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20 de mayo 2023 - 5:01hs

Ulises Caballero, de profesión apicultor, tiene 43 años y dos hijos (Facundo de 10 años y Faustino de 3). Como todo padre, son su prioridad y a qué se dedicarán en el futuro es un tema de alta importancia y de difícil respuesta, según admitió.

Por un lado, si considera al calidad de vida que confiere trabajar en la naturaleza, disfrutando del campo, ejerciendo un oficio milenario y de tanta importancia por lo que la abeja y la miel aportan a las comunidades, no duda en pensar que sería bueno que sus hijos sigan sus pasos.

Por otro lado, lamentó, estimularlos a que sean apicultores “sería condenarlos a un martirio anual, a vivir con la angustia de nunca saber si habrá un margen de ganancia al menos mínimo, porque siempre el apicultor lucha con un problema diferente”.

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Contó que, con base en sus experiencias, “no recuerdo una zafra perfecta, sin dificultades, porque cuando el clima ayuda y se sacan muchos kilos el precio no acompaña, y este año todo vino mal: sequía, pocos kilos, precios que no compensan y diversos factores que generaron mucha mortandad en las colmenas”.

Ulises, con tristeza, dijo: “Enseñarle a alguien un oficio tan necesario y tan lindo prometiéndole un buen pasar económico es como mentirse frente al espejo”.

Entonces, ¿por qué sigue siendo apicultor? “Es lo que uno aprendió y sabe hacer, lo que uno disfruta, es un sentimiento, da placer trabajar con la abeja, producir mil, recorrer el campo y observar las floraciones, encontrarse con pichones de teros y perdices, ir a los arroyos… eso yo al menos no lo cambio por nada, aunque las cuentas a veces no cierren”.

Ulises maneja unas 300 colmenas propias.

En Cardona

Ulises vive en Cardona y maneja unas 300 colmenas, distribuidas en predios distantes como mucho unos 50 kms de esa ciudad de Soriano. Es, además, asesor de otros apicultores y para brindar ese servicio utiliza mucho una red social, WhatsApp.

Este año la producción mermó considerablemente y solo pudo abastecer a su clientela del mercado interno. Cuando hay años mejores, vende a un exportador y sabe que sus mieles normalmente llegan a Estados Unidos y España, aunque hubo otros destinos antes que el mercado internacional se complejizara tanto.

Por kilo, en promedio, si es para la exportación hoy se logra US$ 1,40 y eso lejos está de cubrir los costos productivos, “estamos claramente por debajo del nivel de flotación”, reconoció.

Si la venta es envasada, a clientes directamente para su consumo, puede lograr $ 200 por kilo.

Sus mieles, color ambar, se generan con el trabajo de abejas en áreas próximas a los arroyos, con floración por lo tanto muy variada, de espinos y cardos, de praderas naturales o artificiales también.

Las mieles se destinan al mercado interno y si hay un volumen necesario también se exporta.

La vieja escuela

Ulises fue mejorando en sus manejos con base en una secuencia de talleres y cursos de formación que aún hoy sigue realizando para mantenerse actualizado, pero sobre todo, señaló, “aprendí viendo trabajar a los apicultores de la vieja escuela”, algo que no logró como otros en su casa porque sus padres realizaban otras labores: él como funcionario público en la intendencia y ella como cocinera en un hospital.

“Antes, cuando yo era chico, la miel se usaba sobre todo invierno, pero todo avanza y hoy tenemos claro que es útil todo el año y para una infinidad de usos: para gente que hace deporte o quiere descansar mejor, para solucionar dolores, como el reuma, para enfermedades de muchos tipos, es cicatrizante, es un edulcorante natural, para gente de toda edad es un alimento sano, rico y nutritivo”, señaló.

Ulises, trabajando en algunas de sus colmenas.

Día de la miel

Eso, el valor de la abeja y de la miel, los apicultores lo promueven constantemente, pero especialmente en una instancia anual, cada vez que llega el 20 de mayo y se celebra el Día Mundial de la Abeja.

Este año, la actividad, en dos jornadas, se hará en Paysandú y por pronósticos climáticos pasó para el viernes 26 (en el denominado Espacio Cultural Gobbi) y el sábado 27 de mayo (en ese caso en el Espacio de Tradición). La sede siempre rota. El año pasado le había tocado a Flores.

La organización es de la Sociedad Apícola Uruguaya (SAU), gremial que Ulises integra, de la Comisión Honoraria de Desarrollo Apícola y de la intendencia departamental sanducera.

Las actividades programadas.

“Va mucha gente, público en general, eso sirve mucho, pero priorizamos dar talleres dirigidos a escolares y liceales, para ayudar con la formación en valores sobre este insecto tan noble y necesario para la humanidad y todo lo que produce, que no es solo miel, por eso en la actividad hay por ejemplo elaboraciones gastronómicas, otras con propóleo y apitoxina, también velas y otras artesanías, hay de todo”, mencionó.

 

La abejita roquera
Un dato curioso es el nombre que Ulises escogió para su miel, “La abejita roquera”, y el por qué es que en sus talleres con niños utiliza el rock como herramienta de anclaje de conceptos, de modo que cuando los niños oigan rock en adelante recuerden esas enseñanzas.

 

Monitor ambiental

Ulises, finalmente, consideró un tema clave para el productor apícola: los problemas que la agricultura intensiva y el uso de agroquímicos traslada a las colmenas.

“El humano, en su vorágine por producir más, cambió el paisaje, hay una notoria pérdida de biodiversidad vegetal, de variedad floral, con menos recursos para que la abeja se alimente y eso es un cuello de botella que ahora además lo potenció la sequía, la abeja se esfuerza, vuela y vuela buscando comida pero cada vez le cuesta más encontrarla, se debilita y queda expuesta a enfermedades, por ejemplo en un campo de alfalfa tiene un elemento nutricional, pero en uno con trigo no”, señaló, sin dejar de reconocer que en extensiones adecuadas el trigo es un cultivo necesario.

Un mensaje creado por el apicultor.

Es vital para la humanidad cuidar la colmena, por algo los científicos la considerar un monitor ambiental, si una colmena no está sana, si su natural equilibrio perfecto está alterado, algo en el entorno anda mal”, reflexionó; “si la colmena muere es síntoma de un grave deterioro, de un ambiente en decadencia”, afirmó.

El apicultor, ante esa realidad, lo que hace es “adecuarse, aguantar y concientizar”, concluyó.

 

 

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