26 de diciembre de 2019 15:28 hs

Por Andrew Edgecliffe-Johnson

"Una década después del bombardeo, la familia de Ya-el ...". Colum McCann se detiene en esa palabra justo cuando su productor toma un micrófono para conectarse a la cabina donde el autor de “Que el vasto mundo siga girando” está grabando su última novela, Apeirogon.

"Usualmente se pronuncia 'Yale'", le dice John McElroy desde el estudio contiguo, donde sigue el guion desde un enorme iPad. El autor con acento irlandés reanuda su intensa narración: "Una década después del bombardeo, la familia de Yael Botwin...".

McCann utiliza las palabras y la pronunciación correctas esta vez, pero McElroy lo interrumpe nuevamente. "¿Necesitás eructar? Parecía como si estuvieras reteniendo algo".

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McCann insiste en que está bien y comienza de nuevo. "OK. Yael Botwin. ¿Yale? ¿Estás seguro? ¿No Ya-el? McElroy confirma la pronunciación y canta dos líneas del himno de la Universidad de Yale para que se le quede grabada la palabra en la mente del novelista.

McCann pasará cinco días en el estudio de Manhattan grabando un audiolibro que se publicará con su novela el próximo mes de febrero. El proceso requiere "un enorme esfuerzo físico", dice, pero tiene buenas razones para esforzarse: los audiolibros, que durante mucho tiempo se consideraron una de las áreas insignificantes de la industria del libro, se han convertido en su mayor historia de crecimiento.

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El auge ha transformado las atracciones del formato para autores, editoriales y narradores, y ha provocado una lucha por el botín con las plataformas digitales a través de las cuales están atrayendo nuevas audiencias. La industria del audiolibro comenzó la década consumida con preocupaciones sobre cómo la afectarían los libros electrónicos. Sin embargo, en EEUU, las ventas de libros electrónicos alcanzaron su punto máximo en 2014 y han estado cayendo desde entonces.

"Todo el mundo pensó que los libros electrónicos iban a tener un éxito tremendo. Pero resulta que son los audiolibros los que tienen éxito", dice Maria Pallante, presidenta de la Asociación de Editores Estadounidenses (AAP, por sus siglas en inglés).

Los ingresos por audiolibros de sus miembros aumentaron de US$ 200 millones en 2010 a más de US$ 500 millones en 2018, lo que representa el 6.6 por ciento de las ventas de la industria. Incluyendo las impresiones de Amazon y los títulos autopublicados en sus plataformas Audible y ACX, las ventas en EEUU se acercan a los US$1 mil millones. Los audiolibros están creciendo aún más rápidamente en el Reino Unido, donde repuntaron en un 43 por ciento entre 2017 y 2018 hasta alcanzar los £69 millones, según Nielsen. Las ventas globales, según las previsiones de Deloitte, podrían alcanzar los US$3.5 mil millones en 2020.

"Al principio, tenía la sensación de que era una moda y que no sería popular", recuerda Patch McQuaid, quien comenzó su estudio en Londres con equipos descartados después de que pasó la moda del CD-ROM. "El formato digital lo cambió todo".

Sin embargo, la historia del auge del audiolibro no es solo financiera: es uno de los efectos inesperados que la tecnología ha tenido en nosotros y de nuestra necesidad de escapar de la tecnología. Independientemente de si nuestro género favorito es la superación personal o el romance trivial, también dice mucho sobre cómo hemos respondido a una década de dislocación y distracción.

Antes de que Silicon Valley pusiera teléfonos inteligentes en nuestros bolsillos, reproductores de medios digitales en nuestros coches y bocinas inteligentes en nuestras cocinas, la tecnología ya había cambiado la carrera de Sean Pratt. El veterano actor de teatro radicado en Oklahoma ha narrado más de 1,000 títulos, desde “La broma infinita“ de David Foster Wallace hasta una historia de cinco volúmenes de California. Cuando comenzó hace 24 años, los editores le enviaban libros físicos con cintas de vídeo VHS en las que querían que grabara.

A los narradores se les paga por hora terminada (generalmente de US$ 175 a $ 300 en EEUU o de £75 a £120 en el Reino Unido), por lo que ganarse la vida como narrador "se trata de ser eficiente en el estudio", dice. Los archivos digitales y los equipos de grabación baratos han transformado la economía de los estudios caseros.

Charlie Sanderson, quien trabaja desde su casa cerca de Winchester, en el sur de Inglaterra, recuerda que hace 10 años ella marcaba los libros de papel y utilizaba un dictáfono para verificar qué voz le había asignado a cada personaje. "Ahora lo hago todo en un iPad".

A Jot Davies, un galardonado narrador del Reino Unido, la tecnología le ha permitido preguntarles a los autores en Twitter qué tenían en mente para sus personajes. (También tiene trucos de bajo nivel tecnológico, como usar suéteres de cachemir para que los micrófonos no capten los crujidos).

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La clave sigue siendo la preparación, dice Finlay Robertson, un actor radicado en Londres que les asigna colores a los personajes en su iPad para cambiar más fácilmente entre los acentos que domina utilizando muestras en línea. "Hay que tener cuidado con lo que se escoge en la primera página", advierte. "Si el personaje habla mucho en la página 500 y has decidido darle una voz ronca, podrías tener problemas".

No detectar de antemano semejantes trampas puede ser desastroso, coincide Ana Clements, quien intercambió un empleo en contaduría por la flexibilidad de grabar desde su casa en Devon. "Los autores suelen decir justo al final del libro: 'Y su madre se volvió hacia él, y con su cadencia irlandesa le dijo...'".

McCann conoce muy bien su texto y no comete ese error, pero ha llegado a respetar un oficio que muchos autores alguna vez ignoraron. Cuando apareció el audiolibro de “Que el vasto mundo siga girando”, dice: "Fui a una audición y no conseguí el trabajo".

Para las editoriales, las descargas digitales, la disminución de los costos de producción y el aumento de la demanda significan que ya no tienen que abreviar los libros para que se adapten a los CD, agonizar sobre qué títulos grabar o dejar que los derechos de audio olvidados regresen a los autores.

"Es difícil encontrar un libro hoy que no sea un libro de cocina que no esté disponible en audio", dice Chris Lynch, editor de Simon & Schuster Audio. Se produjeron casi 45,000 tan solo en EEUU el año pasado, y la selección más amplia ha atraído a un público más amplio y más joven.

Eso a su vez ha atraído a narradores de renombre como Stephen Fry, la voz de Sherlock Holmes. La narración de 19 horas de Michelle Obama de su autobiografía “Mi historia” ha pasado más de un año en las listas de los más vendidos y obtuvo una nominación al Grammy.

Las editoriales ahora están dispuestas a gastar sumas de cinco cifras en producciones más ambiciosas. Simon & Schuster tuvo a 15 actores y expertos en la pronunciación del idioma ruso de guardia este año para completar una grabación del Informe Mueller en 48 horas, mientras que Penguin Random House hizo un proceso de selección de 166 voces para la novela de 2017 de George Saunders, "Lincoln en el Bardo".

Amanda D'Acierno, editora de PRH Audio, fue una de esas voces. Como los libros en inglés ahora están "saturados", dice, está invirtiendo en grabaciones en español y producciones de Broadway como "Ángeles en América". Ella sabe que ningún negocio puede crecer a este ritmo para siempre, "pero cuando vemos lo que sucede en el espacio, es difícil contener el optimismo".

Una década de crecimiento ha creado "un pastel mucho más grande" para que lo compartan todos los participantes de la industria, dice Mary Beth Roche, editora de Macmillan Audio. De todas formas, sus compañeros están cada vez más incómodos con la porción que se llevan las plataformas a través de las cuales tenemos acceso a sus títulos. Ninguna es más grande que Audible.

Como dijo Enders Analysis el año pasado, la filial de Amazon es un "amienemigo" para las editoriales que le ha dado nueva vida al formato, pero que también amenaza más a las editoriales en el área de los audiolibros que Amazon en el área de los libros impresos o los libros electrónicos.

Cuando Amazon adquirió Audible en 2008, tenía apenas 88,000 títulos. Ahora cuenta con más de 470,000. No revela cuántas personas pagan US$14.95 al mes para tener acceso a ellos, pero una firma de investigación, Codex Group, estima que Audible controla el 41 por ciento de las descargas en EEUU y que los títulos de Amazon impulsan el total al 60 por ciento.

Su poder es tal que ningún editor con el que el Financial Times (FT) habló quiso confirmar su participación en el mercado o cuánto gana por cada descarga. Pero los narradores como Pratt lo dicen sin rodeos: “Ellos controlan el mercado”.

Después de años de coexistir cautelosamente con la bestia más grande de la industria, las editoriales ahora están comenzando a desafiarla. El factor desencadenante fue la decisión de Audible este verano de añadir una función de "subtítulos" a su aplicación, que muestra una transcripción generada por un programa de inteligencia artificial mientras se reproduce una grabación. Para las editoriales, esta es una "infracción flagrante" de los derechos de texto que Audible no ha pagado. Para Audible, es un uso legítimo.

La demanda podría ser la escaramuza que preceda una batalla más grande, y refleja cómo las preocupaciones sobre el poder de la tecnología han aumentado durante la década. Maria Pallante de la AAP le escribió a la Comisión Federal de Comercio de EEUU (FTC, por sus siglas en inglés) en junio, recomendando un escrutinio más exhaustivo de Amazon y otros gigantes digitales que, según ella, amenazan el mercado de las ideas.

"La realidad es que las editoriales deben estar en ciertas plataformas para ser competitivas, pero cuando esas plataformas se involucran en prácticas injustas, la única forma de promover una competencia justa es que los gobiernos intervengan", dice. "Ha llegado la hora de regular".

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Otro temor provocado por la tecnología se cierne sobre el negocio conforme se acerca una nueva década. Al igual que otros trabajadores que se preguntan cuándo los robots les quitarán sus empleos, los narradores vigilan con preocupación las nuevas tecnologías de texto a voz posibilitadas por la inteligencia artificial. Hasta ahora, dice Pratt, la competencia es limitada porque la clonación de voz carece de matices. "No entiende el sarcasmo. La única forma de solucionarlo es que haya un ingeniero que diga: ‘Esta parte debe ser sarcástica’. Para el tiempo que se toma hacer esto, es más fácil que me pidan que yo lo grabe".

Sin embargo, las voces sintéticas podrían incursionar en los títulos de no ficción de superación personal, que son los que consumen los oyentes del mundo de los negocios, dice: "A las personas que se levantan a las 4 de la mañana para hacer ejercicios no les importa la voz".

Anthony Goff, editor de Hachette Audio, expresa sus dudas más francamente: "Escuchar un robot durante 10 horas puede volverte loco".

Además, las personas que producen audiolibros atribuyen su éxito en parte a nuestra necesidad de escapar de los robots, o al menos a la necesidad de apagar las noticias de nuestras pantallas y reconectarnos con algo más simple, algo propio de una época previa al uso masivo de los dispositivos móviles. Si se les pregunta por qué el negocio marcha tan bien en este momento, los narradores mencionarán la atracción primitiva de los cuentos a la hora de dormir y de las historias contadas junto a las fogatas incluso más que la popularidad de los iPhone o los Echo.

"Contar historias es una parte esencial de ser un ser humano", dice Finlay Robertson. "A menudo, nuestros primeros recuerdos son de cuando nuestros padres nos leían historias relajantes para que pudiéramos irnos tranquilos a ese mundo aterrador del sueño. El auge de los audiolibros está definitivamente relacionado con la sensación de que nunca ha habido más incertidumbre en el mundo".

Las editoriales se habían acostumbrado a que sus lectores hacían múltiples tareas mientras consumían audiolibros, pero les sorprendió ver ese cambio conforme los oyentes anhelan tener tiempo personal. "El mayor crecimiento en los últimos 12 a 18 meses es de personas en casa que no hacen nada más que escuchar. Los utilizan para relajarse", dice Anthony Goff de Hachette.

Quizás los audiolibros de ahora sean el producto de la era de la disrupción digital, pero como nuestra relación incómoda con la tecnología consume cada vez más nuestras horas de vigilia, dice, "nos da la oportunidad de cerrar los ojos y dejar que alguien nos cuente una historia, como hicieron alguna vez nuestros padres y madres".

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