10 de octubre 2014 - 19:40hs

Primero fue un niño de dos años el que sufrió fiebre, tuvo heces de color negro y vomitaba. Murió cuatro días más tarde en Meliandou, una aldea de Guinea, en África. Luego fue su madre. Después su hermana, su abuela. En diciembre de 2013 los casos de ébola se podían contar con los dedos de una mano, pero al día de hoy hacen falta 773 palmas para referirse a las víctimas mortales de una epidemia que mata a la mitad de los que alcanza y que podría estar del otro lado de la frontera uruguaya, en Brasil. El estilo de vida actual contribuye a su expansión.

Si bien la enfermedad fue caracterizada por primera vez en 1976, hasta 2014 no se podía hablar de una epidemia: “apenas” se contaban unas 1.500 muertes por esta causa, todas en alguna zona de África. Surgió en torno al río Ébola del Zaire, el mismo que regaló su personalidad a una enfermedad que resurgió en ese caserío y que ya está presente en cinco países de África, en España y en Estados Unidos.

Las culturas en las que primero apareció el microorganismo contribuyeron en gran medida a su expansión, confirmó a El Observador Jonathan Novoa, presidente de Médicos Sin Fronteras (MSF) para América Latina. En Guinea los ritos funerarios implican una gran manipulación de los cuerpos… que precisamente tienen un nivel de virus en sangre muy alto y expone demasiado al contagio. Los que se aferran a sus seres queridos se enferman, los contagiados aumentan y los casos se suman.

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Desde su surgimiento y hasta mediados de este año el mal se había mantenido en zonas muy rurales, casi aisladas de centros urbanos, y estaba medianamente contenido. Pero cuando llegó a las ciudades capitales estalló. Desde finales de agosto o setiembre hasta la fecha el número de casos prácticamente se quintuplicó respecto a los cuatro meses anteriores, confirmó Novoa. En el contexto urbano la transmisión es menos evitable y es difícil hacer el rastreo de los contactos de los infectados.

Las estructuras sanitarias de los países donde primero corrió el mal –Guinea, luego Sierra Leona y Liberia– tampoco son las mejores y las precauciones que se tomaron no alcanzaron siquiera para proteger a los médicos o el personal sanitario. Se contagiaron varios de ellos y a dos españoles los trasladaron a su país de origen, donde aparentemente había mejores condiciones para asistirlos.

El virus se tomó el avión

Y precisamente en esta posibilidad que permite el mundo actual de trasladar a alguien en un hospital aéreo es, lo mismo que los ritos funerarios de las aldeas africanas o las deficiencias de los sistemas sanitarios del continente negro, una centrífuga para el virus.

El estilo de vida actual (la densidad de población y su movilidad) es “un punto fundamental” en la expansión de las enfermedades infecciosas como el ébola, confirmó a El Observador Julio Medina, especialista en enfermedades infecciosas y profesor agregado de la Cátedra de Enfermedades Infecciosas de la Facultad de Medicina de UDELAR.

“La cantidad de turistas que viajan a un país diferente de aquel en el que residen normalmente aumenta todos los años y los datos más recientes documentaron más de 1.000 millones de turistas anuales. Esto facilita la diseminación y rápida expansión de muchas enfermedades”, comentó el especialista, y ejemplificó con la gripe pandémica H1N1 del año 2009.

“Hay que recordar algunas cosas: el personal de ayuda humanitaria, de salud y otros están expuestos a un gran riesgo y se han convertido en un riesgo secundario al ser varios de ellos repatriados a sus países de origen. Por otra parte el control de fronteras es dificultoso”, profundizó el doctor Medina.

El caso de los misioneros españoles es ahora el que más suena, pero no es aislado. Han llevado enfermos desde África hacia Estados Unidos, el Reino Unido, Francia, Alemania y Noruega. Y otras personas han viajado por ímpetu propio, como el guineano que pidió asilo en Brasil pero que debido a su origen y a la fiebre que tenía fue aislado por precaución. El virus ya está en Europa, América del Norte y tal vez en América del Sur.

La mirada de los expertos, en todo caso, es optimista. “Tanto Europa como EEUU tienen las herramientas para diagnosticar, dar sostén a los pacientes graves y aislarlos correctamente”, consideró Medina, en línea con otros especialistas que se han manifestado recientemente en distintas partes del mundo.

Con esa misma seguridad el pasado 8 de agosto la Organización Mundial de la Salud indicó que “los estados deben estar preparados para facilitar la evacuación y repatriación de sus ciudadanos -por ejemplo los trabajadores sanitarios- que han sido expuestos al ébola”.

Así ha estado actuando por ejemplo MSF que, al entender de su presidente para el continente, “confía en que en otros países se tienen los suficientes recursos como para tener un buen sistema de aislamiento y soporte al paciente en caso de que empeore. Además, en caso de que haya contagiados se puede hacer un mejor seguimiento de sus contactos”.

Luego de casi 20 años de trabajo en el terreno, en MSF registraron dos enfermos de ébola y los repatriaron, uno a Francia y otra a noruega. El primero está fuera de peligro y la segunda permanece en observación.

El riesgo del traslado

Pero la situación no deja de suscitar debate entre los que apoyan los traslados para que los enfermos reciban un tratamiento mejor y los que, por el contrario, sostienen que no vale la pena arriesgarse a llevar el virus a otra zona del mundo.

La discusión se amplió esta semana luego de que trascendiera que Teresa Romero, la enfermera que padece el mal en España, se contagió justamente tras atender a uno de los dos misioneros que se enfermaron en Liberia y Sierra Leona y fueron trasladados a su país de origen.

Uno de los contrarios a esta postura es José Ramón Romero, hermano de la española que ayer estaba estable en medio de su gravedad. “Aquí hay más responsables que ella. ¿Quién decidió traer a los religiosos? ¿Acaso fue mi hermana? ¿Quién decidió traerlos, si para esto no había cura?”, se preguntaba ayer el hermano.

Este argumento no es esgrimido solo por los involucrados hasta sentimentalmente en el caso; también académicos como por ejemplo José Ramón Repullo, profesor de Planificación y Economía de la Salud de la Escuela Nacional de Sanidad de España, consideró que el traslado fue “poco prudente”, en gran medida debido al riesgo que implica llevar el microorganismo de un continente a otro.

Por eso él y otros especialistas de su país sugirieron que lo ideal hubiera sido enviar un equipo de médicos a África para tratar a los pacientes en el terreno.

Una enfermedad sin mercado

Todos los expertos coinciden en que, de todas formas, esto no solucionaría de cuajo la epidemia, para la que es necesario invertir más y más dinero en los países de África más afectados y para lo cual la OMS pidió US$ 1.000 millones. Las instalaciones africanas no están a la altura del desafío al que se vieron enfrentadas.

Desde que surgió el virus a fines de la década del 70 no ha prosperado la investigación de una cura eficaz y en el período fallecieron unas 1.500 personas. Con especial crudeza lo afirmó a mediados de agosto Marie-Paule Kieny, subdirectora general de la Organización Mundial para la Salud: “El ébola es una enfermedad de pobres, en países pobres, en los que no hay mercado para grupos farmacéuticos”.

Tal vez la expansión del virus, por más nefasta que acabe siendo, se convierta en la coartada para que las farmacéuticas vean ese mercado y desarrollen medicamentos que beneficiarían también a los que están por fuera de él.

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