29 de agosto 2020 - 5:04hs

Si hay una palabra que se ha repetido hasta el cansancio en los últimos tiempos en Uruguay es “brecha”. Y una de las que no deja de ensancharse es la de la educación. Incluso antes que 2020 se convirtiera en el “annus horribilis”, que nunca pudimos imaginar, veníamos con desigualdades rabiosas en materia de logros educativos, con una división tan sencilla como dolorosa. Los resultados que obtienen los niños y jóvenes de este país y la trayectoria que logran recorrer (incluyendo el abandono), son diametralmente diferentes según dónde haya nacido y en qué familia se haya criado el estudiante.

Todo lo anterior se verá agravado por los efectos de este año de pandemia, incluso considerando los esfuerzos de docentes y autoridades de la educación, de los propios alumnos y de sus familias. Es inevitable que los estudiantes de contextos socioeconómicos más bajos o de familias con menos posibilidades de apoyarlos, sufran hondamente las consecuencias de un período de clases absolutamente atípico.

Esta realidad preocupante no es consecuencia del manejo de la educación durante la pandemia, un proceso que las autoridades encararon con responsabilidad y metodología. “Somos el primer país de América Latina que retoma la presencialidad y lo estamos haciendo con muchísima responsabilidad, profesionalismo, compromiso y orgullo”, dijo a la prensa Robert Silva, presidente de la Administración Nacional de Educación Pública (ANEP), el 29 de junio.

La brecha ya es más aguda. Y lo será aún más. Los padres hemos intentado tranquilizarnos a nosotros mismos diciendo que “nadie se va a morir si se pierde un año de la escuela (o liceo)”. La realidad es bastante más compleja de lo que queremos creer. Innumerables estudios neurológicos y de pedagogía han confirmado que lo que no se aprende a determinada edad, se aprenderá luego de otra manera o no se aprenderá del todo.

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Este es un año con incontables oportunidades perdidas para el aprendizaje de razonamiento lógico y  de capacidades de lecto escritura. Eso impactará peor en niños para quienes su único capital cultural está en la escuela.

Este año seguirá “anormal” y todavía no es posible prever cómo será el próximo. La generación 2020, los estudiantes que debieron aprender entre vaivenes cuyas consecuencias todavía no se pueden aquilatar cabalmente, merece que desde ya se piense en el después.

Leandro Folgar,  presidente de Plan Ceibal, describió con mucha claridad dónde estamos parados: “El gran desafío que tenemos por delante es no confundir una buena respuesta de emergencia con un modelo educativo funcional”. El Plan Ceibal y su plataforma CREA fueron un pilar enorme en el que se apoyaron las clases virtuales tanto en la educación pública como en la mayoría de los centros privados.

Lo que dice Folgar resume lo que sabemos,  pero no siempre tenemos tiempo ni fuerzas ni espíritu suficiente para pensar: estamos aún inmersos en la emergencia pero ya mismo hay que planear lo urgente.  Y lo urgente es desarrollar un plan para que los cientos de miles de estudiantes que este año perdieron clases, aprendieron como pudieron y se quedaron con un déficit académico real, retomen el camino lo mejor posible para 2021.

Solo el 42 % de los jóvenes culmina la educación media. Esto nos ubica en el puesto 17 de 18 países en Latinoamérica con respecto a este indicador . Pero esa cifra de por sí preocupante lo es aún más cuando se analiza por nivel socioeconómico; el quintil más alto se gradúa 6 veces más (79 %) que el de nivel socioeconómico más bajo (13 %), según datos de 2017 del Ministerio de Educación.

“Se puede decir, y así lo demuestran todos los informes de evaluaciones nacionales e internacionales, que de acuerdo al hogar donde el niño nazca, se puede anticipar el desarrollo de su escolaridad”, escribió en Voces Juan Pedro Mir, integrante de Eduy21 y exdirector de Educación del MEC. 

Los estudiantes se subieron en masa a las plataformas digitales para aprender, pero no todos pudieron seguir el ritmo de igual manera, por las mismas causas que han generado estas brechas brutales. La computadora y la plataforma -como la de Ceibal- son puntos de partida imprescindibles, pero la capacidad de comprensión y, sobre todo, el apoyo familiar, determinarán diferencias insalvables en lo que finalmente aprendan en 2020. El capital cultural de los hogares uruguayos sufre de las mismas brechas y eso incide directamente en los estudiantes.

Es casi seguro que casi todos los padres, independientemente de su clase social y formación académica, se hayan visto desafiados hasta el límite a la hora de apoyar a sus hijos para que no perdieran el paso en las clases online. Quienes debían trabajar desde sus casas, o peor aún, quienes debían asistir presencialmente a sus trabajos, se enfrentaron a la realidad de que las horas del día no daban para ayudar a sus hijos.

Veníamos mal y nos agarró la pandemia. El año 2020 seguirá siendo de emergencia y la actividad se seguirá abriendo (ojalá que no cerrando) por etapas. No es lógico ni responsable esperar que las autoridades fuercen el calendario escolar cuando el grado de incertidumbre sigue siendo alto, pero sí es esperable que pongan en marcha algún sistema - comisión, grupo de expertos, grupos de trabajo- que comience ya a trabajar sobre la urgencia de la educación para 2021 y después. Solo dedicando tiempo y recursos para pensar en lo que se viene podremos aspirar a que las brechas comiencen a cerrarse, un proceso que llevará mucho más tiempo que un gobierno y mucho más esfuerzo que el de las autoridades y  los docentes.

Durante unos pocos días de marzo miles de niños salieron temprano de sus casas para pasar buena parte del día en escuelas de tiempo completo. Estos centros fueron creados en ámbitos de vulnerabilidad socioeconómica por una razón tan clara como triste; en muchos casos son la única esperanza de que esos niños no abandonen. Todo ese andamio de contención está en parte desarmado. Ahora hay que empezar a pensar cómo se vuelve a armar, y cómo se fortalece.

Habrá que considerar muchas variables que tienen que ver con la cantidad y calidad de la educación (conocimientos, rendimientos, evaluaciones) pero también con el estado emocional de miles de estudiantes que ya muestran signos de ansiedad, apatía y falta de concentración. “Lo digital divino, pero lo humano horrible”, me dijo un psicólogo que trabaja en el área de la educación y que ya comparte con sus colegas preocupados lo que llega a sus consultas.

El covid-19 nos llevó a límites inimaginables que obligan a que ahora prime la flexibilidad, la cooperación y la creatividad. Así como la nueva normalidad no será nunca la normalidad de antes, la escuela del 2021 no será -ni debería serlo- la de 2019. Detalles aparentemente tan nimios como cuándo o sí habrá vacaciones deben ser discutidos, y con cabeza abierta. ¿La escuela es solo el edificio o es la comunidad, el barrio, la placita de la esquina que se transforma en una extensión del patio del recreo? ¿Cómo acompañaremos -docentes y familias- a los niños para que aprendan a aprender en un contexto en el que la matriz ya tenía fallas que ahora están acentuadas por la emergencia?

“No podemos hacer como que nada pasó. Pasaron muchas cosas en este 2020”, me dijo Juan Pedro Mir en estos días. El propone, por ejemplo, que los cerca de 4.000 estudiantes de magisterio de cuarto año se sumen ya a la tarea, bajo la tutoría de los maestros. Que los docentes comiencen febrero de 2021 con una intensa capacitación en plataformas digitales, entre muchas posibles acciones a  realizar.

Es una tarea hercúlea y una a la que toda la sociedad civil y todos nosotros, ciudadanos, debemos sumar. Es hora de pensar ya en nuestro niños y jóvenes del 2021. No hay tiempo ni para culpas ni para politiquería ni para excusas. Una brecha grande no debe transformarse en un precipicio insalvable.  

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