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17 de noviembre 2022 - 9:03hs

Por Daniel Cecchini

Las guerras, se sabe, no solo se desarrollan con armas en el campo de batalla —una expresión que supone un territorio acotado y es cada vez menos útil— sino también en el campo económico, el diplomático, el político, el de la información y el de la comunicación.

El desgraciado episodio del misil que impactó en la pequeña localidad agrícola de Przewodów, en Polonia, a sólo 7 kilómetros de la frontera con Ucrania, y sus secuelas sirve para observar cómo se juega en esos dos últimos terrenos – el de la información y el de la comunicación – y también cuáles son sus límites y cuáles pudieron ser sus consecuencias, muchos más graves que los daños materiales en el pueblo y la muerte de dos personas.

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Apenas producido el hecho, tanto el gobierno ucraniano —por boca del presidente Volódimir Zelenzky— y la mayoría de la prensa europea adjudicaron la responsabilidad a Rusia.

El gobierno polaco —integrante de la OTAN— dijo en su primera declaración que “cayó un misil de fabricación rusa, matando a dos ciudadanos en la República de Polonia”, evitando decir que fue disparado por tropas rusas. La distinción —que en un primer momento nadie hizo— tenía su fundamento: no solo Rusia tiene y dispara misiles rusos.

El propio primer ministro polaco, Mateusz Morawiecki, instó a la gente a mantener la calma en la noche el martes.

“Hago un llamado a todos los polacos para que mantengan la calma ante esta tragedia... Debemos actuar con moderación y precaución”, dijo Morawiecki después de la reunión de urgencia que mantuvo el Consejo Nacional de Seguridad polaco para analizar la situación.

Mientras tanto, la OTAN informó que su jefe, el noruego Jens Stoltenberg, sostendría al día siguiente conversaciones urgentes con embajadores de los estados miembros para considerar la situación creada por el impacto de misiles rusos en territorio polaco.

También —como se puede ver— la vocera de la Alianza Atlántica, encargada de dar la noticia, habló de “misiles rusos” y no de “misiles disparados por Rusia”.

En cuanto a las conversaciones anunciadas, respondían a la letra del artículo 4 de la organización, que establece: “Las Partes se consultarán cuando, a juicio de cualquiera de ellas, la integridad territorial, la independencia política o la seguridad de cualquiera de las Partes fuese amenazada”.

La cautela apuntaba a no traspasar un límite —algo que sí parecía buscar el gobierno ucraniano—, el de aplicar el artículo 5: “Las Partes acuerdan que un ataque armado contra una o más de ellas, que tenga lugar en Europa o en América del Norte, será considerado como un ataque dirigido contra todas ellas, y en consecuencia, acuerdan que si tal ataque se produce, cada una de ellas, en ejercicio del derecho de legítima defensa individual o colectiva reconocido por el artículo 51 de la Carta de las Naciones Unidas, ayudará a la Parte o Partes atacadas, adoptando seguidamente, de forma individual y de acuerdo con las otras Partes, las medidas que juzgue necesarias, incluso el empleo de la fuerza armada, para restablecer la seguridad en la zona del Atlántico Norte”.

En otras palabras, que la OTAN podía entrar de lleno en el conflicto en defensa de Polonia y, en consecuencia, que todos los países miembros podrían entrar en guerra con Rusia.

De ahí que ningún país ni organización acusara directamente a Rusia —que para entonces ya había negado toda responsabilidad sobre el hecho— y que se hablara de “misiles rusos” pero no de misiles disparados por las tropas rusas.

En el plano de la formación de opinión pública a partir de las declaraciones y de las noticias, en cambio, para entonces —la noche del martes— la idea impuesta era que Rusia había disparado, deliberadamente o por error, sobre territorio polaco.

Lo que se desprende claramente de las declaraciones es que, en este caso puntual, Zelensky y la OTAN —con Estados Unidos a la cabeza— no tenían los mismos intereses ni compartían los mismos objetivos. El presidente ucraniano jugaba a poner a la OTAN en situación de entrar de lleno —o por lo menos un poco más— en el conflicto, la Alianza Atlántica y Biden, no.

Como quedó claro desde el principio del conflicto, Ucrania es una pieza en el juego geopolítico de Estados Unidos y sus aliados pero de ninguna manera la OTAN es una pieza que pueda jugar Zelensky.

Por eso al día siguiente, la primera información que circuló fue que el presidente polaco, Andrzej Duda, había hablado con el mandatario norteamericano, Joe Biden, para analizar la situación.

Inmediatamente después de esta comunicación, Duda dijo públicamente que “nada indica” que el misil que impactó en territorio polaco fuera lanzado por las tropas rusas como parte “ataque intencionado contra Polonia”.

Y mucho más importante, dijo que su país no invocaría el artículo de la OTAN que prevé consultas entre aliados cuando esté amenazada “la integridad territorial, la independencia política o la seguridad de cualquiera de las Partes”.

Minutos después, Joe Biden reforzó esa posición al decir que era “poco probable” que el misil hubiera sido disparado por Rusia.

Para entonces, la ministra de Defensa de Bélgica —país integrante de la OTAN—, Ludivine Dedonder había dado a conocer un comunicado en el que sostenía: “Basándonos en la información preliminar disponible, lo más probable es que los ataques se deban a los sistemas antiaéreos ucranianos que se activaron para eliminar los misiles rusos del cielo”.

Y poco después, tanto el gobierno polaco como Stoltenberg definieron el asunto como un “accidente desafortunado” de la defensa aérea ucraniana

Es decir, el misil que impactó en territorio polaco lo habían disparado las tropas ucranianas y no las rusas.

A partir de ese momento, todo se precipitó y Volódimir Zelensky quedó pedaleando en el aire como el coyote sobre el abismo persiguiendo al correcaminos.

Su decisión fue la de una fuga hacia adelante: insistió en que el misil había sido disparado por los rusos y solicitó que se dejara investigar el hecho al ejército ucraniano.

Mientras tanto, el portavoz de Vladimir Putin, Dmitri Peskov, elogiaba la “prudencia” con que la Casa Blanca había encarado el caso.

Pero que Estados Unidos y la OTAN no avalaran una versión falsa que los ponía en una situación que bordeaba guerra no implicó que abandonaran discursivamente a Ucrania.

Había que encontrar una manera que, por lo menos ante la opinión pública de los países europeos —cuyas sociedades están golpeadas por la crisis energética y la inflación provocadas por la guerra—, de seguir culpando a Rusia pero sin comprometer nada.

La fórmula mágica la encontró el jefe del Pentágono, Lloyd Austin, este miércoles, luego de presidir una reunión de embajadores de la OTAN. “Esto no es culpa de Ucrania”, dijo y agregó: “Rusia es el máximo responsable al continuar su guerra ilegal contra Ucrania”.

El argumento recuerda al que suelen esgrimir los niños que se pelean en el patio de la escuela y que, cuando la maestra los separa, culpan al otro: “Señorita, él fue el que empezó”.

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