8 de febrero 2021 - 5:00hs

Ya a esta altura del año, la paz cambiaria argentina empieza a ser sospechosa. Después de todo, no es por casualidad que el verano se haya ganado la fama de ser la estación en la que ocurren las grandes devaluaciones. Ni tampoco es casual que los economistas hayan acuñado el término “la trampa de febrero” para referirse a la situación de estrangulamiento financiero en la que suele caer el Banco Central en esta época del año.

El razonamiento es el siguiente: sobre diciembre y parte de enero, el gobierno suele tener una tregua, dada la necesidad de pesos por parte de las empresas para pagar aguinaldos, ponerse al día con impuestos y saldar obligaciones. Esto saca presión a la inflación –en la jerga técnica, “aumenta la demanda de dinero”- pero, sobre todo, evita que haya pesos que quieran irse al dólar. Más bien al contrario, suele ser un momento en el que las empresas venden billetes verdes.

Fue así que el Central tuvo su momento de distensión, con la situación insólita de que hasta pudo comprar US$ 160 millones, después de una racha en la que debía intervenir como único vendedor del mercado.

Pero eso no es lo más extraño. Porque además, el Banco Central decidió empezar a acelerar el ritmo devaluatorio del tipo de cambio oficial. Era un consejo que le venían dando los economistas ortodoxos.

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“Vos deslizá”, era la famosa frase de Carlos Melconian a mediados de 2020, pero claro, en ese momento había una justificación que hoy no existe: que por la propia cuarentena y la recesión, se podía devaluar de a poco sin que eso tuviera un correlato inmediato en la inflación, que parecía anestesiada. Pero el presiden te del Central rechazaba el consejo, con el argumento de que el peso no estaba atrasado.

En cambio, el gobierno decidió tomar el consejo pero con un semestre de diferimento: el tipo de cambio está corriendo a una velocidad similar a la inflación, para evitar el clásico efecto de “ancla”. Pero hay un problema: la condición del mercado ya no es la misma, y la inflación está reviviendo, con un promedio de 4% mensual.

Cambian las condiciones, sobran los pesos

El debate en el mercado era si el gobierno estaba adoptando una estrategia inteligente o si estaba jugando con fuego.

Quienes defienden al gobierno creen que deslizar al dólar oficial es una política sana porque es la única forma de evitar el regreso del déficit de cuenta corriente y, a la larga, una devaluación brusca.

Y, además, que una suba del tipo de cambio oficial sacará presión sobre el dólar paralelo, achicando la temida “brecha cambiaria”. Lo cierto es que el paralelo, en torno de 153 pesos argentinos, ya está debajo del precio al que se compra oficialmente –que incluye el precio oficial más los impuestos-.

Lo dólar paralelo cotiza a 153 pesos argentinos.

Es una situación anómala, a la que muchos le asignan poco tiempo más de duración. Porque, entre otras cosas, “la trampa de febrero” implica que empiezan a sobrar pesos al mismo tiempo que faltan dólares.

Todavía hay que transitar dos meses hasta que empiecen a entrar las divisas de la cosecha agrícola, y en el interín, los precios presionan sin que el Banco Central sea capaz de aspirar todos los pesos sobrantes.

Según estimó un informe de Consultatio, en esta época del año “el apetito por los pesos suele caer hasta 6% mensual solo por factores estacionales”. Y si hasta ahora eso no tuvo un mayor correlato en el dólar es porque en enero hubo un ingreso extraordinario de divisas, dado que un conflicto sindical en los puertos hizo que recién ahora ingresara a las arcas del Central US$ 1.100 millones que aportaron algo de “oxígeno”.

Pero con las reservas del Central en apenas US$ 39.450 milllones (y una estimación de reservas líquidas disponibles ínfima), muchos economistas creen que esta paz no puede durar.

Es más, el propio gobierno da señales en ese sentido, y empezó a intervenir el comercio exterior, para cumplir su pronóstico de obtener este año un saldo de balanza comercial por US$ 12.000 millones, con los cuales poder cubrir sus obligaciones. Y, sobre todo, no tener que ir a una devaluación brusca, algo que está prohibido en el manual político en un año electoral.

La paciencia del ahorrista, a prueba

El punto donde todavía hay divergencia es el de las tasas de interés. Para los economistas ortodoxos, será inevitable un apretón monetario para sacar pesos de la plaza, luego de haber prácticamente duplicado el dinero circulante durante el pandémico 2020.

A fin de cuentas, preguntan, cuánto tiempo más podrán los ahorristas aguantar una tasa de 2,8% mensual por un plazo fijo en pesos mientras el dólar y la inflación suben a un ritmo de 4%. Más temprano que tarde, esos pesos irán a presionar al tipo de cambio.

Pero el gobierno se resiste. Es una medida impopular, va directamente en contra de su intención de impulsar un rebote fuerte de la economía y, además, teme que dispare una carrera nominal de dólar, precios y tasas que termine en una situación difícil de controlar.

Así lo expresa la influyente economista Marina Dal Poggetto: “Al fin y al cabo, el problema puede resumirse en: sobran pesos en la economía, faltan dólares en las reservas, y con los actuales precios de los bonos no hay forma de financiar el agujero fiscal incluido en el presupuesto sin terminar por descapitalizar al BCRA con el riesgo cierto de que la brecha cambiaria, hoy contenida con alambre frente a precios de los bonos en US$ 35, vuelva a escalar”.

Ante esa situación, lo que en el mercado se considera más probable es que el gobierno caiga, una vez más, en la tentación de empezar a enlentecer el ritmo del dólar oficial, para que haga la clásica función de “ancla” de los precios.

Discusión salarial con una meta poco creíble

En medio de esa discusión monetaria, está el inevitable debate por los salarios. Los sindicatos, que habían aceptado que 2020 no era el año de hacer reclamos porque la prioridad era cuidar los puestos de trabajo, empezaron ahora a desempolvar sus viejos reclamos.

Hay sindicatos grandes que lograron recuperar cifras en torno al 30 por ciento, y que plantean cláusulas de revisión durante el año, para ir actualizando por inflación.

El gobierno sabe cuál es el riesgo: una espiralización de precios y salarios, que en la historia reciente ha ocurrido muchas veces. Es por eso que su gran apuesta política es lograr un pacto con sindicatos y empresarios.

El objetivo inconfeso, aunque expresado entrelíneas, es que no haya cláusulas gatillo por inflación, y que los acuerdos salariales tomen como referencia la proyección oficial de 29% para todo el año.

El problema, claro, es que nadie cree que esa meta sea cumplible. El 2020 terminó con una inflación de 36%, y los economistas creen que hubo un efecto de inflación reprimida por la cuarentena, pero que la gran expansión monetaria que se hizo el año pasado tendrá un efecto diferido que explotará este año.

De hecho, ya creen que está explotando, dado que el mes pasado la inflación llegó al 4% y los cálculos de las consultoras privadas esperan una cifra similar para enero, con el agravante de que el rubro alimentos lidera las subas, con un 4,7%.

En ese contexto, ni siquiera los economistas más afines al gobierno creen en el pronóstico oficial. Los más optimistas hablan del 35%, mientras los más escépticos creen que de aquí a fin de año se podría llegar a una inflación del 50%. 

Con semejante cuadro, empezaron a abundar los pronósticos de un drástico final en la paz financiera de verano. Entre los más escépticos, están los que pronostican que antes de que termine febrero ya se empezará a ver una reacción al alza del dólar “blue”, lo que marcaría el inicio de una nueva fase de tensiones.

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