23 de agosto 2020 - 5:00hs

Las consecuencias de la pandemia del Covid- 19 se extienden más allá de sus efectos sanitarios y económicos de sobra conocidos y sentidos en todo en mundo. En algunos países o regiones que actuaron con prudencia y rapidez, dichos efectos se mitigaron. Y más se mitigaron en donde  se actuó con responsabilidad en la fase sanitaria, y ello repercutió en un enlentecimiento o caída menor de la economía. Donde no se actuó así, las consecuencias sanitarias, económicas y sociales fueron dramáticas.

Basta mirar el Mercosur para verlo. Uruguay y Paraguay actuaron con decisión y prudencia, no recurrieron a cuarentenas forzadas y lograron controlar la pandemia y evitar una fuerte caída de la economía. Argentina y Brasil, por su parte, siguieron caminos opuestos con resultados casi similares. Brasil prácticamente ignoró la enfermedad con lo cual la misma se extendió a sus anchas. Fue la reacción del populismo de Bolsonaro que salía a la calle sin tomar medidas de resguardo. Incluso contrajo el virus y finalmente se curó. Pero dio mal ejemplo a sus compatriotas.

Argentina, por el contrario, se lo tomó muy en serio. Tan en serio que decretó la cuarentena forzada más larga del mundo. En Buenos Aires y algunas de las grandes ciudades del interior hay mucha gente que hace cinco meses que no sale de su casa, o sale con permisos transitorios o sale con temor a ser detenida. Rige un estado cuasi policíaco. Obviamente la cuarentena forzada derrumbó la economía, más allá de lo que venía cayendo. Y, por otra parte, no sirvió para contener el virus. Hoy, más de 150 días de iniciada la cuarentena, hay más casos positivos y más muertes. Nadie se preparó para lo que vendría cuando la cuarentena aflojara porque obviamente iba a aflojar por la vía de los hechos salvo que se hubieran implementado medidas draconianas como en China. Medidas que en Occidente no se pueden aplicar ni sostener en el tiempo.

O sea que Argentina salió perdiendo por partida doble: no detuvo los contagios ni evitó el derrumbe de su economía. Todo lo cual conduce a pensar que Alberto Fernández estuvo muy mal asesorado -lo cual no parece probable dada la cantidad de médicos y científicos argentinos de primer nivel-  o que se guió por criterios políticos en la adopción de medidas sanitarias. Algo que no es descabellado a la luz de las medidas que impulsa Cristina Kirchner desde el Congreso, donde hace lo que quiere, desde desacatar sentencias judiciales hasta promover una enorme reforma judicial con el único fin de ser exculpada de las múltiples causas. Y ello sin que el presidente, que siempre se manifestó contrario a dicha reforma, pueda o quiera hacer nada.

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Algunos temen por el futuro económico de la Argentina cuando se levante la cuarentena o se desobedezca por completo una orden incumplible. Algo que ya se insinuó en la enorme manifestación del pasado lunes 17 en las principales ciudades del país. Pero más grave será el daño institucional si la Justicia pierde su independencia y queda sometida al Poder Ejecutivo. Ahí no será uno de los tres poderes sino un poder de cuarta y la seguridad jurídica, base esencial de la convivencia y del estado de derecho, se habrá esfumado para siempre. De una hiperinflación o de una gran recesión hay recuperación. De la ruptura de la institucionalidad republicana, llevada a cabo bajo un manto democrático, será mucho más difícil. Prueba de ello es lo que ocurre en Venezuela. Los efectos del Covid 19 se extienden pues al ámbito institucional de los países y vemos como en muchos de ellos ha agravado las guerras culturales. Donde lo políticamente correcto se impone a la libertad de pensar y de expresarse libremente. Donde las redes sociales ejercen una forma de nueva censura, que se usa para causas políticas y para llevar agua al molino de causas muy segmentadas. Me sorprendió, por ejemplo, leer en un blog de OpenDemocracy.org -una fundación supuestamente destinada a defender la democracia- un artículo que, a raíz de la pandemia, proclama la necesidad de abolir la familia y los hogares privados. Argumenta Sophie Lewis, autora del artículo, que el hogar no es un lugar seguro ni agradable para mucha gente y que es producto del capitalismo. Y que aún en los casos en que la familia se lleva con armonía y paz, la vida en hogares implica alocación ineficiente de recursos.

Seguramente la señora Lewis debe tener una mala experiencia familiar desde su infancia o debe ser una firme propulsora de la abolición del capitalismo o de la economía de mercado.

Sea como sea, Lewis simplemente aprovecha la pandemia para llevar adelante su proyecto anti mercado como Cristina aprovecha la pandemia para llevar adelante una reforma judicial nefasta.

Ya se ve que el virus covid- 19 tiene consecuencias que van mucho más allá de la salud o de la recesión. Esperemos que se detenga allí. De lo contrario, sus efectos serán mucho más graves de lo previsto incluso por los más pesimistas.  

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