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4 de agosto de 2018 5:00 hs

"De la Peña, De la Peña, De la Peña, de volea, de volea, de volea". La estruendosa voz, magnífica, de Víctor Hugo Morales, estalló en todos los aparatos radiales aquella noche con un Centenario lleno de barro. Ese golazo de Eduardo De la Peña contra Olimpia de Paraguay en el ángulo superior izquierdo del arco de la Ámsterdam que defendía el uruguayo Ever Hugo Almeida y que parecía inexpugnable, le dio la el aire necesario a Nacional para seguir en carrera y alcanzar, luego de vencer a O'Higgins, la final de la Copa Libertadores de 1980.

Eran épocas en las que aún el hincha tricolor sacaba los pañuelos para celebrar, como dice uno de sus principales temas históricos.

La noche de la final, el partido fue transmitido por televisión abierta, algo que no era para nada usual en aquella época.

Fue uno de los recibimientos más grandes que hubo en la historia del Estadio Centenario. Miles de cohetes y pirotecnia de todo tipo empezaron a calentar aquella fría noche del 6 de agosto en un campo de juego fangoso.

Rosa Luna, como siempre, lo vio desde la platea América. No faltaba nunca.

Aquel era un equipo increíble desde todo punto de vista.

Como contó hace algunos meses el profesor Esteban Gesto a Referí, primero que al técnico, el presidente Dante Iocco lo contrató a él. Luego sí fueron por Juan Martín Mugica.

La jugada preparada para el gol, desestabilizó a toda la defensa de Internacional. En aquel recordado tiro libre al borde del área de la Ámsterdam –sí, otra vez aquel arco se hacía amigo del bolso–, Cascarilla Morales tocó corto para José Hermes Moreira. Este metió el centro al segundo palo y Waldemar Victorino no perdonó de cabeza.

Las notables atajadas de Rodolfo Rodríguez ante jugadores espectaculares como Falcao y Mário Sérgio, fallecido hace casi dos años cuando trabajaba como periodista en el accidente del avión de Chapecoense, las subidas y el tesón de Chico Moreira, la zaga de Blanco y Hugo De León, la capitanía de Víctor Espárrago –a quien antes que a Mugica, aquel año le habían pedido si no quería ser el técnico y desistió–, el ida y vuelta de De la Peña, los tremendos misiles de Arsenio Luzardo, los desbordes de Bica y Morales, la figura eterna de Victorino. Todo eso llevó al premio final. Pero a ellos habría que agregarle la desfachatez de un botija como Dardo Pérez quien anotó el gol de la victoria ante Olimpia en Asunción. Ese mismo equipo que era hasta allí, el campeón de América.

Allí se sembró la semilla que germinaría en enero de 1981 ganando la Copa Intercontinental en Tokio, cuando se jugó por primera vez, contra Nottingham Forest. A pedido de Gesto, Nacional viajó 10 días antes. Los ingleses llegaron el día anterior. Hasta en eso se ganaba en aquella época. Se planificaba mejor.

Este lunes, Nacional celebra un año más de aquella noche de gloria. Aquel fue un equipazo inolvidable que hizo disfrutar a su gente.

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