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Cuándo Qatar se volvió un país rico y que no acepta la diversidad sexual

La Copa del Mundo nunca se hubiera jugado en Qatar, si no fuera por las inmensas explotaciones de combustibles fósiles que lo convirtieron en territorio de altos ingresos

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21 de noviembre de 2022 a las 05:00

Qatar es uno de los países más urbanizados del mundo y también uno de los más ricos si se lo mide por el ingreso por habitante. En efecto, el 99% de su población vive en una ciudad, Doha, con una arquitectura futurista y comodidades que no pueden ostentar las de países con más tradición, pese a estar en un desierto y sufrir en verano temperaturas elevadísimas.

Por otra parte, sus apenas más de 2.600.000 habitantes están gobernados por una monarquía absolutista y están entre las cuatro naciones con mayor ingreso per cápita. Las otras tres son Macao, “Las Vegas” de China, una pequeña isla donde los chinos van a los casinos, cosa que no pueden hacer en su país; Luxemburgo, un ducado convertido en una plaza financiera opaca, un refugio fiscal; y Singapur, uno de los “tigres asiáticos”, que combina, alto desarrollo tecnológico, refinerías de petróleo y banca financiera.

Si de anomalías se trata, cabe agregar que Qatar es el país más pequeño de todos los que han sido anfitriones del torneo. Tiene apenas 160 kilómetros de norte a sur y unos 80 de este a oeste. Limita con el mar y la única frontera terrestre es desértica y es con Arabia Saudita.

Qatar vive un derroche de riquezas que sus ancestros beduinos jamás hubieran podido imaginar. Hasta el siglo XIX, había tribus nómadas, pescadores y buscadores de perlas. Además, por su geografía desértica y sus costumbres ancestrales patriarcales, hay tres hombres por cada mujer. Y el 25% de la población femenina debe regirse por una estricta legislación que no les confiere los mismos derechos que a los hombres.

En 1867, una guerra civil dejó a la ciudad de Doha prácticamente destruida. El Reino Unido de Gran Bretaña, que ya estaba extendido en otras regiones de Arabia puso su mirada en Qatar.

Hasta entonces, los británicos veían a Qatar como una dependencia de Bahréin. Un tratado logrado bajo la atenta mirada inglesa, permitió que un año después ese territorio fuera reconocido como independiente. El gobierno quedó bajo una familia. Comenzó la era de la dinastía Thani, que debía balancear sus pequeños recursos entre el Imperio Otomano y la Corona Británica. Doha era un puerto para sus flotas mercantes y también los navíos de guerra.

Tras la primera guerra mundial (1914-1918), los otomanos perdieron influencia tras su derrota. Los británicos, en cambio, ganaban junto a Francia ese conflicto que tuvo epicentro en el continente europeo. Qatar quedó bajo influencia británica con una gran ventaja: ya se habían descubierto los ingentes recursos hidrocarburíferos de Qatar.

La guerra no permitió que el petróleo se explotara hasta una década después. La primera concesión fue otorgada a la empresa Iraq Petroleum Company (IPC) que pese a su nombre no era una empresa iraquí sino un grupo de compañías europeas y estadounidenses.

Los ingresos petroleros provocaron conflictos internos y la dinastía Al Thani sufrió las consecuencias. En 1969 asumió la monarquía el último Abdullah ben Nasser Al Thani, quien gobernó hasta 2020 y adjudicó a favor del actual mandatario, Khalid bin Khalifa bin Abdul Aziz Al Thani

En la década de 1970 todas las concesiones petroleras fueron nacionalizadas, pero con la explotación de varias empresas privadas. De allí que convivan familias nativas muy ricas con filiales de compañías europeas y norteamericanas que obtienen muy grandes ganancias.

El 3 de septiembre de 1971, Qatar declaró su independencia de Gran Bretaña, de una manera pactada, con una legislación que da amplias garantías a las empresas extranjeras.

La gran riqueza qatarí no es el petróleo sino el gas natural. Sus yacimientos encabezan la lista de los países gasíferos. El gas natural comenzó a explotarse en gran escala en los noventa y en los primeros años del siglo XXI Qatar saltó a los países con PIB por habitante más altos del mundo.

De tradición nómada y pescadora, la población nativa no estaba en condiciones de convertirse en trabajadores industriales y mucho menos erigir los edificios monumentales de Doha. Además, el Estado monárquico le da a los qataríes cierto grado de prosperidad aunque no formen parte de las familias ricas.

Los trabajadores temporarios de India, Nepal, Bangladesh y Filipinas se convirtieron en la mano de obra asalariada sin derechos laborales de Qatar. En la actualidad, solo el 15% de habitantes son qataríes de origen. El resto lograron ciudadanía o permiso de trabajo.

El trato recibido por los estos trabajadores durante la construcción de toda la infraestructura mundialista, incluyendo siete de los ocho estadios de fútbol, un nuevo aeropuerto y un nuevo sistema de metro, fue denunciado cuando comenzaron a erigirse las obras. Es decir, cuando a fines de 2010, el proyecto presentado por ese país ante la FIFA, ya tenían un diseño competitivo, de otro modo no hubieran logrado ser elegidos. No obstante, los directivos de la federación mundial de fútbol quedaron bajo la lupa de haberse volcado por un país con tan pocas condiciones materiales y culturales para el mayor acontecimiento deportivo mundial.

En efecto, no bien comenzaron los trabajos, tanto la prensa como los defensores de derechos humanos empezaron a registrar anomalías, desde malos tratos hasta muertes por calor y agotamiento.

La monarquía reformó, en parte, la legislación laboral.  La Federación de Fútbol Internacional (FIFA) subrayó esos cambios: "En los últimos años se ha aplicado una amplia gama de medidas para mejorar la protección de los trabajadores en Qatar, y estos avances se han producido en gran medida como consecuencia de la celebración de la Copa del Mundo en el país".

Sin embargo, la FIFA no resulta creíble para muchos. Por caso, Amnistía Internacional no comparte esa visión. Afirmó que "los abusos contra los derechos humanos persisten hoy en día a una escala significativa".

Otras críticas que enfrenta Qatar antes de la celebración de la Copa del Mundo es su persecución a los homosexuales. Los organizadores dicen que "todos estarán bienvenidos", cosa que no comparten los colectivos LGBTIQ+.

Human Rights Watch afirma que las fuerzas de seguridad qataríes siguen deteniendo a homosexuales y transexuales, obligándoles en ocasiones a someterse a las llamadas terapias de conversión que son un sometimiento para que las personas renuncien a sus deseos y sus identidades. El Islam es la religión oficial y tanto la mayoría sunitas como una pequeña minoría chiita comparten la mirada sobre las diversidades sexuales, condenándolas.

En ese sentido, cabe subrayar que Qatar se occidentalizó en la arquitectura, en los gustos de consumo, en el deseo de ser parte de festivales artísticos y hasta del mundial de fútbol. Sin embargo, la mirada patriarcal y machista no fue parte de los cambios culturales de ese pequeño país autoritario.

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