Cuando el diario El Observador publicó su edición Nº 1, el país estaba presidido por Luis Alberto Lacalle de Herrera.
Este sábado está en la calle la edición Nº 10.000 de este diario, y el país está presidido por Luis Alberto Lacalle Pou … de Herrera.
Un blanco, nacionalista, herrerista, con sangre directa del principal caudillo histórico del Partido Nacional, un Luis Alberto … demasiadas coincidencias, pero más que quedarse en lo anecdótico de la relación de fechas, importa ver la semejanza de desafíos, y, sobre todo, cómo sigue su curso la historia.
Es un país donde el Partido Nacional ha gobernado pocos períodos, y llamativamente se ha mantenido fuerte pese a tantas derrotas electorales, lo que es inusual para el escenario político internacional.
Como partido constituido ganó elecciones nacionales en 1958, 1962, 1989 y 2019; y antes, como movimiento de divisa blanca había gobernado con su líder fundador Manuel Oribe, con Aureliano Berro (blanco de origen, pero no a nombre de un lema o partido), y Atanasio Aguirre.
Destaca un punto, no menor, que se trata de una visión abierta al mundo, no de un nacionalismo hacia adentro, de protección comercial: “Este sagrado principio no ha impedido que se alentaran las iniciativas de integración económica y comercial como la Alalc y Aladi, y el Mercosur”
Lacalle Pou, el actual mandatario, puso acento especial en ese punto cuando recibió el mando presidencial hace poco más de un año: “No quiero dejar pasar el día sin referirme al Uruguay internacional, a las relaciones exteriores. Este mundo, en el cual el dinamismo moderno, en el cual la política, median claramente entre la oferta y la demanda, nos obliga a actuar rápido y claro”.
No hay sorpresas con lo que pasa ahora en las negociaciones complejas con los socios y vecinos, porque en ese discurso inaugural, Lacalle Pou dijo fuerte y claro: “Hay que fortalecer la región, el Mercosur y, al mismo tiempo, lograr flexibilizar el bloque para que cada socio pueda avanzar en procesos bilaterales con otros países”.
El pensamiento liberal está presente en la sangre herrerista y no es una herencia simple, sino un convencimiento. Hoy, la oposición -y no sólo del Frente Amplio- cuestionan al presidente por el tratamiento de la emergencia sanitaria, y dicen que no se explica el por qué de su criterio. Sin embargo, el énfasis liberal estuvo puesto también en aquel discurso del 1º marzo 2020:
“Permítanme, entonces, invitarlos a trabajar por la libertad en todas sus formas: la libertad de poder vivir en paz, la libertad de poder elegir un trabajo digno, la libertad de poder darle un techo a la familia, la libertad de poder perseguir los sueños personales, porque se cuenta con las herramientas para hacerlo; la libertad de expresar las ideas de cada uno sin temor a ser hostigado por quienes piensan distinto, la libertad de crear, de innovar, de emprender y de tender a la excelencia; la libertad de criticar al gobierno cuando se lo merezca, la libertad de buscar la felicidad de cada uno de nosotros por los caminos que cada uno elija recorrer”.
No ha querido que lo encasillen como “liberal” puro, y ha evitado que lo ubiquen en cuadro de presidentes liberales de la región, quizá por eso evitó entrar al “Foro para el Progreso de América del Sur” (Prosur), aunque está claro cuál es su pensamiento.
También es cierto que Lacalle Pou encabeza un gobierno con diversos soportes políticos y no puede poner un sello ideológico que comprenda a todos sus socios coaligados, entre los que hay batllistas, blancos-dirigistas, maninistas, socialcristianos.
Algo similar le ocurría a Lacalle Herrera, cuyo gobierno se sostenía en parte con su Herrerismo, pero también con el movimiento proveniente del wilsonismo (Renovación y Victoria de Gonzalo Aguirre, pachequistas y batllistas, liberales y socialdemócratas).
Pero ambos, padre e hijo, batallan por imponer su impronta liberal y no quedar sujetos al reflejo de un crisol ideológico variopinto.
Cuando Lacalle asumió en 1990, dijo en su discurso del 1º de marzo: “Desde la lejana juventud he sido hombre de partido; por imperio de la sangre y por decisión del intelecto he formado en las filas de la colectividad que fundara ese paradigma de ciudadano, de gobernante y de soldado que fue el brigadier general Manuel Oribe”.
Lo hizo para transmitir que asumía la Presidencia para gobernar no para su partido, sino para todos: “A esa sana pasión le he entregado por más de treinta años lo que soy y lo que puedo; pero fui formado en la creencia, en la certeza de que por encima de ese amor partidario, condicionándolo, determinándolo, justificándolo, había otro: el amor a la Patria. Me despojo pues, en este momento, de todo sentimiento partidista”.
Tanto cuando este diario publicó su primer ejemplar como ahora que está en la edición 10.000, el Uruguay tiene un presidente que por “imperio de la sangre” pero también por “decisión del intelecto”, es liberal.
Y esa condición expone un desafío relevante para un presidente en Uruguay, un país que canta un himno que dice que el grito de “libertad” salvó “a la patria” y “de entusiasmo sublime inflamó”, pero que por diversas razones históricas tiene cierto recelo de la libertad en su sentido amplio.