19 de octubre 2012 - 20:14hs

Renzo Rossello dio un golpe de timón y puso proa hacia el futuro de un planeta condenado por las furias. El autor de Trampa para ángeles de barro, Blues del raje y Ojos pardos dejó por una vez el género policial para debutar en el vasto terreno del futuro y de la fantasía, con una atmósfera densa y la sombra de un poder ominoso que se aferra con desesperación a la supervivencia de las castas más fuertes.

En ese futuro no muy lejano, las autoridades sanitarias encarcelan para prevenir y hasta juzgan los futuros crímenes de quien todavía no nació. Hay un edificio enfermo de depresión, hay colonias de mutantes que se resisten a ser exterminados, hay una puerta al no se sabe qué, hay acción, violencia, poesía y muy buena prosa. Y hay un personaje, un periodista sueco que piensa en español, que trata de entender, o que registra los hechos para que alguien más los entienda.

Las Furias es un libro de relatos conectados entre sí como en una novela. Tiene un aire que de alguna manera remite al que William Gibson propone en El Neuromante y algo del clima poético de Crónicas marcianas, de Ray Bradbury.

Y también es una mirada sombría a un futuro posible, a una especie de apocalipsis evolucionario, sin una catástrofe determinante sino un gradual hundimiento en el destino.
“Hacer este libro fue un experimento rarísimo”, explica Rossello en entrevista con El Observador. “Yo no escribía de ese modo sino a golpe de un impulso. Trampa para ángeles de barro es una cosa que encontré tirada en la calle. La historia estaba ahí. Acá el abordaje es distinto”.

Ahora la historia está en el futuro, en el devenir de una corriente que Rossello observa con preocupación creciente: “Políticas catastróficas que los países centrales aplican para evitar desastres. Se eliminan cada vez más libertades para preservar la seguridad y la salud. Empiezan a ser cotidianas escenas como ese escáner integral que te hacen en los aeropuertos, una experiencia bastante desagradable”.

Experiencias que en Las Furias se extreman a un mundo en que una enfermedad se parece cada vez más a un delito y en el que una predisposición genética puede ser punible con la eliminación del feto. Un mundo en el que la tecnología, hija de la ciencia, se independiza y olvida a su progenitora para volverse un fin en sí misma, que crea un ambiente cada vez más confortable para una casta cada vez más aislada.

“Daría la impresión de que este principio de siglo tiene un arranque plagado de conflictos y la percepción de la realidad está como astillada, llena de cristales rotos”, dice el autor de Las Furias.

Profesiones

Renzo Rossello es periodista, pero no un escritor que colabora con ensayos de literatura o filosofía para suplementos o publicaciones especializadas sino un periodista de trinchera, que trabajó en La República, El Observador y desde hace una década larga está en El País, cubriendo información policial y de actualidad en general.

“Yo descubrí desde muy joven que me gustaba escribir. Escribir ficción. Y hubo un momento en que dije: voy a hacer periodismo. Periodismo de diario: la infantería. Es como a mí me gusta. Los que salimos a la calle, esperamos durante horas, nos empapamos, golpeamos puertas, hablamos con unos, con otros, nos destratan, nos adulan. A mí me gusta eso. Yo llegué a esto buscando material para escribir ficción”.

Esa etapa de periodismo como trabajo de campo ya pasó. “Ya pasé el límite. Ahora por suerte me siento más en libertad de que el inconsciente tome lo que necesite. La escritura de ficción es una actividad bastante inconsciente. Es muy difícil controlar el material”.
Sin embargo, el periodismo sigue teniendo su influencia en la literatura de Rossello. En lugar de liberarse de la pretensión de objetividad para dejar fluir un estilo confesional en sus escritos personales, mantiene esa separación del yo y describe acción y diálogo, más que pensamiento e ideas.

El estilo tiene mucho de cinematográfico, tanto que por momentos se lee como un guión. “Eso es parte de todo lo que escribo. Yo visualizo. Lo que escribo, primero lo veo. Yo narro más imágenes que ideas. Porque el periodismo te obliga a narrar los hechos, lo que las personas hacen o dicen. Manejar ideas está bien para los filósofos, pero los escritores de ficción tienen que contar. A mí me parece que el mal de la literatura más reciente es ese, que se cuenta cada vez menos. Se está perdiendo el hábito de contar”.

Rossello no solo no perdió ese hábito sino que se impuso condiciones que dejaron la historia al descubierto, sin recubrirla con color local ni imponer a un personaje que fuera un álter ego suyo más o menos disfrazado: “Quise reducir al mínimo los coloquialismos y decidí poner ciertas vallas para lograr un sentimiento de extrañamiento, trasmitírselo al lector”.
Hace lo propio con los nombres de los personajes y sus biografías: todo es parte de un mundo que hay que empezar a conocer en la lectura del libro, a investigar parecidos y diferencias con el del lector.

También hay un despliegue técnico más desenfadado que en su producción anterior: “Me sentí con libertad de usar todos los métodos, las técnicas que necesitara lo que quería contar y dejar que se reflejaran en el texto mis influencias, los autores que más me gustan”.
El resultado es deslumbrante y por momentos conmovedor. Hay personajes de una épica irresistible, como Antón, y relatos poéticos y sorprendentes, como “El hundimiento del edificio Excelsior”. Pero sobre todo hay un universo fascinante, y la experiencia de explorarlo vale la pena.

El libro, editado por Estuario, salió a la venta en la Feria del Libro y está en librerías a $ 330.
Es muy aventurado augurar qué resultado tendrá con los lectores pero cuenta con todos los elementos como para volverse un objeto de culto, por lo cual se recomienda cuidar los ejemplares de la primera edición.

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