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10 de marzo 2023 - 5:04hs

Hugo Chávez era una figura de otra época. Héroe atípico de una izquierda latinoamericana que en el ocaso del siglo XX se lamía las heridas de la caída del Muro y, a un tiempo, personaje decimonónico, a caballo entre la Ilustración y el militarismo, era el tipo de caudillo bonapartista que siempre representa una amenaza para la democracia liberal.

Conviene entenderlo, más que denostarlo sin más, porque entenderlo es entender lo que nos pasó. Sí, a todos nos pasó Chávez, no solo a los venezolanos.

Chávez era el tipo de líder que sabía exactamente lo que usted quería escuchar y conectaba directamente con sus emociones. Mujica lo definió en su momento como un “huracán tropical”; pero según la audiencia que lo acogiera, podía ser también un pampero criollo.

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Hoy, a diez años de su muerte, es un mito, cuya mirada contempla a los venezolanos desde los muros, los ómnibus, las columnas y todo espacio sobre el que sus ojos se han retratado en negro sobre el fondo que sea.

Conectó fundamentalmente con los sectores populares, las clases postergadas que, en uno de los países más ricos de América, se amuchaban en la miseria de las periferias de Caracas y las grandes ciudades. Chávez usó las ganancias del petróleo para atender sus necesidades más acuciantes y mejorar sus condiciones de vida. Pero no solo. La bonanza petrolera lo proyectaría también como una peculiar contrafigura geopolítica que, asesorado por Fidel Castro, se convertiría en una pesadilla para los Estados Unidos.

Eso le fue ganando puntos con la izquierda latinoamericana, en un principio, reticente a ver como aliado a un ex teniente coronel de pasado golpista sin ninguna evidencia de vínculo anterior o doctrina definida. 

El golpe fallido que le dieron en 2002, apoyado por Estados Unidos y España, fue uno de los momentos más chapuceros de la derecha venezolana. La derecha en esos países de América Latina siempre ha tenido muy pocas ideas, más que cortejar el poder de Washington y pretender vivir de espaldas a la realidad. La fácil: ganarse el apoyo de la superpotencia, reinar adentro, ser dueños de condominios en Miami y mandar a sus hijos, cuando son chicos, a la utopía plástica de Disney World y, cuando son grandes, a la utopía ilustrada de las universidades de la Costa Este.

Fue precisamente ese golpe burdo y fallido que le dieron y su desafío permanente a los Estados Unidos lo que terminó de convertir a Chávez en el ícono más sui géneris de la izquierda latinoamericana, y la razón por la cual siempre le ha costado tanto trabajo a esta condenar el régimen de su sucesor a dedo, Nicolás Maduro. El respaldo inequívoco de Fidel Castro y, sobre todo, el haber desplazado casi por completo la influencia de EEUU de la región, le valieron a Chávez ese respeto y hasta la admiración.

Borró la influencia de Estados Unidos del mapa de América Latina como jamás se había visto, y como nadie se hubiera imaginado. Es cierto que detrás estaba la mano de Fidel y que para ello contó también con el firme respaldo de Lula en Brasil y de Néstor Kirchner en Argentina. Pero el gran ejecutor de esa política regional fue Chávez, y la ‘petrobilletera’ para llevarla a cabo era suya. Salvo en Colombia, donde gobernaba Álvaro Uribe y donde EEUU siempre ha tenido una enorme influencia, Washington perdió un terreno formidable en toda América Latina, incluso –y hasta más– en el Caribe.

Esto a su vez generó las condiciones para la incursión de China como uno de los principales socios comerciales de la región, y para el auge de las commodities y el gran despegue económico de esta parte del sur del mundo, países donde también gobernaba la izquierda. Quien no entienda eso –y que eso precisamente es parte del atractivo y de cierta nostalgia que genera la izquierda– no ha entendido nada.

Son las cosas que convirtieron a Chávez en el referente inconfesable de la izquierda latinoamericana. 

El hombre que dejó en su lugar en el Palacio de Miraflores, empero, carece de todas sus luces y habita en todas sus sombras. No es que Maduro sea una mala copia de Chávez, es un remedo fallido de Chávez, un grandulón torpe y limitado, un tonto que –sin gracia– se cree gracioso.

Carente de toda habilidad política y retórica, Maduro ha recurrido a la represión y encarcelamiento de sus opositores, a la asfixia de medios críticos, al uso del poder constituyente solo para perpetuarse en el poder; sumió a Venezuela en la peor crisis de su historia republicana y nos ha regalado este éxodo de millones de venezolanos por todo el continente, que hoy pueblan las calles en motos de PedidosYa, Rappi y otros deliveries de sueños rotos y esperanzas a ninguna parte.

Pero no hay que olvidar que la deriva autoritaria, las expropiaciones, incluso la crisis, habían empezado ya con Chávez. Y que ese tipo de bonapartismo, gobierno personalista, “democracia delegativa”, o como se le quiera llamar, conduce inexorablemente a estas cosas: la destrucción de las instituciones, la anulación de la disidencia interna y decisiones personalísimas de un solo hombre que pueden terminar llevando al poder a un individuo como Maduro.

El chavismo, ya de suyo, distaba mucho de ser la mejor forma de gobierno. Pero el chavismo sin Chávez ha sido un total fracaso.

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