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De 25 watts a El cambista: las caras de Daniel Hendler, un actor entre dos orillas

Ante el estreno de su última película, "Así habló el cambista", el intérprete uruguayo repasa los hitos de su carrera y los desafíos de actuar en la industria hoy

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14 de septiembre de 2019 a las 05:02

No lo parece, pero esto también es Buenos Aires. En estos barrios residenciales de calles sin autos y jardines de catálogo no hay bocinazos, multitudes amontonadas en las esquinas, piquetes, volquetas revueltas, taxis pasados de rosca, edificios que tapan el sol y esa claustrofobia automática que genera una urbe que está pegada al río y aún así le da la espalda. Pero sigue siendo la misma ciudad. Y en esta zona que está lejos del centro neurálgico de la capital argentina la tranquilidad es rutinaria y hasta aburrida, y es la misma que pueden tener Malvín o Punta Carretas un miércoles a las 2 de la tarde. Porque de hecho es miércoles y son las 2 de la tarde.

Él dijo que esperaba en un café, y en el café espera. El local está en la esquina de una de las avenidas de la localidad de Martínez, frente a un edificio de vidrio que dice Telefé. Adentro las mesas están llenas, los mozos ocupados y Daniel Hendler está sentado en un sillón de dos cuerpos con una laptop abierta en la falda y un cortado en taza blanca. Es el único que no está acompañado y que no está conversando a los gritos, pero no parece darle demasiada importancia a la soledad. En realidad, da la impresión de que la disfruta. Unos cuarenta minutos antes había avisado en un audio de Whatsapp que estaba pronto para hablar, que esperaba con el café servido y que el rodaje no se reactivaba hasta las 4.

Cuando llega el momento, guarda la laptop en una mochila y se acomoda. El blues de los parlantes del café obliga al actor uruguayo de 43 años a elevar la voz, lo saca de su manso registro habitual y lo inquieta. A lo largo de la conversación bajará la guardia y se permitirá reír, a veces incluso con estridencia, pero al comienzo los escudos están arriba y el estado es, quizás no de alerta, pero sí de atención marcada. De ojos abiertos y respuestas sopesadas.

La primera pregunta es de cajón, y de cajón él la contesta: “Estoy filmando un papel satelital en una serie de Telefé, Pequeña Victoria, que es la historia de cuatro mujeres que tienen una hija en común”. La ficción, que ya se está anunciando para estas semanas en el Canal 4 uruguayo, es lo que trae físicamente a Hendler y a esta entrevista hasta Martínez, la que lo hace ir todos los días desde Caballito –donde vive– hasta allí. Sin embargo, esta reunión va detrás de otro objetivo; lo que enseguida ocupa sus respuestas es Así habló el cambista, la última película del director uruguayo Federico Veiroj y la apuesta del cine nacional para el segundo semestre del año. Es una pequeña superproducción en la que Hendler, sabueso de las buenas historias y siempre interesado en mantener su pata uruguaya a flote, se calza el traje de tres piezas y una incómoda prótesis dental para retratar el acenso y la caída de un personaje hilarante, torpe y bastante oscuro.

El origen de todos los males

Su nombre andaba a la vuelta. Cercano a Veiroj desde la época de 25 watts, Hendler estuvo involucrado en el proyecto de El cambista –así lo nombra él– desde el principio, y la posibilidad de ponerse en la piel del protagonista siempre estuvo latente. Basada en un libro de Juan Gruber publicado en 1979, Así habló el cambista retrata la carrera de un banquero que se dedica a cambiar y transportar dinero en medio de la dictadura uruguaya, una historia que se aleja en estructura y estilo a lo que Veiroj –director de La vida útil, El apóstata y la reciente Belmonte nos tiene acostumbrados.

Brause, un cambista que se define a sí mismo como “el origen de todos los males”, es el que narra esta historia llena de cuestionamientos a la ética, personajes miserables, humor absurdo, gobiernos de facto que se inmiscuyen en la economía regional y un antihéroe que, a través de las décadas, genera empatía, pena y, a veces, unas ganas desesperadas de verlo caer en el abismo del fracaso. Con incisivos prominentes y canas que se prolongan a medida que la película avanza, Hendler se sumerge en un papel que lo pone de nuevo como rostro del cine uruguayo de primera línea y que, entre otras cosas, lo llevará en los próximos días a competir en la selección oficial de los festivales de Toronto, Nueva York y San Sebastián.

“Para Uruguay es una pequeña superproducción. Se puso mucho en juego para reconstruir la época, la producción puso mucho amor, porque tampoco es que contáramos con gran presupuesto. Se cuidaron detalles que hacen que El cambista sea una experiencia, además de cinematográfica, personal para los montevideanos que vean esas imágenes de la ciudad”.

Lo que dice es cierto; una de las cosas que más sorprenden de Así habló el cambista es el cuidado que tiene a la hora de recrear el momento histórico. No hay un vestuario mal elegido, un auto que no se ajuste a ese tiempo, ningún modismo actual que haga ruido. El guion, firmado por Veiroj y su colaborador Arauco Hernández –que también se encarga de la fotografía–, tampoco deja demasiadas fisuras y se inmiscuye en temas tan universales como el precio de la ambición y las consecuencias de la avaricia desmedida, elementos que seguramente terminaron por inclinar la balanza para que la película, entre otras cosas, haya calificado para competir cabeza a cabeza con la última producción de Martin Scorsese en Nueva York.

“Cuando las películas se hacen de manera seria, sin una fórmula y o sin apuntar a ser el producto de una especulación concreta, se logran resultados particulares. Y creo que eso pasó; esta es una obra particular y muy propia de Federico y de Arauco. Tiene una impronta muy honesta y una búsqueda personal que no tiene fronteras ni tamaños. Probablemente sea la película más chica dentro del festival de Nueva York, pero ahí está”.

Y ahí está, en efecto, entre grandes nombres del cine y producciones gigantescas. Así habló el cambista hace lugar a su póster en las carteleras del mundo y desde él mira Hendler, con un bombín y un gran bigote, flanqueado por la argentina Dolores Fonzi y Benjamín Vicuña, sus compañeros de elenco. Con críticas favorables en todas las proyecciones mundiales a las que se presentó, la confianza en la película está; será la elegida por Uruguay para representar al país en los Oscar –a salas locales llegará el 26 de setiembre– y buscará dejar bien parado al cine nacional en su paso por el exterior. Pero aunque los ecos orientales en el exterior siempre vienen aparejados de cierta sorpresa local, el eventual éxito no agarraría a Hendler desprevenido; él ya sabe lo que es triunfar fuera de fronteras con una producción local. Lo sabe desde 2001.

Generación dorada

Llega la segunda tanda de café. La pregunta está latente, porque conectarlo es inevitable; ver, escuchar, y estar frente a Hendler es, de alguna manera, ver, escuchar y estar frente al Leche, su personaje en 25 watts. Porque es así, y no hay vuelta. Y uno imaginaría que después de casi veinte años del estreno de la película que marcó al cine nacional y retrató a una generación, y después de repasarla hasta el cansancio en decenas de entrevistas pasadas, él desistiría de volver a ella una vez más. Que preferiría hacer un breve comentario al pasar y encarar, mejor, lo que vino después o lo que está pasando ahora con su carrera. Pero no. Habla, y con gusto. Aparecen las sonrisas. Y queda muy claro que la película no fue una más.

¿Cómo recuerda hoy, a casi veinte años, aquel rodaje y el grupo?

Fue una aventura generacional. Y hay que hablar de la suerte que tuvimos, porque en esa época uno podía hacer una película como 25 watts y llegar a festivales que todavía no estaban tan tomados por los mercados de exhibición y distribución. Hoy sería muy difícil que una película nacida en un país recóndito, con tan bajo presupuesto y tan por fuera de las leyes del mercado y de las fórmulas narrativas logre el lugar privilegiado que consiguió 25 watts. Abrió mercados y permitió que se pudieran seguir haciendo cosas, nosotros y otros cineastas uruguayos. Yo espero estar a la altura del rol que me correspondería, que es el de ser igual de generoso de lo que todos fueron conmigo en ese momento. Aprendí mucho de Juan (Pablo Rebella) y Pablo (Stoll), que si bien eran mis compañeros y amigos y cada uno aportaba, fueron referentes y maestros.

25 watts

Cuando Hendler recuerda la película, la palabra que más se repite es “oportunidad”. Él sabe que aquella producción llegó y pegó en el momento justo, y que si hoy tiene un legado, es fruto de múltiples factores. “Está bueno saber reconocer las oportunidades que tuvimos y no creer que fue solo producto de un mérito nuestro. Muchas cosas se dieron a favor. Hoy el campo es mucho más hostil con el cine independiente”.  

Los paranoicos

Hace más de 25 años que Hendler puede decir formalmente que es actor, pero la necesidad de exteriorizarlo está desde antes. El primer indicio está en un mimo callejero colombiano, que vio un día de niño en el centro de Montevideo y lo hipnotizó; después llegó el teatro, donde conoció sus primeros amores escénicos. Roberto Jones se convirtió en una figura a seguir y de repente, gracias a un papel sorpresivo que le llegó a las manos, se vio trabajando codo a codo con él. “Es muy difícil detectar el momento puntual en el que me convertí en actor, porque la vida no tiene esos puntos de giros que tienen las películas en las que al personaje en el minuto veinte le pasa tal suceso que lo transforma para siempre, o al menos para el resto de la película. Pero quizás fue ese debut en Rompiendo códigos con Roberto, sí”, recuerda.

Así habló el cambista

Después de eso vendría la pantalla grande, 25 watts, y una carrera que creció de manera paulatina y constante. Ficciones de este lado del charco y del otro, series, nuevas películas, el debut como director –Norberto apenas tarde, en 2010–, su segunda película tras las cámaras –El candidato– y entre todo eso y partiendo un poco su vida al medio, la mudanza: Hendler se instaló en Buenos Aires en 2005. Y aunque de eso ya pasó mucho tiempo, él asegura que sigue teniendo un pie puesto en cada orilla. “Uno termina encontrando estructuras endogámicas en todas partes, pero es más fácil perderse acá y eso es lo que tengo que reconocer que me gusta de Buenos Aires. Pero en realidad, siempre estoy idealizando vivir en Montevideo”. 

Acá aparecen las risas. Y entre las anécdotas que recuerda menciona la vez que estuvo a punto de publicar cuentos bajo la tutela de Leo Maslíah. “En su taller lo conocí, él era mi ídolo. Vio algo en nuestros cuentos y nos convocó para presentarlos la editorial que dirigía Mario Levrero, a quien yo ya había empezado a leer y me fascinaba. Pero Mario dijo que no. Y creo que estuvo bien. Éramos muy inmaduros. Pero no importó, porque eso me permitió conocer a Leo y estar en su casa. Son los privilegios de vivir en Montevideo y de haberte formado con esos maestros tan cercanos”.

Enseguida vuelve a su carrera, y la resume de manera sencilla: “Yo no digo ‘a mí nadie me regaló nada’, al contrario; me regalaron muchas cosas y estoy agradecido. Hay que tener suerte y yo la tuve”.

¿Qué gran diferencia encuentra entre el Hendler de hoy y el del comienzo?

La paranoia. Al principio era muy paranoico. En eso estoy mucho mejor. De hecho en la película (Los paranoicos, 2008) estaba un poco así. (Risas)

Los paranoicos

¿Si no fuera actor, qué hubiera sido?

Siempre me gustó la música y la arquitectura. Pienso que si no funcionara esto de las artes escénicas...

¿Todavía puede no funcionar?

Bueno, pienso que no. Pero andá a saber que pasa en algunos años. Quizás ya no nos necesitan más a los actores, quizás hacen todo con muñecos o tecnología y ya tienen toda nuestra información. Pero si no fuera posible hacer esto, siempre me inclinaría por cuestiones del arte, aunque también me gusta la cocina. Y los cultivos. Pero el arte es como el oxígeno, es necesario. La cultura nos permite respirar, nos descansa la mente, y también nos interpela y nos permite discutir. Es como un gran parque que uno recorre al ritmo que quiere.

Hoy Hendler está bastante ocupado. Tiene rodajes casi de manera continua y acaba de estrenar una obra de microteatro que dirige. Aunque tiene poco tiempo libre, se las arregló para ver las últimas de Tarantino y Almodóvar en el cine –“es el único lugar donde logro ver algo completo”–, y asegura que siempre tiene la intención de frenar y bajar la pelota al piso. Pero le cuesta. “Es difícil parar cuando te gusta lo que hacés y aparecen oportunidades. Es difícil no embarcarse. Pero he tenido períodos más tranquilos; por ahí es cuando te atrapan las angustias o incertidumbres. Tengo la suerte de que siempre tengo pendientes cosas que quiero escribir, y cuando estoy en un período en el que no hay tanto trabajo, aprovecho. En ese sentido, los actores somos muy desordenados”.

Él, sin embargo, tiene algunas señas particulares que marcan que el orden en su vida es importante. Cada uno de sus mails terminan con una pequeña disculpa por posibles errores de tipeo, guarda las ideas que se le ocurren en notas de voz o papeles sueltos, y aunque en su primera etapa como actor la necesidad de dirigir a veces lo volvía, en sus propias palabras, un poco neurótico, hoy entiende que alternar entre ambos roles es un descanso simultáneo y que los rodajes hasta lo ayudan a mantenerse conectado.

“Me cuesta encontrar esos tiempos que antes dedicaba a hacer cosas por pura experimentación y sin presupuesto. Hoy hay que trabajar más para sobrevivir. Por suerte he sido un privilegiado y no me he mandado grandes cagadas, ni he agarrado cosas por conveniencia o por necesidad. Pero veces te equivocás, claro”, cuenta.

Cuando tenía 20 años, Daniel Hendler escribió una carta para su yo de 40. En esa época la necesidad de volcar al papel las ideas ya estaba en ebullición –algo que después transformaría en series y películas–, y fue así que decidió guardar algunas líneas y consejos para el futuro en un disket. “Creo que lo perdí. O lo debo tener por ahí, pero ya no tengo manera de leerlo. Quizás en algún momento lo recupero y puedo hacerlo; me gustaría saber qué era lo que me quería advertir a mí mismo. Creo que en aquel momento lo que me quería decir era que siempre tratara de ir en el camino de la honestidad, y me refiero a la honestidad intelectual. Supongo que iba por ese lado. Porque ahí está todo. La honestidad siempre es lo más conveniente”.

Unos minutos después, se pierde otra vez en las calles de Martínez. Ya son las 4, tiene cuatro llamadas perdidas en el celular y apura el paso. Del otro lado de la calle, se despide con una sonrisa. Tiene que volver a Pequeña Victoria. Tiene que llegar al rodaje otra vez. Que, como dejó entrever en estas últimas dos horas, para él siempre es como volver un poco a la vida.

Así habló el actor
El cine uruguayo. “En el cine uruguayo hubo un período de idealización. Las películas lograban consensuar un interés inédito, todo el mundo quería ver esas primeras películas uruguayas. Después apareció el estigma de que eran todas iguales, que es como decir que los uruguayos somos todos iguales o que siempre jugamos al pelotazo. Son cosas con las que hay que lidiar y pelear, y no se puede encontrar un responsable porque de hecho es probable que nosotros, con nuestras limitaciones, hayamos contribuido también”.
Caer en la farándula. “Me da miedo ese mundo, me parece muy oscuro. Es más algo de piel; me cuesta. No es algo con lo que tenga especial encono, solamente no me sale bien y por eso busco evitar esas zonas en las que me siento medio aparato y que creo que me voy a sentir temeroso de caer en las garras de intereses de otra índole que no sean las escénicas, que son las que me importan. A veces he tenido que visitar esas situaciones o poner un pie adentro, pero siempre he tratado de estar en el borde”. 
El regreso. 25 watts (2001) se volverá a exhibir en 35 mm y en Cinemateca en el festival Detour –que se realizará próximamente– y estará presentada por algunos de los participantes originales, entre ellos Hendler. 
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