugar la de señalar que nos referimos, no a todas o a cualquiera de las creencias, sino sólo a las que serían limitantes -sobreentendiendo que otras creencias no lo son. O por el contrario, la de enfatizar la naturaleza limitante, intrínsecamente hablando, de cualquier creencia. En cualquier caso, ya sea que algunas o todas lo sean, las creencias son enseñadas bajo una luz poco atractiva.

Es conveniente por eso preguntarnos qué queremos decir cuan-do hablamos de creencias. Pienso que hay aquí una cuestión previa que nos permitirá evitar algún malentendido. En efecto, creer es sobre todo un acto de la razón que asiente ante una realidad que no se le manifiesta como evidente. Y antes de seguir adelante, permítame que me detenga en el hecho, comúnmente omitido, inadvertido o ignorado, de que creer no es un acto paralelo o contrapuesto a la inteligencia, como un modo esotérico y blando, de manifestación del yo. Creer no tiene nada que ver con la astrología o el tarot. Es un acto de la razón, no su claudicación o su renuncia.

¿Ha estado usted en Teherán? Yo no. Y sin embargo, no dudo de su existencia. No podría decir que conozco Teherán como conozco el lugar de mi casa junto al Cherwell, al norte de University Parks, pero al dar por buena su existencia, y todos sus detalles adicionales, tengo de Teherán un conocimiento no ilusorio ni desdeñable. Es decir: un conocimiento cierto. Y sin embargo, si tuviera que describir el tipo de conocimiento-no-de-primera-mano que tengo de Teherán, quizás no elegiría decir “conozco”, sino otro verbo igualmente contundente: Creo. Las creencias, bajo esta nueva luz, son un respetable tipo de conocimiento, y no el equivalente a leer las hojas del té en el fondo de la taza.

Luego está el asunto del adjetivo. Lo de limitantes me suena arbi-trario. Pues la mayoría de los conocimientos que poseemos se basa en creencias -es decir, son conocimientos o experiencias de otros a las que nosotros meramente asentimos. Creemos que somos hijos de nuestros padres, creemos que Nelson murió y venció en Trafalgar, como en los antiguos mitos… Sólo una ínfima parte de nuestros contenidos intelectuales han sido obtenidos y chequeados cartesianamente por nosotros. En vasta inmensidad se fundan en los conocimientos de otros: son creencias. Pero si hay un adjetivo inadecuado para este tipo de saber es el de limitante. Por el contrario, gracias a la fe, al asentimiento de nuestra razón a realidades que ni vemos ni hemos comprobado directamente, nuestra mirada se amplía y se enriquece de un modo insospechado. En su Ensayo sobre las Libertades, Von Hayek hace por otras vías una descripción de cómo es precisamente la pequeñez del conocimiento individual (y el reconocimiento de esa pequeñez), junto a la confianza y a la fe en el conocimiento de los demás, lo que posibilita el progreso. Una civilización es precisamente un lugar en el que conocemos pocas cosas y creemos en muchas. Un lugar de creencias expansivas.

Sin embargo, si existen de verdad creencias limitantes, no creo que su abolición posibilite una ligera y divertida exploración de la grisura donde es difícil distinguir entre el bien y el mal. ¿Es ese ejercicio siquiera recomendable? Aunque Dios me librará de querer dar lecciones a otros, creo que hay que estar prevenidos contra la posibilidad de que nuestras indagaciones terminen volviéndose contra nosotros mismos; contra la posibilidad, siempre real, de terminar cayendo en aquello mismo que divertidamente escudriñábamos. Pues ya lo decía el gran Federico Guillermo: “Quien con monstruos lucha cuide de no convertirse a su vez en monstruo. Cuando miras largo tiempo al abismo, también éste mira dentro de ti”.

Entre el GACH y Teherán: ¿Cómo sabemos qué es lo correcto?

Estimada Magdalena:

Parménides lo advirtió allá por el siglo V  A.C. y, desde entonces, muchísimos filósofos han insistido en la importancia de trazar una línea –lo más gruesa posible– entre la opinión o creencia (doxa) y el conocimiento razonado (episteme).  Igualmente, hay que reconocer que la palabra “creencia” no posee un sentido unívoco. Y su carta es un fiel testimonio de ello, ya que examina dos significados bien distintos: el de las “creencias limitantes” (que condicionan o reducen) y el de las “creencias expansivas” (que amplían o dilatan) nuestra percepción de la realidad.

Concuerdo con usted en que es mucho más lo que creemos que lo que sabemos. Pero no creo que las creencias sean siempre “un acto de la razón”. Hay creencias que son claramente irracionales, como la promovida por miembros y simpatizantes de la Flat Earth Society, popularmente conocidos como “terraplanistas”.  O la revelada en un sondeo reciente llevado a cabo en Argentina, donde un 27% de la población cree que el coronavirus no existe. Más que limitantes, estas creencias son lisa y llanamente absurdas. Tan disparatadas como creer que Teherán no existe. Su irracionalidad se debe a que reniegan cínica y groseramente de lo que es obvio o empíricamente irrebatible. Porque ya no es necesario viajar al espacio, ser infectado por el covid-19, o viajar a Irán para reconocer su veracidad. Aunque no sea de primera mano, lo sabemos porque todo ello está fehacientemente comprobado.

Las creencias limitantes sobre las que reflexioné en mi última carta no referían a hechos como éstos, sino a las posturas o actitudes que adoptamos frente a ellos. Negar un hecho verificado contundentemente es, sin duda, un gesto absurdo. Pero a la hora de valorarlo y tomar una decisión, las certezas se diluyen en el mar de la incertidumbre, alumbradora de la “duda razonable”, de la cual nos alimentamos todos los amantes de la Filosofía.

Permítame ponerle un ejemplo sobre el cual he estado reflexionando estos últimos días. Está vinculado al preocupante crecimiento de la ola de contagios de coronavirus en Uruguay, que tiene a gran parte de la población a la expectativa de las decisiones que tomarán las autoridades políticas para lidiar con esta situación. Una de las estrategias (brillante, a mi entender) adoptada por el gobierno fue la de nombrar un Grupo Asesor Científico Honorario (GACH) encargado de recabar datos, analizarlos y hacer proyecciones científicamente avaladas, en base a las cuales las autoridades toman luego las decisiones que le competen. Así, por ejemplo, el GACH examina y evalúa cómo podría incidir el retorno de los niños a clase en el índice de contagios, pero no son los científicos asesores los que deciden si los niños deben permanecer confinados en sus casas o si pueden volver a la escuela (en donde muchos de ellos reciben su plato de comida diario). Allende a sus inestimables aportes, la ciencia por sí sola no puede prescribir fallos respecto a la mejor forma de lidiar con la pandemia. Porque dichas decisiones son dilucidadas sobre una base ética, centrada el sentido del “deber ser” o, más precisamente, en la pregunta ¿Cómo sabemos qué es lo correcto? Es muy poco probable que las cifras y proyecciones científicas generen mayores desacuerdos, pero los debates generados por la “duda razonable” están a la orden del día cuando se trata de elegir entre privar o no a la gente de su libertad; cerrar o no las fronteras; o priorizar la salud sobre la economía o viceversa. Y aquí es donde las creencias de quienes tienen la responsabilidad de tomar dichas decisiones pueden limitar o expandir sus perspectivas, desde las cuales evalúan las diferentes posibilidades con el objetivo de decidir cuál es la opción más correcta.

Por eso creo que, aunque para nada divertido, es necesario explorar las complejidades o grisuras que subyacen a nuestras concepciones del bien y del mal. Porque, a veces, éstas pueden no estar adecuadamente examinadas, limitando, así, la oportunidad de pensar, elegir y hacer lo que consideramos más correcto.

P.D. El “abismo” de Nietzsche amerita una reflexión, que me comprometo dedicar en mi próxima carta.

 

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