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Olla popular en el pasaje 21 de Noviembre.

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La olla hierve: el conteo de quiénes dependen de lo que otros dan para comer y el debate político

Mientras la política centra el debate en la pertinencia de las ollas, en las filas siguen preguntando hasta cuándo recibirán el plato de comida

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08 de mayo de 2022 a las 05:00

Por Carolina Delisa y Ramiro Pisabarro

 

La gente está con hambre, los gurises están con hambre, la gente grande está con hambre, la gente mayor, la ves. El hambre es hoy, la necesidad es hoy.

Mary Rivero, líder de merendero en La Boyada.

¿Cómo saber que el que está ahí, haciendo la fila con su tupper en la mano, tiene hambre? ¿Cómo darse cuenta de que no es un oportunista y realmente lo necesita? ¿Cómo saber si el que está ahí, en la cola, le está sacando un plato de comida al que sí le duele la panza de tan vacía que está? ¿O al que tiene tanta hambre que ya ni se entera cuando el cuerpo le avisa?

—No esperan, les das la comida y la empiezan a comer ahí mismo, no se la llevan para comer en su casa —responde Gabriel Fugassa (50), que empezó una olla en marzo de 2020 en la ruta Interbalnearia y el Hormigón, en Pinar Norte.

—Están en la cola y te piden un pedacito de pan, una manzana, algo para comer mientras esperan su porción –cuenta Fabiana Barros, que tiene una olla en la puerta de su casa, en el barrio Casabó.

—Me dicen: “¿No me da, señora? No tengo nada, por favor, es para darles a mis hijos” —relata Mary Rivero, que tiene un merendero en La Boyada, donde hasta hace unos meses atendía una olla. 

—Los chiquilines se tironean por la fruta. El otro día sobró medio balde de comida y llegando a la esquina se lo dimos a unos muchachos que nos pidieron —ilustra María del Carmen Leite, Lita (65), que atiende una olla popular en el barrio El Tobogán.

—Doy la comida a las cinco de la tarde y a las dos ya están empezando a llegar. Les preguntás por qué tan temprano y te dicen que tienen miedo de quedarse sin la comida —recalca Barros.  

—Tengo una cantidad de viejitos. Compran la leche, pagan la luz, gas, los remedios, y se quedan sin plata —describe Sandra Magallanes, que puso una olla en la puerta de su casa en el barrio 21 de Noviembre.

—Estar dos horas y media haciendo fila… en invierno, con el frío que hace... o en verano, rajando el sol… Yo invito a la gente que haga la cola y vea —retruca Fugassa.

—Es vergonzoso hacer una cola con un tupper en la mano en busca de un poquito de comida. No es digno —repite Fabiana Barro.

En la fila de una olla popular se ve la vida. 

Reparto de comida en la ruta Interbalnearia.

En la ruta Interbalnearia, está la señora que trabaja un día en una fábrica, otro día en una casa de familia, que vive con su hijo de 15 años y que el sábado complementa: con lo que recibe, ella y su hijo comen dos días.

En el medio de la fila asoma Jorge García (55), que dice pesar 20 kilos más que los que debería para que sus pulmones funcionen bien, que hizo 18 paros respiratorios, que tuvo un accidente en moto, que estuvo “muerto dos veces” –y repite su médico de cabecera como prueba irrefutable– y que todo eso lo inhabilitó para trabajar. Cuenta que antes de todo eso fue paracaidista, que hizo buena parte de las cabañas de piedra que hay en Ciudad de la Costa, que fue panadero, electricista, y que ahora no puede subirse a una escalera porque se marea. Con la olla, calcula, come la mitad de la semana. La otra, se rebusca.

Jorge García va todos los sábados a buscar alimentos a la ruta Interbalnearia, en Pinar Norte.

También puede encontrarse a algún integrante de los ocho hermanos, con el padre sereno y la madre ama de casa, que viven en un rancho en el Pinar. La mayor, de 14, está embarazada.

Adelante del todo, un hombre se jacta de sus 61 primaveras. Se le moja el labio producto de una rinitis de la que ni se entera: su atención está puesta en cómo  maniobrar con las bolsas de verdura que se lleva.

En Casabó, una mujer de arriba de 80 años, con su andador y un carrito de feria espera el plato de guiso. Le ponen una silla para que espere. Ella se frota las manos de saber que va a recibir un plato calentito. Se le da, mientras espera, un té con azúcar. 

En el pasaje 21 de Noviembre, Myriam Andino (66) y Sonia Molina (64) comentan mientras esperan en la fila sobre lo viejo que está Robert De Niro, que tiene derecho a no querer selfis mientras está en el Río de la Plata.

En El Tobogán, la olla empieza a las ocho de la noche del jueves pero Francisco Romero (57) llegó a las cuatro y es el primero de la fila. No es del barrio. Él viene desde La Boyada. Es pintor, viudo, sin antecedentes, resalta. Todavía le falta una hora para que le llenen su tupper de guiso. Mientras espera, cuenta: 

—Hay días que no como. Pero no me afecta, lo tengo asimilado. Me acuesto sin comer pero no lo siento. Me llevo una botella de agua o de leche, un pedazo de pan y la voy llevando. Tengo hijos pero no los quiero molestar.

Olla popular

A partir del 15, el doble

Quienes lideran las ollas coinciden en la gráfica: la línea que marca la concurrencia sube en su máximo punto en los primeros meses de la pandemia, entre marzo y junio de 2020, baja en 2021 y en los últimos meses vuelve a subir. No tanto como al principio, pero se siente. 

Y lo ejemplifican con datos que, por lo general, anotan a mano en un cuaderno. En la olla de Magallanes, el jueves les dieron a 38 personas, pero a cada uno se lleva para todo el núcleo familiar: se anotaron 145 porciones. En algunos casos no se registró la cantidad de porciones que se llevaron los que hicieron la fila. 

El relato se repite en diferentes barrios: después del 15 de cada mes hay que cocinar el doble. Y la conclusión es unánime: si tienen plata, no van. Si no llegan a fin de mes, aparecen. 

Esto se repite en la olla que se hace en El Tobogán, en La Boyada, en la ruta Interbalnearia, en Casabó, en la olla Palermo. Los números no son exactos y todo es a ojo, tanto el tamaño de la porción como la cantidad de platos que se llevan. 

El relevamiento de los datos es tan impreciso que saber con exactitud qué está pasando realmente con las ollas populares es imposible. Quiénes son, cuántos, qué necesidades pasan. Hay, sí, algunos indicadores que tiñen el debate político según desde el lado del mostrador que se esté.

La Coordinadora Popular y Solidaria (CPS) que nuclea muchas de las ollas –aunque no todas– que se hacen en Montevideo, da cuenta de que a principios de abril estaban entregando 186 mil porciones de comida por semana en 189 ollas y merenderos, según consignó semanas atrás La Diaria. 

Santiago Pérez, referente de la organización Uruguay Adelante, que se encarga de repartir comida a las redes de ollas y merenderos, asegura que es “altísimamente improbable que ese dato sea cierto”. “Representan el 37% de las ollas y dicen tener más que lo que tenemos nosotros, que somos el 63%. En el momento pico, nosotros tuvimos 206.290 porciones. Hoy tenemos 151.807 porciones semanales. Si nosotros siendo el 63% tenemos 151 mil, ¿cómo el 37% dice tener unas 185 mil?”, cuestiona en diálogo con El Observador.

En el Ministerio de Desarrollo Social, que se basan en los datos de Uruguay Adelante, entienden que las ollas no son un fin en sí mismo. Por eso, ponen foco en la mejora de diferentes dispositivos de alimentación como, por ejemplo, aumentar la cantidad de comedores. Además, la cartera reivindica haber quitado el tope a las asignaciones familiares del Plan de Equidad, del que forman parte 198 mil familias, el Bono Crianza, que beneficia a 30 mil núcleos familiares, el Bono Social de UTE, que implica un ahorro de hasta 90% en el gasto de energía al que se adhirieron 118 mil hogares.  

Según supo El Observador, el gobierno trabaja en una batería de medidas –que se anunciarán en los próximos días– para atender a los más vulnerables en medio de un aumento de los precios al consumo. 

Para la oposición, en tanto, las ollas son uno de los ejes centrales para rebatir el “relato” de crecimiento económico del gobierno, como lo puso en palabras el presidente del PIT-CNT, Marcelo Abdala, cuando afirmó a El Observador que hubo un aumento en los platos servidos pese a números más optimistas en la economía: “En un modelo de crecimiento excluyente el crecimiento del empleo ha sido de salarios paupérrimos. Hay que ver qué sucede cuando terminen los jornales solidarios que ganan menos que el salario mínimo”.

Fernando Pereira, presidente del Frente Amplio, recurre al fenómeno social para cuestionar la cobertura de los medios y arremete contra el hecho de que “decenas de miles se alimenten en ollas mientras otros han acumulado US$ 9 mil millones en riquezas”. Pero las ollas también son funcionales al relato de la izquierda, como lo manifestó el director de Programación de TV Ciudad, Leonardo Pérez, cuando escribió en Twitter que el oficialismo “razones tiene” para querer cerrar el canal municipal, dado que entre otras cosas muestra “la realidad de las ollas”. También lo muestran las pancartas que igualan al plato de comida solidario con con la “lucha” y la “resistencia”. 

El caldo teñido de banderas partidarias, sin embargo, no derrama en las ollas. Ajenos a los números, los que se encargan de cocinar –que son, por lo general, vecinos del barrio– ven que en los últimos meses la fila se ha vuelto a extender, que en los últimos días del mes puede llegar a tener dos cuadras, que las donaciones son cada vez menos –más allá de lo que da Uruguay Adelante, del Mides, o del plan ABC de la intendencia– y que el reparto tiene que ser justo. Que la queja es, a lo largo de la fila, la misma: la plata no da.

—¿Qué es esto de acá? —pregunta Pedro al fondo de la fila sobre Fernández Crespo. Una olla, le contestan, y le dan número. Desde que llegó desde Perú, su país, duerme en un refugio del Mides. 

—¿En el refugio no dan la cena?

—Sí, pero aprovecho que ya estoy acá. 

Varios indigentes dan con un plato caliente al final del día, y algunos llegan apurados por la hora de cierre de los refugios del Mides. Aun así, paran a hacer la fila. Los dispositivos del ministerio no intercambian información con la red de ollas del Centro para saber quiénes están alimentados  y quiénes no.

Después de dos años, el ojo se fue entrenando también para identificar quién es el que realmente necesita y quién aprovecha la oportunidad. Igual, el plato de comida no se le niega a nadie. Por ejemplo, como pasó en la olla que se hace en el barrio 21 de Noviembre. Ema (81) va todos los días a una olla distinta. La energía que tiene para caminar hasta nueve cuadras para llenar el tupper no se muestra en su voz, que le tiembla al hablar. Es jubilada, recibe lo mínimo, pero dice que, si no fuera porque tiene un hijo drogadicto, la plata le alcanzaría. 

—¿Cuántas porciones?

—Cuatro. 

—Tres. Siempre te tengo que andar rezongando, Ema. Con eso te da y te sobra. ¡Si Ruben trabaja!

Magallanes, igual, le sirve para cuatro. 

La viveza criolla, como dice Mary Rivero, del merendero de La Boyada, es lo que los llevó a dejar de servir la comida caliente. Una vez, llegó un hombre y pidió ocho porciones. Más atrás en la fila estaba su pareja, que también pidió para ocho. Los que se dieron cuenta, que también esperaban por comida, los delataron.

“Hasta las personas más pudientes del Uruguay, si pueden comprar sin IVA, compran sin IVA. Si pueden evadir al fisco, evaden. Cuando hablamos de la viveza que hay en la olla, que son tres en el núcleo familiar y me dicen siete, de cierta manera lo que hacen es lo mismo que el pudiente. La mentira está sumamente instalada en el ser humano. En esta población, mienten para tener más, porque tienen muy poco a veces”, opina Fugassa, que los momentos de mayor estrés los vive cuando ve que la fila es larga y que la comida no llegará hasta el último.

Pese a que muchas ollas cerraron, muchas otras todavía tienen los mecheros prendidos. Pero en la fila, la pregunta surge casi a diario: ¿hasta cuándo?

—Mi hijo me dice: “Mamá, ¿otra vez lo mismo?” ¿Vos te pensás que yo no quiero poder elegir qué comer? —cuestiona Vivana Benítez (38), que tiene tres personas adelante antes de recibir las porciones que le servirá Magallanes.

—Todos los días una olla diferente y, la verdad, cocinan rico. Bueno, salvo una, que Dios me perdone, es incomible. Pero voy igual, no hay otra —comenta la mujer que está atrás de ella.

Los que están detrás de las ollas, sirviendo los baldes que fueron de helado, también se lo preguntan. Después de dos años, el cansancio hace que varios estén llegando con la reserva. 

—Cortamos las ollas y cortamos los merenderos... ¿y esa gente? ¿Qué hace esa familia? Porque la mayoría no tiene el trabajo.  Hace años que no veía la necesidad en este lado. Uno ayuda hasta donde puede —responde Mary Rivero, de olla de La Boyada.

—No queremos caer en el asistencialismo. Pero hasta ahora no lo vemos posible. Todos acá siguen esperando su plato de comida —dice Carla Maciel, de la olla Palermo. 

Cerrar el mostrador rodeado de personas sobre Fernández Crespo, o sobre la Interbalnearia o sobre el pasaje 21 de Noviembre, o en El Tobogán, no pasa de un ojalá. 

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