24 de julio de 2014 18:25 hs

Invierno. Viento frío en la ciudad. Henrik Ibsen en carteleras teatrales en Montevideo. ¿Coincide la estación con este hombre nacido en las gélidas tierras noruegas? Puede ser.

Casa de muñecas continúa en el Teatro de la Alianza y ahora en agosto se viene Hedda Gabler, mientras hoy se presenta la última función de Peer Gynt, dirigida por Dante Alfonso, en el teatro del Notariado.

Feliz coincidencia o no, la mira de patillas canosas de Ibsen se pasea por la capital y sobre el escenario se mantiene su legado.

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Peer Gynt cuenta la historia de un pícaro que atraviesa mil peripecias desde su hogar en la Noruega rural hasta huir al extranjero en busca de fama y fortuna (a Marruecos y Egipto), el regreso como hijo pródigo pero ya viejo y derrotado, que encuentra una redención casi cristiana en el amor de una mujer. Todo eso en medio de elementos surrealistas y pesadillescos, como duendes, gnomos, trolls, brujas y otros personajes de la mitología popular nórdica.

Peer Gynt es una obra muy compleja, que originalmente dura más de cuatro horas y posee una multiplicidad de escenografías y ambientaciones, que se adelantan al lenguaje del cine (fue escrita en 1876).

Esta versión es minimalista, exprime una economía de recursos. Dura menos de una hora y media, y apenas con dos toboganes de madera que tienen diversos usos, iluminación, humo y un grupo de seis actores que representan varios personajes y coreografías a lo largo de la obra consigue una narración atractiva y con varios puntos fuertes.

El Observador conversó con el director Dante Alfonso y con el actor Sebastián Silveira, quien encarna a Peer Gynt en esta adaptación.

“Es un clásico que atraviesa el tiempo desde hace 150 años y se siguen encontrando analogías con el presente. La obra tiene un gran trabajo hacia lo lúdico y hacia lo lírico, por sobre lo lógico: de ahí la presencia de los gnomos, los cuentos folklóricos noruegos, pero en todo eso está el hombre”, dijo Alfonso.

Peer Gynt era una obra para el ‘niño grande’ que somos los hombres. Aportamos mucho al juego, a lo lúdico, y en la búsqueda de las analogías en pos de ser poderoso, el éxito, no tiene moral. Es el canalla más querido y más repudiable”, opinó el director, quien además resaltó detrás del juego la pregunta filosófica de Peer Gynt: ¿qué quiere decir ser ‘uno mismo’?

“A través del juego que propuso Dante creamos un personaje muy loco, muy cuentero, mentiroso. Cuando empezamos a ensayar era todo muy abstracto. De a poco se fue creando un tipo parecido a mí. Es un Hamlet que duda, lleno de energía, de juglar, con todos los elementos contradictorios que tiene el ser humano. Porque su lado racional le dura poco”, afirmó Silveira.

Puntos altos

Si bien se trata de una adaptación, esta versión de Peer Gynt posee escenas completas del original, más otras modificadas o sintetizadas, y presenta varios méritos, en una obra de un solo acto sin salida de los actores de escena.

Uno de ellos es el uso del espacio y el sentido grupal y coreográfico del elenco (Darío Sellanes, Leonor Chavarría, Rosina Carpentieri, Luis Jaunarena y Nadia Bobadilla, aparte de Silveira), que forman en la escena inicial el alce que se corporiza en la narración que le hace a su incrédula madre, o una escena posterior, cuando cada actor representa un árbol en un bosque imaginario por el cual camina un Peer soñador y ensimismado.

Los actores apelan a la mímica y con gran mérito escénico logran climas, paisajes y estados de ánimo.

Otro punto a favor es la participación de un guitarrista en escena (Valentín Abitante) que participa con un punteo de la famosa melodía de la suite del compositor noruego Edvard Grieg (compuesta especialmente para la versión original), luego con una progresión de acordes en la cueva de los gnomos y finalmente con una canción de cuna maternal a cargo de la angelical Solveig (buen papel a cargo de Carpentieri).

Como elementos que hacen ruido (literal y metafóricamente) hay que acotar que los parlamentos de algunos personajes (la madre de Peer, el rey de los duendes y algunas de las líneas de Peer) poseen un énfasis excesivo, que da como resultado un efecto un tanto monocorde y produce un poco de saturación y baja de tensión.

Por el contrario, cuando la obra busca el sentimiento íntimo y decir más con menos gana en creatividad, en sugerencia y en emoción.

“Una de las conclusiones de la obra es que luego de tanta búsqueda del poder y la fama, el personaje se cuestiona y se pregunta para qué”, agregó Silveira.

“Peer, como cualquier ser humano, debe convivir con las decisiones que tomó, las buenas y las malas, y eso le pesa, como a todos, a lo largo de la vida”, concluyó Alfonso.

Hoy el público tiene la chance de sacar sus propias conclusiones sobre el esfuerzo del director y de este grupo de actores para traer a escena un clásico tan escurridizo como complejo y profundo. Solo la osadía de animarse a pelear con una bestia de este tamaño ya merece el aplauso.

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