14 de octubre de 2011 20:49 hs

La idea de una plataforma espacial permanentemente tripulada fue sugerida en 1984 por el entonces presidente estadounidense Ronald Reagan. El desafío tecnológico y la enorme inversión económica que implicaba demoraron el proyecto durante más de una década. Recién en 1998, con la asistencia financiera y tecnológica de Rusia, Japón, Canadá y numerosos países europeos, se comenzó la construcción de la Estación Espacial Internacional (ISS, por sus siglas en inglés).

La estructura de casi 150 metros compuesta por numerosos módulos, paneles solares y laboratorios fue terminada hace poco más de un año cuando se anexó el último segmento.
Este gigante de los cielos fue diseñado para realizar investigación científica en condiciones de ausencia de gravedad y como puerto de escala para los viajes que llevarían al ser humano nuevamente a la Luna (como el proyecto Constellation, clausurado por la administración Obama por falta de fondos).

Tras el retiro de la flota Shuttle, las compañías Boeing y Lockheed Martin trabajan actualmente en el diseño de las naves que utilizará la NASA para llevar astronautas nuevamente a la ISS, tarea que hoy realizan solo los vehículos Soyuz de Rusia.

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Un ambiente hostil

Al igual que todo artefacto diseñado por el hombre, este primer hábitat humano en el cosmos tiene los días contados. La agencia del espacio estimó para la ISS un tiempo de vida útil de aproximadamente 30 años. Es que las condiciones físicas a las que está sometida la estación son extremadamente hostiles.

La tripulación a bordo contempla un amanecer y un ocaso cada 90 minutos, tiempo que tarda en completar cada órbita. Sin embargo, aunque el espectáculo pueda resultar fascinante, la estructura está expuesta a cambios abruptos de temperatura y radiación, condiciones que producen un constante y acentuado estrés de los materiales.

A todo ello se le debe agregar el permanente bombardeo de las partículas de alta energía emitidas por el Sol, los rayos cósmicos y los peligrosos micrometeoritos.
Pero el problema central no reside en el desgaste de la estructura, sino en la pérdida progresiva de altitud.

Para construir la estación se utilizaron principalmente las naves de la flota Shuttle cuya altura operativa era de 400 kilómetros. Al encontrarse en una órbita baja, la ISS describe una trayectoria “espiralada”: las escasísimas moléculas de aire que existen en los limites de la termosfera (región en la que se desplaza la plataforma) la van desacelerando poco a poco y acercándola cada vez más a la superficie terrestre.

El impacto
¿Se puede evitar el impacto de la ISS con la Tierra? Definitivamente no. Debido a la órbita en la que se encuentra, la estación se desplomará. Uno de los problemas que enfrentan cotidianamente los técnicos de la NASA y de todas las agencias espaciales es la incapacidad para controlar el reingreso atmosférico de vehículos en desuso, comúnmente conocidos como chatarra espacial. Por citar un ejemplo, hace unos días el satélite UARS impactó contra la Tierra, sin resultar nadie herido.

Tampoco se puede predecir con certeza absoluta el lugar del planeta en el que va a caer y si se desintegrará o no en la atmósfera.Otro de los grandes problemas consiste en el volumen del artefacto espacial, ya que cuanto mayor sea el tamaño, el daño que puede ocasionar es también mayor.

Debido a las dimensiones de la ISS y a la energía (velocidad) que adquiriría durante la caída, el impacto contra la Tierra sería potencialmente catastrófico.En diálogo con El Observador, el astrónomo Julio Ángel Fernández, ex decano de la Facultad de Ciencias de la Universidoaba que “cuando ese momento se acerque, una de las cosas que podría hacer la NASA sería demorar la caída. Se podrían utilizar pequeños cohetes para subir la estación hasta una órbita más alta. Sin embargo ese plan tan sólo postergaría algo que es inevitable”.

Separar la estación en sus diferentes módulos poco antes del momento crucial para evitar el daño que podría causar el impacto de los 150 metros de estructura, podría ser aún más peligroso.

Fernández sostuvo que “los diversos componentes se dispersarían y el área de la Tierra expuesta al bombardeo sería mucho mayor. Quizás una alternativa razonable consistiría en controlar de alguna forma el reingreso de la estación en la atmósfera para hacerla caer en el mar”.

Todavía faltan muchos años para que se produzca el colapso del “gigante de los cielos”, pero debido a la envergadura e implicancias de la operación, científicos y técnicos de las diferentes naciones involucradas en el proyecto, desde ahora deberían comenzar a tomarse medidas para evitar consecuencias potencialmente muy graves para los seres humanos.


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